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Una batalla, todos los frentes

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Por Carlos Raimundi / ESTRATEGIAS / Las experiencias nacionales, populares y democráticas vividas en la región durante el primer tramo del siglo XXI realizaron la convicción de que no hay modelos de autonomía parcial. Así, permitieron inscribir la causa Malvinas en la lucha decolonial de Nuestra América, desde el MERCOSUR hasta la UNASUR y la CELAC. Siguiendo esa clave, la creación de condiciones económicas y culturales orientadas...
ESTRATEGIAS / Las experiencias nacionales, populares y democráticas vividas en la región durante el primer tramo del siglo XXI realizaron la convicción de que no hay modelos de autonomía parcial. Así, permitieron inscribir la causa Malvinas en la lucha decolonial de Nuestra América, desde el MERCOSUR hasta la UNASUR y la CELAC. Siguiendo esa clave, la creación de condiciones económicas y culturales orientadas a una integración gradual entre las islas y el continente constituye en el presente una apuesta insoslayable.

Por Carlos Raimundi
Abogado y docente universitario. Fue diputado nacional por la provincia de Buenos Aires hasta 2015 (bloque Frente para la Victoria-PJ). Actualmente es secretario general del partido SI (Solidaridad + Igualdad) e integra el frente Unidad Ciudadana.

Fotos: Carlos Brigo

El mundo vive una etapa de incertidumbre, diferente del clima de estabilidad que imperó durante la Guerra Fría, que presentaba cierto orden a partir de dos grandes polos de referencia: los bloques socialista y capitalista. La posguerra, al erigir a Estados Unidos como dominante, la democracia liberal como estructura política y la libertad de mercado como modelo económico, también le proponía al mundo, nos guste o no, una referencia.

Hoy, en cambio, asistimos al fracaso de un modo de acumulación que ya no puede generar ningún horizonte de esperanza. Hasta hace algún tiempo, el desamparo y la humillación que causa este modelo se circunscribían a las áreas del planeta conocidas como periféricas. Pero ha sido tal el desenfreno de la concentración de riqueza, que hoy se ven afectadas zonas tradicionalmente consideradas centrales, como Europa y parte de los Estados Unidos.

Otra de las causas de la pérdida de referencias a nivel mundial es la aparición de un actor como China, que, al haber equiparado su PBI con el de Estados Unidos, surge como un potencial competidor.

Paralelamente, los tradicionales Estados nacionales se entrecruzan con los intereses financieros, cada vez más concentrados, omnicomprensivos y dominantes, que manejan presupuestos superiores a los de muchos Estados. Esto pone en cuestión el gobierno de la política y lo subordina a la gestión lisa y llana de dichos conglomerados.

Tanto las potencias centrales como los grandes conglomerados financieros –que en algunos casos han cooptado al poder político y en otros se han integrado a él– necesitan sostener su dominio sobre un área como Malvinas, estratégica desde todo punto de vista. Sin embargo, la disconformidad creciente de los europeos con su bloque regional debilita el apoyo de Europa al Reino Unido en su pretensión sobre los territorios de ultramar.

Malvinas en la lucha decolonial de Nuestra América

A partir de las experiencias populares vividas durante el primer tramo del siglo XXI, con políticas de autonomía financiera que confrontaron con el modelo neoliberal, América Latina desempeñó un rol activo en la confección de la agenda mundial. Al inclinarse hacia el bloque conocido como BRICS –integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica–, participó de un área que representa el 60% del PBI mundial, y, como tal, desafió el modelo del mero capital financiero globalizado.

Debido a que no hay modelos de autonomía o entrega parciales, sino de soberanía y claudicación, la causa Malvinas fue asumida dentro del marco de políticas autónomas y anticoloniales, primero por el MERCOSUR, luego por la UNASUR, y finalmente por la CELAC.

En este contexto de rechazo del colonialismo no sólo territorial, sino económico, financiero, armamentista y cultural, se inscriben las reformas de la legislación penal argentina que castigan a aquellas empresas británicas que operen ignorando la situación del conflicto en el Atlántico Sur para explotar recursos pesqueros o hidrocarburíferos, la prohibición para autorizar vuelos o embarques de naves con bandera de Malvinas en los puertos del MERCOSUR, la denuncia en los foros internacionales de la presencia de armas nucleares y creciente militarización del área por parte de la OTAN. Todo esto está plasmado en la Declaración de Ushuaia del 23 de febrero de 2012.

La posición de cada gobierno sobre Malvinas responde a la orientación general de sus políticas. Una política de rechazo al ALCA o desendeudamiento –como reafirmación de nuestra condición de Estados soberanos– no podría convivir con una claudicación respecto de Malvinas. De la misma manera, de nada serviría la declamación de soberanía cuando la orientación general de las políticas fuera de endeudamiento y alineamiento estratégico con el imperio responsable de la situación colonial. Es decir, la soberanía se defiende o se entrega en todos los terrenos. Y eso marca el contraste entre la situación de América Latina con presidencias como las de Cristina Fernández de Kirchner o Dilma Rousseff y la actual.

Los países latinoamericanos a quienes les tocó representar la causa anticolonial de Malvinas en diversos foros y organismos de Naciones Unidas obtuvieron amplias mayorías en las respectivas votaciones, no obstante lo cual los británicos continúan sin acceder al diálogo, apoyados por aliados que, aunque minoritarios, tienen un considerable peso específico. La construcción de poder a nivel mundial a través de bloques y experiencias de coordinación e integración regional e interregional es una de las claves para mejorar nuestro desempeño en el futuro inmediato.

La soberanía se defiende o se entrega en todos los terrenos. Y eso marca el contraste entre la situación de América Latina con presidencias como las de Cristina Fernández de Kirchner o Dilma Rousseff y la actual.

El Reino Unido es, seguramente, la potencia que más desplegó su dominación colonial de manera directa a lo largo y ancho del mundo, desoyendo y aplastando todo intento de autonomía de los pueblos. Sin embargo, en el caso de Malvinas –territorio que dista 17.000 km de la pretendida metrópolis– esgrime permanentemente el denominado derecho de autodeterminación de los habitantes como excusa para no discutir con Argentina. De acuerdo con nuestras convicciones y nuestra tradición más arraigada –así como con nuestra Constitución–, se deben respetar los intereses y el modo de vida de los isleños. Sin embargo, por tratarse de una población implantada por la fuerza desde la metrópolis británica, los habitantes de Malvinas no constituyen un tercer actor independiente, por lo tanto, la cuestión de la soberanía debe ser tratada por los dos Estados en disputa.

¿Por qué renunciar a una estrategia de integración gradual entre las islas y el continente?

Que los habitantes de las islas no sean parte soberana en la disputa no significa renunciar a tener una política que los incluya. Rescato el espíritu de un proyecto legislativo que presenté hace algunos años, que contempla, dentro de una estrategia general, la creación de una Zona Especial en el Atlántico Sur como región prioritaria para otorgar incentivos fiscales y financieros para la radicación de industrias locales y la creación de puestos de trabajo, ventajas preferenciales para el desarrollo de centros científicos y tecnológicos –complementarios con actividades de personas físicas o jurídicas establecidas en Malvinas–, desarrollo de infraestructura, etcétera. Todo ello, extendido a los países del MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC.

El intercambio cultural y académico podría representar una prioridad para la apertura progresiva del tránsito entre el continente y las islas, a través de un régimen especial para el establecimiento de instituciones educativas, Universidades e institutos de investigación que permitan cursar estudios de nivel comparable al que se podría obtener en el Reino Unido, con salidas laborales aplicables a la realidad socioeconómica de la región.

Casi la mitad de los jóvenes que terminan el secundario se inscribe en Universidades británicas, y anualmente se gradúan dos o tres. Son justamente los más jóvenes quienes podrían revisar el rechazo que sienten hacia la Argentina las generaciones adultas, a partir de una relación que no sea presentada como un “triunfo argentino”, sino como un beneficio recíproco. Y dadas las profundas diferencias entre nuestras costumbres, de lo que se trata es de imaginar iniciativas que favorezcan la integración, incluyendo actividades conjuntas artísticas y deportivas.

Teniendo en cuenta que la Patagonia es un destino elegido por el turismo internacional, podría ser un motor de progresivo crecimiento del intercambio y la integración cultural.

La protección de las especies, las reservas de agua potable y la capa de ozono debería ser motivo para promover la realización de una conferencia internacional sobre el medioambiente en el área del Atlántico Sur.

En definitiva, se trata de ir creando condiciones económicas y culturales –desde una perspectiva alejada de cualquier anhelo de impacto inmediato– orientadas a una integración gradual a mediano plazo, que permita afrontar, de una vez por todas, la cuestión de la soberanía. De manera inclaudicable, a la vez que creativa e inteligente.

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