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Domitila Chungara, todo por ganar

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LITERATURA Y POLÍTICA (Por María del Carmen Garcés) / En enero de 2006, Loreley Unamuno se tomó un micro e inició un viaje que iría mucho más allá de compartir junto a una inmensa mayoría la ceremonia que convertiría a Evo Morales en el primer presidente indígena de Bolivia. En esa tierra comprendió el significado que la organización comunitaria tiene en la identidad y las batallas de un pueblo y cómo el cine documental puede aportar...
LITERATURA Y POLÍTICA / En enero de 2006, Loreley Unamuno se tomó un micro e inició un viaje que iría mucho más allá de compartir junto a una inmensa mayoría la ceremonia que convertiría a Evo Morales en el primer presidente indígena de Bolivia. En esa tierra comprendió el significado que la organización comunitaria tiene en la identidad y las batallas de un pueblo y cómo el cine documental puede aportar a ellas y a la construcción de su memoria. De allí, y de un encuentro en el Cerro Rico de Potosí, nació la película Mujeres de la mina, que se estrenó ocho años después y le permitió descubrir cuánto tenía en común con quienes siempre han sido objeto de conquista, pero también cuán grande puede ser la potencia de unos cuerpos cuya resistencia se fue amasando durante siglos de expoliación, sometimiento y violencia.

Por María del Carmen Garcés
Escritora e investigadora ecuatoriana. Autora del libro Domitila Chungara, una vida en lucha (2012).

En el prólogo del libro Domitila Chungara, una vida en lucha mencionaba que los encuentros importantes que han marcado mi vida tienen estrecha relación con la lucha de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, tema que he estudiado durante años en diversos países. Al pensar en algunas ideas para compartir con los lectores de la revista Maíz, me di cuenta de que en realidad los hechos –o encuentros– importantes tienen que ver con Bolivia, que enmarca la lucha del Che.

Llegué a La Paz en marzo de 1983. En las largas caminatas que hacía por las calles sinuosas de la ciudad me impactó la presencia de la imagen del Che –y de sus ideas en frases o grafitis– en muros, plazas, kioscos, librerías y universidades. Sin conocer mucho de su historia, me hice una pregunta: ¿qué sucedió con el Che en Bolivia? Y tratando de responderla empecé una indagación sobre 1967 en los principales periódicos paceños. A medida que avanzaba, se despertaba en mí la conciencia de la importancia de aquella lucha revolucionaria para el pasado, el presente y el futuro de América Latina. Me planteé entonces hacer una investigación sistemática sobre la guerrilla comandada por el Che en Bolivia en los países que por distintas razones consideré protagónicos: Cuba, Chile, Argentina, Francia, Venezuela, Brasil y la misma Bolivia. Y en un período más extenso: de 1967 a 1969.

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Fue también en Bolivia que se produjo un encuentro fortuito con Harry Villegas Tamayo, más conocido como “Pombo”, que permitió la realización de una extensa entrevista en La Habana que dio origen al libro Conversaciones con Pombo. Combatiente de la guerrilla del Che en Bolivia.


En septiembre de 2010 viajé a La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y Valle Grande para presentar el libro. Los amigos que organizaron la presentación en Cochabamba me invitaron a una reunión en la Escuela de Formación Política, que funcionaba en la casa de Domitila Chungara. Al término de la reunión, más bien formal, Domitila dijo: “Yo quiero invitarlas a usted, a usted y a usted a tomar un café”, señalando con el dedo a las tres mujeres visitantes, mi hija Diana Orduna, Carla Cecilia Valderrama, querida amiga cochabambina, y yo. Pasamos a la cocina y, luego de pedir a su nietito que pusiera agua para el café y sirviera pan y azúcar, empezamos a charlar.

El desprestigio injusto de las mujeres del Comité de Amas de Casa hace que su marido, René Chungara, también minero, se oponga ferozmente a su participación en él. Oposición que concluye después de una tenaz “huelga de quehaceres domésticos” que le hace Domitila.

Uno de los temas más importantes –y quizás el menos conocido por el interés que existe en fijar en la memoria colectiva el hecho falso de que el Che no tuvo apoyo del pueblo boliviano– es el apoyo que esta gesta revolucionaria recibió de los mineros del estaño, apoyo que debía concretarse en el aporte de un día de salario, la recolección de medicinas y el reclutamiento de combatientes que se unirían a la guerrilla. En aquella época gobernaba el militar René Barrientos Ortuño, que apenas llegó al poder decretó la reducción de los ya míseros salarios de los mineros en un 48%. Para tratar los temas del Che, la guerrilla y la lucha por la recuperación de sus salarios, la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia había convocado a un Ampliado Minero para el día 25 de junio de 1967 en Siglo XX, ante lo cual el gobierno asesorado por un grupo de militares norteamericanos y agentes de la CIA organizó y perpetró la Masacre de San Juan, una de las más sangrientas en la historia de las luchas políticas del país, que dejó 87 víctimas entre muertos y heridos, decenas de deportados a campos de concentración, cientos de presos y despedidos. La madrugada del 24 de junio, mientras los obreros de las minas y sus familias celebraban la Noche de San Juan, el Ejército, apoyado por la aviación, cercó y atacó los centros mineros.

En los primeros minutos de la charla con Domitila le pregunté cómo vivieron en las minas estos acontecimientos y cómo se dio el apoyo de los mineros a la guerrilla comandada por el Che. Domitila empezó a recordar, y por más de dos horas fuimos testigos de verdaderas revelaciones sobre la vida en las minas, los mineros que combatieron en la guerrilla y las experiencias de esta excepcional mujer entregada a la lucha por la justicia.

Pasaron meses antes de que pudiera transcribir lo que grabé esa noche, y cuando lo hice me di cuenta de la importancia histórica de las revelaciones de Domitila, pero también de que faltaba completar y profundizar algunos temas. Así que retorné a Cochabamba. Domitila estaba muy mal de salud por un cáncer terminal que le provocó la muerte. Y lo que en un principio concebí como una entrevista sobre hechos concretos se fue transformando en la biografía de esa mujer dotada de una conciencia y voluntad sin límites que la llevaron a enojarse mucho cuando, debido a los fortísimos accesos de tos que sufría una mañana, le propuse que postergáramos la grabación, que descansara, que yo podía prolongar mi estadía: “¡No!, ¡no!, ¡no! ¡Tenemos que continuar! ¡Esto hay que concluir!”.

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En estos años de acercamiento a la historia de Bolivia hay un hecho que es necesario recalcar: en este país, ubicado geográficamente en el centro de Sudamérica, de varios pisos climáticos y en donde conviven más de treinta nacionalidades indígenas con sus propias lenguas, costumbres y tradiciones, han surgido movimientos revolucionarios de vanguardia en todas las épocas. Mencionaremos tres de los más importantes.


• Fue en los territorios de la actual Bolivia donde se produjo, en 1871, la rebelión liderada por Túpac Katari y Bartolina Sisa –en cuya formación la tradición oral desarrollada entre las culturas indígenas fue un elemento determinante–, considerada la más importante contra el dominio español, con un ejército de 40.000 indígenas que cercó la ciudad de La Paz durante meses; rebelión que postulaba la liberación de América del dominio colonial, la eliminación de toda forma de explotación –mitas, obrajes, repartimientos, alcabalas– y el fin de la esclavitud.

• Fue en Bolivia que, con la insurrección de obreros urbanos y mineros, el 9 de abril de 1952 culminó el proceso revolucionario que se conoce como Revolución Nacional, que decretó la nacionalización de las minas del estaño, la primera reforma agraria del continente, la disolución del ejército profesional, la alfabetización, entre otras medidas.

• Fue Bolivia el lugar que escogió Ernesto Guevara de la Serna para llevar a la práctica una de las teorías revolucionarias más audaces de todos los tiempos: tratar de unir los diferentes movimientos revolucionarios de África, Asia y América Latina –y crear otros– para vencer por medio de la lucha armada la dominación colonial, neocolonial e imperialista –carácter tricontinental de la lucha–.

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¿Cómo un país que ha tenido los más altos índices de pobreza, desnutrición y analfabetismo, lo que en última instancia quiere decir altísimos niveles de explotación interna y externa, ha desarrollado los movimientos políticos más avanzados en los distintos periodos históricos de América Latina?

Explotación extrema y concentración del proletariado minero parecen ser las respuestas para entender las peculiaridades de su historia política, además de la fuerte influencia de una cultura indígena milenaria, en donde prima la tradición oral como fuente de conocimiento y educación, el colectivismo se impone sobre el individualismo, y el papel de la mujer como eje de la vida de la comunidad se ha mantenido y desarrollado.

Fiel a su origen y educación nacional y de clase, Domitila no claudica a la hora de expresar sus ideas o dar pasos decisivos como la organización de la huelga de hambre que iniciaron cuatro mujeres de Siglo XX y que logró el derrocamiento de la dictadura de Banzer.

Por las condiciones geográficas de Bolivia, las zonas mineras –y su explotación– se encuentran fuertemente concentradas en los departamentos de Oruro, La Paz y Potosí. A mayor explotación, mayor necesidad de organización para resistir, para sobrevivir. Solamente como ejemplo de la importancia económica, política y social de los trabajadores de las minas: en 1965, los 30.000 mineros del estaño constituían el 3% de la población económicamente activa –los agricultores representaban el 50%–, asegurando el 94% del ingreso por exportaciones. Que en términos de importancia económica, debido a la dependencia boliviana de los ingresos procedentes de la exportación de estaño, quiere decir que esos 30.000 trabajadores de las minas mantenían a una población de cinco millones (ver Regis Debray, La guerrilla del Che).

Diez mil trabajadores mineros eran la fuerza laboral de Siglo XX en 1967.

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Es en este contexto histórico interno –condiciones extremas de explotación y miseria que exigían organización y unidad para la lucha por la defensa de derechos elementales de vida de los trabajadores mineros y de sus familias– y externo –época del despertar de la conciencia política y revolucionaria en África, Asía, América Latina, América del Norte–, que surge Domitila Chungara y su influencia en la vida social, cultural y política no sólo de Bolivia, sino de América Latina y el mundo.

La vida de Domitila es uno de los mejores ejemplos que nos presenta la historia de toma de conciencia a partir de las condiciones extremas que le tocó vivir y de la educación en los valores de clase del proletariado minero –de origen quechua y aymara–, de solidaridad y necesidad de lucha organizada, que recibió de su padre –Ezequiel Barrios, minero expulsado de Siglo XX a Pulacayo por sus posiciones revolucionarias– y de dirigentes como Federico Escobar y Gerónima de Romero –fundadora del Comité de Amas de Casa de Siglo XX–.

Domitila llega pequeñita a Pulacayo, desterrada, junto a su padre y madre, de la mina. El grupo familiar enfrenta, sin ningún elemento de supervivencia, las alturas inhóspitas con temperaturas glaciales de veinte grados bajo cero, y es acogido por una señora de buen corazón, indígena y esposa de minero, que les da un rincón en el comedor de la pulpería. Fue esta misma señora la que les proveyó de frazadas y alimentación. Como preparaba el desayuno de los mineros muy temprano, padre, madre y niña tenían que levantarse a las cuatro de la madrugada y esperar el amanecer sentados en un rincón de la pulpería.

Vienen luego los primeros trabajos del padre como sastre, la posibilidad de tener una vivienda, la leve mejoría en las condiciones precarias de vida de la familia, pero llegan también los profundos motivos de sufrimiento y de toma de conciencia de Domitila: nace la segunda hermana, y en el nacimiento de la tercera –por cesárea– ocurre el hecho trágico de la muerte de la madre, provocada por la práctica negligente de los médicos, que le dejan gasas dentro del cuerpo, lo que le produce una infección y dolores indecibles antes de morir en presencia de la niña de diez años. Domitila reniega entonces de su condición femenina, pues tiene el firme convencimiento de que su madre ha muerto por haber nacido mujer: eso le dicen las vecinas en el entierro, conminándoles a que se mueran ellas también pues “las mujeres no servimos para nada, sólo servimos para sufrir”. Interviene nuevamente el instinto pedagógico del padre, que les explica con palabras sencillas y ejemplos claros a ella y su hermanita que las mujeres tenemos cualidades y que somos importantes en la comunidad.

Pero la vida debía continuar, y la niña que acababa de perder a la madre se tuvo que hacer cargo de cuidar y criar a la bebé huérfana. Son las monjas las que le enseñan cómo hacerlo, pero ella quiere aprender e insiste en ir a la escuela. Una profesora consciente le permite asistir con la hermanita a sus clases. A los pocos meses hay cambio de docente y la nueva maestra no es comprensiva y echa a la niña y la bebé del aula. La niña insiste en su afán de ir a la escuela, a pesar de los ruegos del padre para que esperara unos años hasta que su hermanita estuviera más grande. La solución que encuentran es tallar un hueco en la pared de adobe de la vivienda para hacer un corral en el que estuviera la niñita, que ya gateaba, hasta que Domitila volviera de la escuela. Por acuerdos con la profesora, podía salir cada hora para ir a las carreras a ver cómo estaba su hermanita.

Nuevamente la tragedia: una mañana la bebé sale del corral, gatea hasta la basura y empieza a ingerir comida mezclada con carbón. Muere por intoxicación con altísimas fiebres y fuertes dolores. La autoinculpación de Domitila, de que por su egoísmo de querer aprender ha muerto su hermana, lleva al padre a hablarle de explotación, de injusticia y condiciones de vida; de que no había culpa de ella, individual, sino una responsabilidad social, porque fueron las condiciones de mala atención –discriminación– las que provocaron la muerte de la madre. Comienzan así sus primeras reflexiones, sus primeros pasos en la toma de conciencia.

Hasta que se casa muy joven y vuelve a Siglo XX. A esa mina centro del movimiento político y revolucionario de Bolivia en la década del sesenta. No es sino muchos años después de su llegada, y siendo ya madre de tres hijos, que Domitila se involucra en la lucha del Comité de Amas de Casa de Siglo XX. El desprestigio injusto de las mujeres del Comité de Amas de Casa –que se habían organizado por la necesidad de defender desde el peso correcto en la venta de las provisiones en las pulperías controladas por los dueños de las minas, hasta a sus maridos tomados prisioneros, torturados y muchas veces asesinados– hace que su marido, René Chungara, también minero, se oponga ferozmente a su participación en él. Oposición que concluye después de una tenaz “huelga de quehaceres domésticos” que le hace Domitila para que recapacite y se dé cuenta de la necesidad de su participación en la lucha y de todo lo que ella hace y aporta al hogar. En esos días de extrema confrontación familiar, en que incluso sufre insultos y golpes, Domitila tiene un encuentro fortuito con Federico Escobar, gran dirigente revolucionario de Siglo XX, quien le dice que no puede permitir que su marido le pegue de esa manera, que va a intervenir, explicándole a Domitila ciertos aspectos básicos de la necesidad del respeto a sus decisiones.

Poco a poco, el Comité de Amas de Casa logra el respeto y apoyo de las mujeres y los hombres pobladores del centro minero, sobre todo por la constante e inteligente participación en cuanta lucha fuera necesaria para defender los derechos de vida de los mineros, sus mujeres e hijos.

Viene tiempo después la toma de rehenes norteamericanos, y la decisiva y valiente intervención de las mujeres del Comité para salvarlos de un seguro linchamiento. La negociación y vigilancia en que participan, ya como una pareja unida en la lucha, Domitila y René junto a sus hijitos: “porque si tenemos que morir es mejor que muramos todos juntos. Nosotros no tenemos nada que perder”, le dice sabiamente René a su mujer, frases que nos hacen recordar las ideas desarrolladas por Karl Marx en relación con el origen del carácter revolucionario del proletariado: que es una clase que no tiene nada que perder, sino todo por ganar.

Fiel a su origen y educación nacional –quechua-aymara–, y a su origen y educación de clase –proletariado minero–, Domitila no claudica a la hora de expresar sus ideas, radicalizar sus posiciones o dar pasos decisivos como la organización de la huelga de hambre que iniciaron cuatro mujeres de Siglo XX y a la que pronto se unirá el pueblo en general, huelga de hambre que logró el derrocamiento de la dictadura de Hugo Banzer Suárez. Al mismo tiempo, su persona cobra relevancia nacional e internacional hasta convertirse en referente de la lucha revolucionaria contra las dictaduras impuestas en las décadas del setenta y ochenta.

Persecución, cárcel, confinamiento en Los Yungas, abortos a causa de golpizas por parte de los represores, muerte de compañeros, fueron una constante en la vida de Domitila una vez que se entregó a la lucha.

Acercarnos a su vida, a su lucha, a sus ideas, y a la vida, lucha e ideas de sus compañeras del Comité de Amas de Casa y de sus compañeros mineros, nos ayuda a dilucidar el caótico período actual en los distintos lugares geográficos en donde nos encontremos.

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Escuchemos a Domitila.

Se habla de quinientos años, desde Bartolina Sisa, pero este siglo pasado, en el siglo XX, ¿quiénes han luchado? No estaba ahí Bartolina Sisa, hemos sido nosotros.

Este momento que se está viviendo en Bolivia es la herencia que nosotros hemos dejado, la lucha de los mineros, la lucha de las amas de casa.

Me alegra tanta mujer con sus derechos, los cambios que ha habido. Pero para nosotros no ha sido fácil. Teníamos primero que vencer nuestros miedos, vencer a la familia, vencer al qué dirá la gente, vencer a las suegras, a los mismos hijos, los esposos y los dirigentes que no querían que la mujer participe. Pero pese a eso nos hemos impuesto, hemos hecho ver nuestra razón, hemos impuesto la participación de la mujer.

Nosotros hemos perdido nuestros hijos. Yo he perdido mi primer hijo en la cárcel después de la guerrilla; el segundo hijo he perdido ahí perseguida en las minas, mi gemelo; el otro, en el 79.

Hemos tenido nuestros muertos, nuestros heridos. Y al final han tenido que quitarnos todo medio de vida, expulsándonos de nuestras fuentes de trabajo.

Esa parte de la historia no se puede borrar. No se puede olvidar.

Tiene que haber participación, tiene que haber militancia política, tiene que haber formación política.

Además, nuestra lucha es de clases: hay una clase que explota, una clase que se aprovecha y una clase explotada. Y la mayoría estamos así explotados, el campesino sin tierras, el obrero explotado.

Ahorita el imperialismo, escudándose en defensor de la democracia, un gran demócrata, está asesinando a los pueblos de Irak, de Libia, de Afganistán… La palabra democracia se utiliza para robar al pueblo, para asesinar al pueblo… Está sirviendo para que ellos, los imperialistas, se enriquezcan más, para que controlen nuestros recursos. Eso nos demuestra que el enemigo va a seguir siendo sanguinario, y con la ayuda de los medios de comunicación que nos presentan una realidad que no es.

Por eso yo pienso que todos los pueblos debemos prepararnos militarmente, pero no solos. Si todos los pueblos nos levantamos, no nos va a vencer el enemigo.

En la entrevista que se convirtió en su biografía, Domitila se despide alertándonos, llamándonos a la unidad, al desarrollo de la conciencia. Fiel a sí misma, a su clase, a su origen indígena, nos habla para hacer escuchar “la voz de millones de hombres y, sobre todo, mujeres latinoamericanos sin voz”


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