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¿Capital mental o sujetos de derechos?

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Por Noberto Liwski / LA NEUROCIENCIA AL SERVICIO DEL NEOLIBERALISMO / Enmascarado tras el concepto de neurociencia, asistimos a la instalación de un renovado positivismo biologista, enteramente funcional a la perspectiva neoliberal, que pretende que las desigualdades se alojan en el cerebro de los individuos y no que son producto de la injusticia social. El mismo ha penetrado el mundo de las políticas públicas y, en particular, el pedagógico, explicando el fracaso o el éxito escolar como resultado de la diferencia de “capital mental” entre niñas, niños y adolescentes, dando lugar al auge de su medicalización y excluyéndolos como sujetos activos de derechos. Desde 2016, la provincia de Buenos Aires, con el Decreto 958/16 de Vidal que resuelve...
LA NEUROCIENCIA AL SERVICIO DEL NEOLIBERALISMO / Enmascarado tras el concepto de neurociencia, asistimos a la instalación de un renovado positivismo biologista, enteramente funcional a la perspectiva neoliberal, que pretende que las desigualdades se alojan en el cerebro de los individuos y no que son producto de la injusticia social. El mismo ha penetrado el mundo de las políticas públicas y, en particular, el pedagógico, explicando el fracaso o el éxito escolar como resultado de la diferencia de “capital mental” entre niñas, niños y adolescentes, dando lugar al auge de su medicalización y excluyéndolos como sujetos activos de derechos. Desde 2016, la provincia de Buenos Aires, con el Decreto 958/16 de Vidal que resuelve la creación de la Unidad de Coordinación para el Desarrollo del Capital Mental, se ha colocado a la vanguardia de esta estrategia.

Por Noberto Liwski
Médico, pediatra social. Docente e investigador universitario. Educador popular. Militante de derechos humanos.

Fotos: Sebastián Miquel

En los últimos tiempos se manifiesta con escasos niveles de rigor y metodología científica una interpretación “frívolamente” anunciada y en la cual se está presentando el factor cerebral con una visión que enmascara, detrás del concepto de neurociencia, un renovado planteo del antiguo positivismo biologista bajo una matriz posmoderna y fuertemente funcional a la perspectiva neoliberal.

Buscando en los antecedentes de este cuadro, se puede encontrar dos siglos atrás la figura de Herbert Spencer, de una enorme influencia en el desarrollo del positivismo sociológico decimonónico, en cuya concepción se afirmaban perspectivas organicistas y racistas dentro de la definición de las sociedades contemporáneas a su tiempo. En tal sentido, y en una sintética definición, se podría afirmar que “solo los más fuertes supervivirían”; esta visión, como señalan diferentes autores, ingresó en América Latina, y nuestro país no fue ajeno a ello: José Ingenieros y Juan B. Justo fueron exponentes de un discurso causalista y determinista cuya influencia se extendió por un largo período.

Con el propósito de establecer referencias que nos aproximen a nuestro tiempo, se puede observar cómo en Estados Unidos la crisis de un primer positivismo muta su visión de la criminología sin abandonar sus matices ideológicos. Es así como en la era del Consenso de Washington, abandonada la idea del delincuente nato lombrosiano, autores de influencia en la década de los noventa dan cuenta de la existencia de factores predisponentes del delito tales como el sexo, la constitución física y muy especialmente la inteligencia, es decir, la “baja” inteligencia, esta última sostenida desde las neurociencias; sin abandonar la causal de la familia “disfuncional”.

Todo esto fue presentado como una novedad científica funcional a los proyectos político-económicos de exclusión de grandes sectores de la sociedad –los más pobres– y concentración del poder económico en pocas manos. Esta “novedad científica” se explica con el ensamble de nuevas formas de legitimación biologista.



Más adelante nos ocuparemos de señalar cómo esta forma encriptada de positivismo biologista, sostenida desde la deformación del sentido humanista y de reconocimiento universal de la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, encuentra en nuestros días un fuerte embate desde diferentes esferas y muy particularmente desde el campo de la pedagogía.

Aportes de las neurociencias

Nadie seriamente podría oponerse o desconocer la importancia de nuevas investigaciones y la obtención de resultados favorables en el estudio del sistema nervioso; que de ello se trata la neurociencia. La discusión surge cuando dichos progresos, con retóricas simplistas, enmascaran detrás de ello intenciones de corte claramente ideológico y político de espaldas a los nuevos contratos sociales basados en el reconocimiento y la garantía del ejercicio de los derechos humanos.

Está ampliamente demostrado que la relación entre la investigación científica y la bioética no tiene sustento si la misma se aparta del enfoque de derechos.

Bienvenido el campo de la neurociencia que bajo los principios enunciados le aporte al terreno de la salud nuevas respuestas para actuar preventiva y terapéuticamente sobre enfermedades altamente difundidas, como la epilepsia (en su amplia variedad), la enfermedad de Alzheimer, la rehabilitación de accidentes cerebrovasculares, la detección temprana y tratamiento oportuno de tumores cerebrales, solo por nombrar algunas patologías que inquietan a grandes sectores de la sociedad actual.

En consecuencia, debemos diferenciar la neurociencia con valor ético y humanista alineada en un campo de investigación científicamente válida, de aquella que, renunciando a estos principios, se instala en el “mercado” de las sanas expectativas del sentido común, lucra con ellas y resulta sustento para justificar la falta de respuestas políticas a la pobreza, la exclusión social, la discriminación basada en la “meritocracia” positivista neospenceriana.

Las neurociencias en el mundo pedagógico


Hasta este punto se puede afirmar que estamos frente a una perspectiva antigua y conservadora que pretende explicar las diferencias, y principalmente las desigualdades, como alojadas en el cerebro de las personas y no, como realmente ocurre, en las asimetrías e injusticias de las sociedades.

La instalación de esta desnaturalización de las neurociencias tiene en nuestros días una singular penetración en el mundo de las políticas públicas, y dentro de ellas particularmente en lo referido a la niñez y adolescencia, aunque no se agota en este sector, sino que pretende incluir la totalidad de los grupos etarios. La provincia de Buenos Aires, desde 2016, se ha colocado a la vanguardia de esta estrategia, instalando un nuevo atajo del neoliberalismo contemporáneo.

Al detenernos en el campo pedagógico, resulta de enorme importancia hacer nuestro el pensamiento de la reconocida pedagoga Carina Kaplan, quien cuestiona aguda y fuertemente esta restauración biologista y de muy débil solvencia argumental. Dice: “Como pedagogos tenemos que pensar por qué estas perspectivas y enfoques ingresan a las escuelas tan acríticamente. Es decir, por qué en lugar de pensar en sujetos que aprenden, empezamos a hablar de cerebros más pobres, más ricos o de las capacidades mentales […] Esta es una mirada antigua y conservadora de la pedagogía, porque lo que nosotros sostenemos es que no hay diferencias cerebrales entre los ricos y los pobres. Lo que hay, en todo caso, son condiciones y oportunidades distintas para aprender, que son básicamente sociales. Es decir, la desigualdad social y educativa no se aloja en el cerebro. Sin embargo, si a estas perspectivas uno no las mira críticamente y no las analiza, se puede caer en la idea de que los cerebros son los que definen el fracaso o el éxito de la gente, en la sociedad o en la escuela”.

Detrás de este planteo se oculta, aunque cada vez más visible, la inadecuada medicalización de la infancia, en particular como derivación de un avance de la psiquiatrización de la infancia, la cual encuentra un nuevo campo de justificación en la aparición de enfermedades, casi siempre inexistentes, que, apartándose del enfoque pedagógico, halla sustento en algún capítulo de esta neoneurociencia reflejada en el concepto del “capital mental”.

En los últimos años, la medicación en el ámbito escolar fue asimilada a la resolución de problemas de conducta y aprendizaje, construyendo un universo de alumnos a los cuales se procura una solución rápida de las dificultades de un niño en su proceso de adaptación al ritmo escolar. Se clasificaron en la literatura médica como Déficit Atencional y Desorden de la Hiperactividad (ADHD, por su sigla en inglés).

En este proceso en el cual el metilfenidato (Ritalina es su nombre comercial) pareciera ocupar un lugar preponderante, vale recordar que se trata de un psicoestimulante derivado anfetamínico, cuya prescripción requiere de la imprescindible decisión médica. Datos aportados por el Observatorio de Drogas de la SEDRONAR pusieron de manifiesto el crecimiento exponencial de la importación de dicha droga.

Los laboratorios, y particularmente la industria farmaceútica de alta concentración, no son ajenos a este “auge” de la medicalización escolar, como tampoco lo son aquellas actuales concepciones que sitúan en el cerebro el factor determinante de conductas y emociones, excluyendo el complejo proceso, en la diversidad de contextos sociales, culturales y económicos, de la infancia y la adolescencia.

Podríamos afirmar a esta altura que la confluencia de una inadecuada incursión de la neurociencia en el campo de la pedagogía, sumada a la cultura del “descarte” y las soluciones rápidas, más los fuertísimos intereses económicos de la industria farmacéutica, apoyada en una acrítica estimación médica, dan validación al proceso precedente, cerrándose de este modo el círculo que excluye al niño como sujeto activo de derechos.

Así, encontramos en la publicidad de la “pastilla milagrosa” que un laboratorio comercializa como medicación para el ADHD: “los pacientes no tratados corren mayor riesgo de abusos de sustancias”, “el bajo rendimiento académico y las dificultades pueden ser mejoradas con el tratamiento adecuado”…

Sobre este último aspecto del marketing, cabe señalar que no se registran estudios de valor científico que hayan comprobado una mejoría en el aprendizaje.

Las neurociencias desviando el enfoque de derechos

A esta altura resulta inevitable detenernos en uno de los referentes, especialmente mediático, de aquella literatura: Usar el cerebro, del Dr. Facundo Manes, que ocupa uno de los primeros puestos en los best sellers de producción argentina.

El autor mencionado, que a su vez actúa como rector de una Universidad privada que incluye la formación de grado y posgrado en las áreas médicas y psicológicas, desarrolla una visión sobre diferentes fenómenos sociales. Con un enfoque biopolítico, el libro ubica la neurociencia como complemento para políticas de Estado e incluso para lograr la “felicidad”.

Interpelando el retorno al antiguo determinismo biológico, ahora concentrado en el cerebro, es oportuno recoger la opinión del neurocientífico Steven Rose: “En una economía neoliberal globalizada, la tecnociencia ha devenido mercantilizada y juega un rol central en la mercantilización de casi cada aspecto de nuestra vida cotidiana”.

La neurociencia al servicio del neoliberalismo. ¿Capital mental o niños sujetos de derechos?

El campo de las ciencias sociales recogió el guante de la historia del neoliberalismo y puso en debate las implicancias de este en las políticas públicas. Nos ilustra en tal sentido la Dra. Susana Murillo en su trabajo “La estrategia neoliberal y el gobierno de la pobreza”, resumen del cual se puede afirmar que en el neoliberalismo la ruina o el éxito no dependen de una estructura social basada en injustas desigualdades, sino de la libre decisión individual con un alto componente del desarrollo cognitivo. En ese marco, señala la autora, las neurociencias y los tratamientos médicos adquieren un rol creciente en el gobierno de las poblaciones vulnerables.

Bajo esta preocupante orientación de las políticas públicas se debe analizar el sentido, los objetivos y alcances del Decreto 958/16 de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, quien resuelve en el referido acto administrativo la creación de la “Unidad para el Desarrollo del Capital Mental”. Más allá de la estructura técnica y financiera que implica establecer una nueva dirección provincial, la definición del decreto genera una alerta ética que atraviesa las políticas públicas en su conjunto, y particularmente las de niñez y adolescencia.

Su contenido vacuo contiene elementos asimilables a los disvalores de la meritocracia, con el abandono explícito por parte del Estado provincial de actuar como garante de los derechos de los niños, niñas y adolescentes, lo cual queda expresado al comienzo de los considerandos: “el Capital Mental y bienestar mental aluden a los recursos cognitivos y emocionales de las personas”.

Corresponde indicar que el referido acto administrativo y político, que entre otros aspectos desconoce los avances alcanzados con las leyes de protección integral de los derechos de niños y jóvenes, como la Ley de Educación Provincial, ha sido objeto de una reacción de aguda interpelación por parte de distinguidas personalidades del ámbito de la salud, la educación, las neurociencias, entre otros, dirigida a la gobernadora a través de una carta abierta reclamando su revisión urgente.

Entre otros conceptos, se puede leer en la misiva: “como categoría de análisis, el ‘Capital Mental’ presenta una profunda ambigüedad referencial […] entendida como estrategia de ingeniería social aplicada a niños en formación, las neurociencias del ‘Capital Mental’ emplazan una señal de alarma ética para la comunidad médica en particular, para los intereses y derechos del conjunto de la sociedad. Su intromsión en los métodos educativos no cuenta con consenso legítimo alguno”.

La carta fue respondida informando que el tema había sido derivado al Ministerio de Salud.

Con todo, resulta imprescindible ampliar la discusión sobre esta problemática e impedir que las reglas del mercado colapsen la construcción de un pensamiento crítico fundado en el respeto a los derechos humanos y la condición de garante del Estado.




 

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