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DESAFÍOS (Por Alberto Sileoni) / Reparar el daño producido y restituir derechos es la tarea ineludible frente a la devastación del sistema educativo provocada por estos años de neoliberalismo. Sin embargo, dice Alberto Sileoni, ese debe ser solo el piso cero del proceso de desagravio. Porque, además de recuperar la inversión y pensar políticas urgentes, habrá que trabajar para reconquistar el orgullo y la dignidad de pertenecer al Estado nacional tanto como el rol articulador y orientador del Ministerio de Educación. Y, sobre todo, habrá que afrontar el desafío de contribuir a celebrar un “nuevo y verdadero contrato social”, que debe ser debatido con hondura y generosidad por toda la comunidad educativa, asumiendo la responsabilidad de no fallarles a los miles de niños, niñas, jóvenes y...
DESAFÍOS / Reparar el daño producido y restituir derechos es la tarea ineludible frente a la devastación del sistema educativo provocada por estos años de neoliberalismo. Sin embargo, dice Alberto Sileoni, ese debe ser solo el piso cero del proceso de desagravio. Porque, además de recuperar la inversión y pensar políticas urgentes, habrá que trabajar para reconquistar el orgullo y la dignidad de pertenecer al Estado nacional tanto como el rol articulador y orientador del Ministerio de Educación. Y, sobre todo, habrá que afrontar el desafío de contribuir a celebrar un “nuevo y verdadero contrato social”, que debe ser debatido con hondura y generosidad por toda la comunidad educativa, asumiendo la responsabilidad de no fallarles a los miles de niños, niñas, jóvenes y adultos que padecen la intolerable injusticia de estar siendo demorados en sus sueños.

Por Alberto Sileoni
Comenzó en la educación de adultos en la histórica Dirección Nacional de Educación del Adulto (DINEA), en los años setenta. Ocupó diversos cargos en CABA y la provincia de Buenos Aires. Fue ministro de Educación de la Nación (2009-2015). En la actualidad es docente en la Universidad Nacional de Hurlingham.

Fotos: Sebastián Miquel

“No te matan, te dejan morir”, escribe Anita F, querida compañera que debe ocultar su nombre porque todavía resiste en el Ministerio y no es bueno que se conozca su identidad. Es una definición exacta; la gestión neoliberal no se toma el trabajo de “matar” las políticas y programas, no porque tenga buenas intenciones, sino porque no quiere pagar el costo de discutir con las víctimas. Ya está probado y funciona muy bien: diluye, miente, distrae, así pasa el tiempo y corroe las voluntades. Fiel a su esencia de cinismo infinito, debilita, subejecuta y discontinúa las políticas públicas, las “deja morir”.

Repasamos: en teoría, el Plan FinEs “continúa”, pero redujeron drásticamente las sedes y horarios, impiden a las madres concurrir con sus bebés (de ese modo se autoexcluye una gran cantidad), distribuyen informaciones confusas; las becas Progresar “persisten”, pero ofrecen menos de la mitad que en el pasado, endurecen los requisitos, acortan las inscripciones y disminuyeron las cuotas de doce a diez. Liman, erosionan, desgastan, desorientan.

“Seguimos construyendo aulas”, afirman, pero de las diez mil prometidas solo hicieron doscientas y pico. ¿Ven que construimos?; prometimos y estamos “haciendo lo que hay que hacer”. La complicidad que tienen los grandes medios de comunicación en la tarea de ocultar y mentir sería materia de otro artículo.

Indigna, mas ese no debe ser el centro del análisis. Los diagnósticos después de tantos meses sobran, y la cólera debe transformarse en vitalidad militante.

Se aceleran los tiempos y nos preguntamos: ¿Qué vamos a hacer? ¿Para qué volver en educación? Sin duda, habrá que reparar el daño producido, y ese proceso de desagravio será el “piso cero” de lo que nos proponemos hacer.

Nuestras convicciones nos impulsan a actuar sin nostalgia: reparar y restituir derechos, eso se hará, pero debe haber más, mucho más. Queremos volver para recuperar el orgullo y la dignidad de pertenecer al Estado nacional. Necesitamos reconstruirlo, porque fue convertido en una estructura violentada e inerme, con trabajadoras y trabajadores humillados y dañados en su autoestima, pero a la vez enteros y dispuestos a recuperar la épica. Miles de ellos han dedicado su vida a mejorar el Estado, al que consideran su casa, la casa de todas y todos, y estarían muy dispuestos a ocuparse de su rescate.

El Ministerio debe reconquistar su rol articulador y orientar el rumbo de nuestra educación; se trata de financiar, asistir y acompañar a las veinticuatro jurisdicciones, muchas de las cuales, sin esa instancia, se encuentran a la deriva. El neoliberalismo, con el pretexto de respetar las autonomías provinciales, ha debilitado el federalismo, porque les suelta la mano a las provincias y las abandona a su suerte.

Recuperaremos la inversión educativa, que ha descendido irresponsablemente, ya que retornamos a una relación económica que creíamos superada: en 2019 se destinarán 3,3 pesos para pagar la deuda externa por cada peso destinado a educación.

Más presupuesto para universidades, para ciencia y tecnología, y para becas, infraestructura, equipamiento tecnológico y libros; más recursos para coros y orquestas, y para turismo educativo, así muchos de nuestros pibes y pibas podrán ver el mar por primera vez.

Habrá que pensar políticas urgentes, para ser aplicadas desde el 10 de diciembre: plan de emergencia de infraestructura, convocatoria a un espacio paritario con las organizaciones gremiales, construcción de un acuerdo salarial plurianual, entre otras; políticas para las infancias, inclusión de miles de niñas y niños que están fuera de las salas de tres y cuatro años, incremento de la jornada extendida en la escuela primaria, reestructuración en serio del nivel secundario, y superación del seguidismo de mercado que quiere convertir a nuestros estudiantes en mano de obra barata para ser utilizada y explotada por el capital concentrado.

Volveremos para lograr consensos sobre nuestros principios irrenunciables: que la educación es un derecho personal y social garantizado por el Estado y que jamás será considerado como bien transable mientras tengamos responsabilidades de gobierno; que creemos falsa la disyuntiva entre inclusión y calidad, pues ambas son imprescindibles y convergentes; que jamás llamaremos “de calidad” a un sistema educativo que excluya y no se responsabilice por sus resultados, y que nos negamos a llamar “inclusión” al simple hecho de ocupar un banco en un aula porque la misma solo será verdadera si todos nuestros estudiantes realmente aprenden.

Será tiempo de implementar un amplio debate dentro del sistema educativo en torno a qué sociedad y qué educación queremos.



Habrá que encontrar coincidencias profundas, amplias, mayoritarias, desde las cuales reconstruir el sistema educativo y dignificar la profesión: no puede haber espacio para la neutralidad en nuestra tarea. Educar es un acto de naturaleza política, que va mucho más allá de lo partidario e infinitamente más allá de lo electoral. Se trata del núcleo duro de nuestro sentido ético.

Aspiro a que nos encontremos en esas coincidencias básicas los que perdimos las elecciones en 2015 junto con los que confiaron en esta alianza de gobierno y resultaron defraudados. Sin reproches, sin prescripciones morales, mirando para adelante, y sobre todo tratando de reunir mayorías; la sociedad no podrá reconstruirse si continúa dividida en mitades.

Una de las ideas más movilizadoras de Sinceramente, el libro de Cristina, se encuentra en sus últimas páginas, desde donde nos desafía como sociedad a celebrar un “nuevo y verdadero contrato social, con derechos, pero también con obligaciones verificables, exigibles y cumplibles. Un contrato que abarque no solo lo económico y social, sino también lo político e institucional”.

Las escuelas son pequeñas sociedades distribuidas por toda la geografía de la Patria, y ese nuevo contrato debe ser debatido y acordado por maestros, profesores y administrativos, auxiliares, familias y estudiantes, en suma, por la comunidad educativa en su conjunto. Es necesario que sea discutido con hondura y generosidad, con la conciencia de que somos herederos de una pedagogía argentina y americana muy valiosa. Y lo más importante: la devastación provocada por los cuatro años de neoliberalismo nos responsabilizará más y nos obligará a no fallarles a nuestros niños, niñas, jóvenes y adultos, que están siendo demorados en sus derechos y en sus sueños, y esa es una injusticia que no debemos tolerar más.





 

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