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Todo depende de ti

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Por María Elena Martínez / EDUCACIÓN EMOCIONAL PARA LA DOMINACIÓN / La influencia de las corrientes del pensamiento positivo y la inteligencia emocional creció en los últimos tiempos hasta llegar a las aulas y los espacios de formación y capacitación docente. Bajo el tópico de que cada quien es tan responsable y protagonista de su propio aprendizaje como de su propia vida y de que antes que las condiciones materiales lo relevante son las competencias socioemocionales, las normativas y orientaciones curriculares comenzaron a dirigirse a la fabricación de un individuo que se aparta del espacio de lo público y se percibe como no político o antipolítico aceptando su sometimiento al orden instituido en el capitalismo de consumo. Se trata...

EDUCACIÓN EMOCIONAL PARA LA DOMINACIÓN / La influencia de las corrientes del pensamiento positivo y la inteligencia emocional creció en los últimos tiempos hasta llegar a las aulas y los espacios de formación y capacitación docente. Bajo el tópico de que cada quien es tan responsable y protagonista de su propio aprendizaje como de su propia vida y de que antes que las condiciones materiales lo relevante son las competencias socioemocionales, las normativas y orientaciones curriculares comenzaron a dirigirse a la fabricación de un individuo que se aparta del espacio de lo público y se percibe como no político o antipolítico aceptando su sometimiento al orden instituido en el capitalismo de consumo. Se trata del intento de imponer a la escuela pública la labor principal de producir subjetividades sumisas. La gestión de las emociones como mecanismo de control social.

Por María Elena Martínez
Doctora en Humanidades-Educación (PUC-Rio, Brasil). Profesora titular de Ciencias de la Educación (UNLP).

Fotos: Sebastián Miquel

Los pensadores positivos han llegado a concebir un universo maravilloso,
una aurora boreal inmensa y brillante en la que los deseos se dan la mano
con su encarnación. Allí todo es perfecto, o tan perfecto como uno quiera.
Los sueños salen y se cumplen por sí solos, los deseos solo esperan ser articulados.
Es un sitio de una soledad espantosa.
Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere (2011).

La literatura de autoayuda se constituyó, a partir de la segunda mitad del siglo XX, en un fenómeno editorial global cada vez más masivo. Estos textos, basados principalmente en narrativas testimoniales, comenzaron a difundir la idea acerca de cómo el esfuerzo personal junto a una actitud emocional positiva conducían, casi de forma inevitable, al éxito individual, cuyas repercusiones se extenderían a todos los ámbitos de la vida social. Los libros de autoayuda se convirtieron en lecturas de consumo popular cuyo público no para de crecer. Este fenómeno ha impulsado iniciativas para que esas colecciones ocupen secciones especiales de las bibliotecas bajo la denominación de bibliotecas de felicidad. Algunos autores y autoras como Dale Carnagie (Cómo ganar amigos e influir en las personas, 1936; Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, 1948), Napoleón Hill (Piense y hágase rico, 1966), Dyer Wayne (Tus zonas erróneas: guía para combatir las causas de la infelicidad, 1976), Louise Hay (Usted puede sanar su vida, 1984), John Gray (Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus, 1992), Dalai Lama y Howard Cutler (El arte de la felicidad, 2001), Deepak Chopra (Las siete leyes espirituales del éxito, 1994; La receta de la felicidad, 2012), Eckhart Tolle (El poder del ahora, 1997), Rhonda Byrne (El secreto, 2007), Stephen Covey (Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, 1989; El líder interior: cómo transmitir e inspirar los valores que conducen a la grandeza, 2008; Las 12 palancas del éxito, 2016), son responsables de algunos de los miles de textos publicados que ofrecen tanto argumentos como orientaciones prácticas para alcanzar la auténtica felicidad y el éxito personal, siempre ilustrados con historias de superación.

Buena parte de los textos de autoayuda tienen en común en sus títulos las palabras “tú” o “ti”, como resalta Barbara Ehrenreich, “tú puedes”, “tú cambias”, “tú consigues”, “deja de ser tú”, “tienes que ser tú”, “entiende tu cerebro” y “encuentra tu yo”. En términos generales proponen que cada persona es individualmente responsable de su felicidad y de ningún modo debe trasladar ese compromiso a su entorno o hacerla depender de otros. Pero no se detienen ahí, sino que además ofrecen estrategias, consejos prácticos, planes de acción, tips y claves para aplicar en todas las instancias de la vida de cada persona, ya sea en el espacio público o privado. En principio, podría interpretarse que los libros de autoayuda actúan como los manuales de buenas costumbres en la sociedad cortesana analizados por Norbert Elias, orientando los modos de comportarse, regulando las conductas y produciendo formas de vigilar y autocontrolar las emociones. No obstante, las narrativas de autoayuda y autorrealización van más allá, dado que tienden un puente entre la emocionalidad y la eficiencia económica.



Los nuevos principios y orientaciones acerca de cómo cada individuo debe comportarse en la escena contemporánea involucran un conformismo social al definir las reglas acerca de cómo y bajo qué circunstancias se debe sentir una emoción determinada y cómo debe percibirse uno a nivel emocional para poder adquirir y mantener un autocontrol aceptable. Sin embargo, la temática del pensamiento positivo y el logro de una vida feliz no se limita al mercado editorial dirigido al público en general. A la par se fue configurando un área de producción científica que, particularmente hacia finales de 1990, se consolidó vinculando las psicologías positivas o del yo (llamadas “la ciencia de la felicidad”), las neurociencias y la formación empresarial alrededor de un eje común: la dimensión emocional de los individuos.

Una serie de conceptos abrieron intensos debates en el campo de la investigación científica. En el marco de esas controversias, la noción de inteligencia emocional propuesta por Daniel Goleman, psicólogo y periodista del The New York Times, comenzó en 1995 a adquirir centralidad tanto en el campo empresarial como en el educativo. En este abordaje se considera que las definiciones de inteligencia y coeficiente intelectual no permitían dar cuenta de otros aspectos relevantes, como son los de orden emocional. La inteligencia emocional –según Goleman– involucra pensar la inteligencia más allá del intelecto, lo que incluye clasificar las emociones, identificar su base biológica y las habilidades que se deben poseer para percibirlas, discriminarlas y controlarlas. De este modo, las habilidades que componen la inteligencia emocional, como el autocontrol, el entusiasmo, la empatía, la perseverancia y la capacidad de motivarse a uno mismo, resultan imprescindibles para comprender la productividad laboral y el éxito. Así, pensamientos y sentimientos encuentran su base explicativa en el esponjoso soporte de tejidos neuronales.

El manejo de las emociones, su regulación y la generación de emociones positivas de forma voluntaria y consciente dieron lugar, en una primera etapa, al diseño de programas, cursos y acciones de formación destinadas a gerentes y trabajadores de empresas de distinto tipo. Uno de los referentes de esta perspectiva es el ingeniero de Google Chade-Meng Tan, quien en su libro Busca en tu interior: mejora la productividad, la creatividad y la felicidad (2012) ofrece recomendaciones prácticas basadas en la inteligencia emocional y promueve la práctica del adiestramiento atencional (atención plena o mindfulness) a fin de dirigir y mantener la atención para incrementar la productividad, lo que supone ser eficaz y exitoso. El curso de Google que dicta desde el año 2007 y lleva el mismo título del libro alienta la conciencia de uno mismo mediante el uso de la meditación a fin de “conectarse” con las propias emociones y sensaciones de base neurobiológica. ¿Cómo es posible esto? Las emociones están ya determinadas por el proceso biológico en forma de instintos, impulsos y conexiones neuronales, de modo que, basándose en la neuroanatomía, sostiene que se puede evaluar el grado de felicidad del cerebro, dado que las experiencias emocionales son, sobre todo, fisiológicamente observables.



Las psicologías positivas combinadas con teorías de aprendizaje se enfocan en los rasgos emocionales individuales que califican como positivos y en los aspectos motivacionales con el objetivo de buscar la “auténtica” felicidad. Martin Seligman y Albert Ellis, principales referentes de la psicología positiva y la psicoterapia cognitiva, se centraron en estudiar las emociones positivas, las fortalezas y virtudes que generan una personalidad positiva y las instituciones positivas. A partir de la identificación de los factores que contribuyen al bienestar subjetivo, desarrollaron un método de “entrenamiento optimista” llamado Modelo ABCDE (sigla en inglés) compuesto por cinco pasos: adversidad, creencias, consecuencias, discusión interna y energía. Así, a través de libros, conferencias o cursos pagos en la web ofrecen ejercicios motivacionales a empresas para lograr la auténtica felicidad, pero también se aplican en escuelas de todo el mundo. Aprender a ser optimistas o positivos, a encontrarnos con nuestro auténtico yo, es posible si, como postula Seligman, detectamos tempranamente las actitudes pesimistas y las combatimos; por lo tanto, hay que empezar por la educación de lxs niñxs, enseñando optimismo.

Durante los últimos años, las corrientes del pensamiento positivo y la inteligencia emocional se han diseminado a través de carreras cortas, cursos, conferencias, talleres y capacitaciones presenciales y en línea. Su influencia en las políticas públicas dirigidas al sistema educativo se hizo cada vez más perceptible, hasta llegar a las aulas y a los espacios de formación y capacitación docente de América Latina. De este modo, contenidos de formación dirigidos a quienes trabajan en relación con el mundo de las empresas del sector privado y de los negocios desde hace unas décadas se instalaron en el sistema educativo argentino a través de “celebridades”, fundaciones y ONG propiciadas y auspiciadas por los gobiernos en una alianza público-privado. La educación emocional de niñxs y jóvenes se está estableciendo desde las normativas vigentes en distintas jurisdicciones, como en la provincia de Misiones, a fin de producir “una sociedad de individuos exitosos” –como se ha señalado en sus fundamentos–, hasta su inclusión en las orientaciones curriculares, como en la provincia de Buenos Aires y la CABA.

Bajo el principio de que cada uno y cada una es responsable y protagonista de su propio aprendizaje, debe conectarse a sus propios recursos personales: las competencias socioemocionales. El clima emocional del aula se comenzó a imponer como la variable de mayor peso en la vida escolar, más que cualquier otra o, para decirlo más claramente, que determina todas las otras, ya que ciertas condiciones necesarias al trabajo escolar son situadas en un segundo plano, como por ejemplo la cantidad de libros en la biblioteca de la escuela, el número de alumnos a cargo de cada docente o la infraestructura escolar. Las condiciones materiales para el desarrollo del trabajo docente quedaban subordinadas a las emociones en juego, porque finalmente el mundo escolar depende del emprendimiento del yo. Un docente emocionalmente educado se ha “de convertir” en un motivador, con lo cual solo necesita aprender a ser “realista”, “positivo” y “fluir”, para lo que ha desarrollado un autocontrol de las emociones, automotivándose y ejerciendo un control sobre otros agentes escolares, sin dar lugar a pensamientos negativos o posiciones críticas. La emoción resulta, de tal forma, un medio de control social y político de los individuos para mantener un cierto orden desde el aula hasta la sociedad.

En lo que respecta al alumnado, estas interpretaciones reponen nuevas formas de producir clasificaciones y jerarquizaciones de las experiencias de niñxs y jóvenes, reactualizando visiones patologizantes. Ya sea refiriéndose a problemas de aprendizaje, de comportamiento o ambos, se van haciendo cada vez más visibles pero sobre todo crecientes dentro de la población escolar las clasificaciones según perfiles, síndromes o trastornos diversos (atención deficitaria, hiperactividad, conductas no cooperativas, desafiantes o negativas vinculadas al aprendizaje), cuyas explicaciones son inscriptas en el funcionamiento del cerebro.

Es aquí donde resulta interesante retomar la pregunta que Byung-Chul Han propone en su libro Psicopolítica (2000): ¿De dónde viene este repentino interés por las emociones? Se trata de incrementar el optimismo poniendo en práctica técnicas específicas para el rebatimiento de los pensamientos pesimistas o “irracionales”, aprendiendo a discutir con nosotros mismos y, de esa manera, reformulando las creencias para dar un giro positivo a la vida. El mercado de las emociones requiere un yo maleable y dócil para la producción de un individuo que se aparta de la arena pública, que se percibe a sí mismo como no político o antipolítico, aceptando su sumisión al orden instituido en el capitalismo de consumo, como bien ha señalado Fernando Álvarez-Uría. A la educación pública se le quiere imponer la tarea principal de producir subjetividades sumisas, reactualizando el orden patriarcal al valorar la competencia entre pares y el éxito individual.

La revitalización de las psicologías del yo o positivas tiene como tópico central la responsabilidad que le corresponde a cada individuo a la hora de diseñar o redefinir sus condiciones emocionales en particular y su proyecto de vida en general. Es decir que un individuo debe hacerse cargo de sí mismo. Cada uno de los habitantes de este mundo tiene que hacer la elección de su proyecto de vida y acarrear personalmente sus consecuencias. Aprender a gestionar y administrar nuestras propias emociones es una etapa necesaria para, si se ocupan posiciones de liderazgo, dirigir los estados de ánimo de otras personas; involucra relaciones de poder. Dominarse a sí mismo a partir del control emocional significa que, bajo ciertas condiciones, uno puede “influenciar” o dominar a otros, como plantea Eva Illouz.

La dominación neoliberal explota las emociones fabricando un individuo que se centra solo en sí mismo, en el entendimiento de la vida como un emprendimiento del yo. Los problemas que cada persona enfrenta –suicidio, depresión, complicaciones de salud, violencia de género, bajos resultados en el desempeño escolar– son explicados por estas corrientes de la psicología como la ausencia de aptitud para controlar las emociones y desarrollar una personalidad optimista, un yo flexible que pueda afrontar y superar esas situaciones.



A través del gerenciamiento personal y la inteligencia emocional se intenta producir la optimización personal necesaria para el incremento del rendimiento, la productividad y el consumo. Un aspecto importante a destacar es que el gobierno neoliberal actual en la Argentina se justifica afirmando que la política educativa se sostiene siempre en las demandas de la sociedad –“lo que la gente quiere”–, que aparentemente no resultan de ningún tipo de imposición, de ninguna conminación social, y que su construcción depende de cada persona. Así, no le dice al sujeto que aumente la eficiencia, la rentabilidad y la competencia: apela a su emocionalidad, a la gestión de su propio yo.

La introducción de la educación emocional desde las tecnologías psi positivas y de autoayuda en las escuelas públicas y la formación docente involucra un cambio de paradigma de los objetivos educativos, de los contenidos de formación y de orientación del trabajo docente. Motivación, liderazgo, gestión, emprendedorismo, coaching, comunicación asertiva, reprogramación positiva, indagación apreciativa, entre otras, suponen teorías y prácticas que no tienen nada de transparente, sino que, por el contrario, a través de narrativas que aluden a la felicidad, el bienestar y la armonía, ocultan una concepción biopolítica.

La gestión de las emociones como mecanismo de control se dirige a engendrar la sumisión necesaria para el aumento de la productividad de un cuerpo individual. Bajo la presión del rendimiento, y sin que el sujeto lo perciba como prohibición, coerción o sanción, se inhibe y caracteriza como negativa, irracional o pesimista cualquier expresión de crítica, malestar o disconformidad respecto de decisiones, contenidos o situaciones ya sea en el trabajo, en la escuela o en otros ámbitos de la vida social, a fin de eliminar progresivamente las resistencias surgidas en un contexto político de vulneración de derechos y pérdida de condiciones de trabajo de lxs docentes, de vulneración del derecho a la educación de niñxs y jóvenes, y de condiciones dignas de vida para la población en general. Insistentemente, se trata de descalificar e impedir todo pensamiento, acción crítica, organización colectiva que denuncie y resista las formas de opresión y explotación que se vienen instalando en el campo de la educación. Aquí es donde hoy nos encontramos, cobijando convicciones, resistencias y luchas que disputan el sentido de la educación pública contra el poder neoliberal.





 

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