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Persistencia profética

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Por Rubén Dri / LA IGLESIA, ENTRE LA LEGITIMACIÓN DE LA DOMINACIÓN Y LA LIBERACIÓN / Si el de Jesús fue el proyecto del Reino de Dios, luego de que fuera asesinado y la hegemonía de ese profetismo comenzara a minar las bases del Imperio romano, el de este fue construir un nuevo tipo de sociedad inaugurada con la proclamación del catolicismo como religión oficial y caracterizada por un nexo profundo entre los poderes político y eclesiástico...
LA IGLESIA, ENTRE LA LEGITIMACIÓN DE LA DOMINACIÓN Y LA LIBERACIÓN / Si el de Jesús fue el proyecto del Reino de Dios, luego de que fuera asesinado y la hegemonía de ese profetismo comenzara a minar las bases del Imperio romano, el de este fue construir un nuevo tipo de sociedad inaugurada con la proclamación del catolicismo como religión oficial y caracterizada por un nexo profundo entre los poderes político y eclesiástico. La contradicción entre lo profético, siempre opuesto al poder dominante, y lo sacerdotal, aliado al mismo, es, por tanto, constitutiva de la Iglesia. En esta nota, un recorrido para comprenderla como clave interpretativa de su ambivalente relación con los pueblos originarios del continente: desde la elaboración de una teología de la dominación que legitimó las atrocidades a las que fueron sometidos hasta los procesos liberadores que en los inicios de este siglo recuperaron el sueño de la Patria Grande.

Por Rubén Dri
Teólogo y filósofo.

Fotos: Sebastián Miquel

La relación de la Iglesia católica con los pueblos originarios del continente latinoamericano se muestra ambivalente, por una parte como legitimación de la dominación sobre dichos pueblos y, por otra, como integrante de sus nuevas identidades, y muchas veces como fermento de liberación.

Para penetrar en el ámbito nodal de dicha contradicción, menester es considerar lo sacerdotal aliado siempre al poder dominante, y lo profético enfrentado al mismo, como dos componentes contradictorios de la Iglesia.

Jesús de Nazaret no es el fundador histórico de la Iglesia, como se sostiene en la enseñanza oficial de las Iglesias cristianas, pero todas pretenden fundamentar su proyecto y su accionar en él.

Jesús no fue un extraterrestre, sino un hombre plenamente situado en la historia de su pueblo, atravesada por las luchas entre el sacerdocio –unido siempre al poder de turno– y el profetismo –encarnado en líderes que expresaban los reclamos del campesinado y, en general, de los sectores oprimidos, viudas, leprosos, pastores, siervos–.

Jesús, miembro de una familia campesina, asumió un compromiso vital con el campesinado y los otros sectores dominados con el claro proyecto del “Reino de Dios”, que era el proyecto del profetismo más radicalizado del pueblo hebreo, enfrentado siempre con el proyecto monárquico y el sacerdotal.

Con el asesinato de Jesús se produjo un paréntesis de unas décadas, en el cual se fue perfilando la renovación de su proyecto en diversas asambleas o Iglesias, en el contexto del helenismo, bajo la dominación del Imperio romano. En las asambleas del siglo I, la raigambre profética del proyecto de Jesús era absolutamente hegemónica, manteniendo viva la idea de Reino de Dios que llevaba necesariamente a un enfrentamiento con el Imperio. En un lapso que va del siglo I al IV, las asambleas minaron las raíces del poder romano. El emperador Constantino tomó conciencia del hecho y les propuso a los dirigentes –es decir, los obispos– del movimiento cristiano entablar negociaciones, las que concluyeron con el célebre Edicto de Milán del año 313, mediante el cual se estableció la libertad de culto. El cristianismo dejó de ser perseguido y pasó a ser preferido por el poder.

Pero ¿cómo se puede producir un genocidio? No se trata de algunos asesinatos, sino de asesinatos masivos, acompañados de sufrimientos inauditos. Ello sólo es posible si se posee una sólida legitimación. ¿Quién podía otorgar dicha legitimación? La cabeza espiritual del Imperio cristiano, el Sumo Pontífice de Roma.

El emperador Teodosio dio otra vuelta de tuerca y mediante el Edicto de Tesalónica del año 380 proclamó el catolicismo como la “religión oficial del Imperio”. Ordenamos, dice, que “los que sigan esta regla sean llamados cristianos católicos. Los demás, empero, a los cuales juzgamos estar dementes y locos, sufrirán infamia de los dogmas heréticos; sus lugares de reunión no se denominarán con el nombre de iglesias y serán destruidos en primer lugar por la venganza divina, y después por la retribución de nuestra iniciativa, que tomaremos de acuerdo con el juicio divino” (Palomino, 2003: 49).

Tenemos aquí la clave para interpretar el comportamiento de la Iglesia católica en relación con pueblos, clases sociales, poblaciones, grupos diversos con los que se fue encontrando en su bimilenaria historia. Lo sacerdotal hegemónico aliado al poder, y lo profético subordinado, estuvieron siempre presentes de forma contradictoria.

El poder político, haciéndose cargo de su compromiso con la Iglesia, proclamó que quienes no la aceptasen serían considerados “dementes y locos”, en consecuencia, peligrosos, por lo cual caerían bajo la “venganza divina” en el otro mundo. En este mundo, dicha venganza sería llevada a cabo por el Estado.


Se construye de esa manera un nuevo tipo de sociedad denominado “cristiandad”, que se caracteriza por un nexo profundo entre el poder político y el eclesiástico o religioso. El Estado es el Imperio romano, que ahora es el Imperio cristiano que se extiende por el mundo entero. Un solo Dios, una sola Iglesia, un solo Imperio, establece la teología de Eusebio de Cesarea. La idea del Imperio cristiano como universal estará presente en los siglos posteriores.

Los locos y dementes son los que sostienen “dogmas heréticos”, o sea, los “herejes”, categoría teológica con un fuerte contenido político. Son los enemigos de la Iglesia y, en consecuencia, del Estado, y deben someterse tanto al juicio humano como al divino en la medida en que sus herejías son descubiertas por el tribunal competente, la Santa Inquisición.

A fines del siglo XV y principios del XVI se produce lo que la historia oficial conoce como “descubrimiento” de un continente que pasará a denominarse “América”, descubrimiento realizado por Cristóbal Colón, navegante al servicio de la reina de Castilla, Isabel la Católica. Le siguen la “conquista y colonización”, tareas que provocan uno de los genocidios más espantosos que conoce la humanidad. El motor no fue otro que la acumulación originaria del capital. De América fluyen riquezas inmensas que pasan por España y se desparraman por Europa, afincándose en Holanda, Inglaterra y Francia, que de esa manera pueden dar el salto cualitativo de la industrialización capitalista. El acta de nacimiento del capitalismo es, al mismo tiempo, el acta de defunción de los pueblos americanos, cuyas riquezas y mano de obra servirán para el despegue de las nacientes burguesías europeas.

Pero ¿cómo se puede producir un genocidio? No se trata de algunos asesinatos, sino de asesinatos masivos, acompañados de sufrimientos inauditos. Ello sólo es posible si se posee una sólida legitimación. ¿Quién podía otorgar dicha legitimación? La cabeza espiritual del Imperio cristiano, el Sumo Pontífice de Roma.

Los Reyes Católicos, Isabel I y Fernando II, recurren, pues, al papa como cabeza espiritual del universo buscando la legitimación de la empresa que se disponen a realizar: la expropiación de las tierras “descubiertas” y “por descubrir”. Alejandro VI da a conocer cuatro bulas seguidas mediante las cuales accede a sus deseos. En la primera leemos: “Entre las obras adeptas a la Majestad divina y deseables para nuestro corazón, es sin duda alguna preferible a cualquier otra la exaltación, mayormente en nuestros tiempos, de la fe católica y religión cristiana, de suerte que se las propague y dilate por doquiera, y se procure la salvación de las almas, el abatimiento de las naciones bárbaras y la reducción de las mismas a nuestra fe” (Las Casas, 1965: 1.277).

Encontramos aquí algunas de las categorías fundamentales de una teología de la dominación, propia de la corriente sacerdotal, que legitima las atrocidades a las que fueron sometidos los pueblos originarios de América. En primer lugar, Dios es la “majestad divina”, es el máximo poder que sólo reconoce súbditos, nunca compañeros. Ese Dios quiere la “exaltación” de la religión cristiana. No es el Dios que nace en una cueva de la paupérrima aldea campesina de Nazaret, sino el que brilla en el oro que reluce en las grandiosas construcciones vaticanas. Ese Dios no reconoce al ser humano como un cuerpo espiritualizado o un espíritu corporizado, sino como un alma que constituye su esencia y a la que por consiguiente hay que salvar, y un cuerpo al que hay que someter.

La “salvación de las almas” va acompañada del “abatimiento de las naciones bárbaras”. Nos encontramos con las fuentes de una dicotomía que, desde los albores de la Independencia, caracteriza a nuestro país: “civilización y barbarie”. En lugar de “cristianización”, “civilización”. ¿Qué se debe hacer con la barbarie que impregna a los pueblos originarios sino “abatirla” y “reducirla” a “nuestra fe”?

Para el abatimiento se emplean todos los medios posibles de sometimiento, muerte y exterminio. La categoría de “reducción” entraña una profunda contradicción que atraviesa toda la historia de la relación de la Iglesia con los pueblos originarios. En efecto, por una parte, reducir es achicar, encoger, términos que, aplicados a seres humanos, implican quitar derechos, despotenciar, desnudar. En la terminología eclesiástica del Derecho Canónico, la quita de las funciones sacerdotales se expresa como “reducción al estado laical”. El laico es un ser reducido, achicado, frente al sacerdote. Pero el término puede significar también “reconducir” (re-ducere). Este es el sentido con el cual se realizan las reducciones jesuíticas, en las que la pérdida de derechos es compensada con la construcción de una sociedad que, en el marco de la dominación, significa una verdadera liberación.

En las demás bulas aparecen otras categorías de una teología de la dominación que legitiman el genocidio. La empresa se realiza para la “mayor gloria de Dios todopoderoso” y para la “ampliación del imperio de Cristo”.

A fin de realizar la tarea de evangelización, las expediciones de los “conquistadores” vienen acompañadas de sacerdotes, la mayoría pertenecientes a órdenes religiosas, muchos de los cuales, ante las atrocidades de la “conquista”, recuperan lo mejor de la tradición profética y militan en favor de las víctimas del genocidio. El que levanta la voz más enérgicamente es, sin dudas, fray Bartolomé de las Casas.

Pero el genocidio no hace desaparecer a los pueblos originarios. De una u otra manera, estos van buscando caminos de resistencia, y los logros se van plasmando de diferentes formas, una de las cuales es el mestizaje, que puede verse expresado en símbolos muy fuertes como la Guadalupana y las más diversas vírgenes morenas. La Virgen de Guadalupe es al mismo tiempo la Virgen María de los conquistadores y la Tonantzin de los nahuas; la Virgen morena de Catamarca es al mismo tiempo la Virgen María de los cristianos y la Pachamama de los pueblos andinos.

La etapa histórica que se abre con el fin del siglo XX e inicios del XXI está marcada por la visibilización de los pueblos originarios. A quinientos años del denominado “descubrimiento” se lo recuerda y repudia con múltiples manifestaciones en todo el continente americano y también en el europeo. El nombre de “indios” o “indígenas” que la dominación les impuso a quienes habitan este territorio es sustituido ahora por la denominación de “pueblos originarios”, que de esa manera recuperan su identidad, hacen visibles los valores fundamentales de sus ancestrales construcciones sociales. Se transforman así en sujetos fundamentales de los proyectos que recuperan la idea de Patria Grande, que con diversos resultados se expande por todo el espacio latinoamericano. La Iglesia, por su parte, vuelve a mostrar su ambivalencia constitutiva entre lo sacerdotal y lo profético, cada vez más comprometido con los procesos liberadores.

Con los movimientos de liberación que a mediados del siglo XX surgen en todo el continente –movimientos cristianos fuertemente comprometidos con sus pueblos–, el componente profético de la Iglesia se muestra con una fuerza inusitada, llegando a perforar el espacio sacerdotal. Si la potencia y masividad de estos puso de manifiesto como pocas veces en la historia el enfrentamiento entre ambos elementos, la profundidad y persistencia de lo profético nos mueve a pensar que, con avances y retrocesos, se trata de un movimiento irreversible.


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