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La Universidad latinoamericana en la era digital

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DESAFÍOS (Por Alejandro Villar) / En tanto América Latina se encuentra inmersa en el proceso de cambio estructural que implica el ingreso a la sociedad digital, sus universidades están llamadas a una transformación que impacta sobre todas sus dimensiones y tiene dos aspectos centrales: uno tecnológico y otro de índole cultural. Del interrogante por lo que significa una Universidad digital a su relación con los diversos actores en los propios territorios que se ven afectados por ...
DESAFÍOS / En tanto América Latina se encuentra inmersa en el proceso de cambio estructural que implica el ingreso a la sociedad digital, sus universidades están llamadas a una transformación que impacta sobre todas sus dimensiones y tiene dos aspectos centrales: uno tecnológico y otro de índole cultural. Del interrogante por lo que significa una Universidad digital a su relación con los diversos actores en los propios territorios que se ven afectados por este proceso, una invitación a repensar nuestras universidades sosteniendo siempre lo mejor de sus prácticas, tradiciones y experiencias.

Por Alejandro Villar
Doctor en Ciencias Sociales (FLACSO, Argentina). Rector de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ).

Fotos: Sebastián Miquel

Se ha venido sosteniendo que nos encontramos ante un cambio de carácter “civilizatorio” en la medida que ingresamos a un nuevo tipo de sociedad, cuya estructura organizacional no se encuentra en la producción industrial y el trabajo asalariado. Como ha señalado Castells (2000), nos encontramos ante una nueva sociedad regida por la primacía de la información sobre el valor de las materias primas, el trabajo y el esfuerzo físico. Se trata de la sociedad del conocimiento o de la información –según quién lo plantee, aunque claramente no es lo mismo–, que a los efectos de este artículo llamaremos “sociedad digital”, a riesgo de simplificar bastante las cosas.(1)

En esta nueva sociedad, el conocimiento y la información se encuentran dispersos y al alcance más o menos democrático de todos los interesados. Esta cuestión de la democratización de la información que propone la sociedad del conocimiento entra en tensión con el histórico papel que cumplió la escuela y el sistema educativo en general. Siguiendo esta lógica, se podría aventurar que es justamente la educación superior, y la universitaria en particular, la que se encuentra en mayor riesgo, por lo menos como la hemos conocido hasta aquí.

Es que la escuela primaria y media vienen cumpliendo más y complejas funciones en la organización social que aquí no abordaremos, pero nos permitiremos señalar que no es la escuela formalizada la única que posee la atribución de educar, dado que existen otros medios o dispositivos –no formales e informales– que cumplen el mismo fin y coexistentes actualmente con aquella. Sin embargo, es esta la única institución formalizada que en conjunto con la familia cumple la función de socializar a las nuevas generaciones y construir el lazo social. Por su parte, ha desarrollado funciones políticas, económicas y sociales a lo largo de la historia.

En el escenario descrito, las universidades deberían evaluar su rol en la actualidad. La información y el conocimiento se encuentran en Internet para ser alcanzados o adquiridos por personas con suficiente capacidad para realizar ambas tareas. Se dice, entonces, que de este tipo de personas es el futuro.(2)  Esta perspectiva plantea algunas cuestiones. Una es el camino que puedan transitar los llamados “autodidactas”. Por cierto, no es el más sencillo ni transitado, ya que se requieren capacidades y actitudes particulares para recorrerlo con ciertos niveles de éxito. Otra es que de todas formas se seguirán requiriendo instituciones, dispositivos y procesos que permitan ampliar la base social del proceso educativo. Finalmente, es previsible que las universidades conserven el rol de “acreditar” el conocimiento en disciplinas sensibles, como, por ejemplo, medicina, abogacía, contabilidad y educación.(3)

Esto le exige a la Universidad repensarse en el marco de la era digital a la vez que sostener lo mejor de sus prácticas, tradiciones y experiencias. En principio, se trata de un proceso que incluye aspectos pedagógicos, institucionales, organizacionales y políticos –para el caso de las públicas, generalmente autogobernadas–, y comunicacionales, para avanzar en uno de los mayores desafíos en el continente más desigual del planeta: la inclusión digital.

Por último, abordaremos la relación entre la Universidad y actores de diverso tipo, y aquí especialmente se hará hincapié en las competencias que exige el mundo del trabajo.

La Universidad digital

Recientes investigaciones en Iberoamérica (Salinas Ibáñez y Marín, 2018) muestran las diferentes concepciones y significados sobre aquello que llamamos Universidad digital. Estos trabajos señalan que el ingreso al mundo digital se enmarca en términos como “Universidad abierta”, “Universidad on line”, “Universidad a distancia”, “Universidad sin barreras”, “Universidad virtual”, “teleuniversidad”, entre las más comúnmente mencionadas. Se trata, entonces, de un concepto abierto y polisémico en proceso de conformación. Sin embargo, todos estos conceptos no hacen más que hablar de la integración de las herramientas tecnológicas y los recursos digitales a la vida académica, la gestión administrativa y académica –presencial, semipresencial o virtual–, algunas actividades de investigación y, finalmente, la integración de herramientas y recursos digitales en el proceso de enseñanza y de aprendizaje.

Siguiendo esta idea, Bernal Escoto, González Carella, Ojeda Orta y Zanfrillo (2010) señalan que las universidades e instituciones de educación prosiguen, en la implementación y usos de herramientas digitales, un proceso en tres fases. La primera implica la experimentación y se caracteriza por ser de incorporación de esfuerzos aislados y difusos. La segunda se denomina de integración, y supone la composición de aquellos esfuerzos no regularizados y pragmáticos, ahora con fines de coordinación. La tercera conforma la reinvención de aquellos usos mediante el análisis del qué, el cómo y el para qué. En términos de la evolución del concepto, para estos autores se encuentran tres enfoques prioritarios que ponen el énfasis en el desarrollo de la infraestructura tecnológica. El primero pone el acento en la infraestructura, entendida en términos de disponibilidad de dispositivos, red y conectividad. El segundo, en la capacitación, es decir, la alfabetización digital. Por último, el tercero se centra en el uso. Sobre este aspecto volveremos al final.

La educación digital

Si rastreamos los orígenes de la referencia a la educación digital, encontramos que aparece primeramente sometida a las reglas de la enseñanza con nuevas tecnologías.

Existe actualmente una gran disparidad acerca de qué experiencias incluir bajo esta acepción. Dicha dispersión alude no solamente a un problema etimológico y semiológico, sino también –y esto nos lleva a la segunda cuestión– a dificultades epistemológicas. Es que implican una multiplicidad de marcos teóricos y perspectivas de análisis (Mena, 2014).

Los rasgos que cada uno de estos marcos prioriza, los aspectos que cada uno pondera, aquellas cuestiones que se ponen en juego o dejan de estar bajo la lupa tendrán que ver con la intencionalidad de los autores, las necesidades en cada una de las épocas y los contextos en que se desenvuelven. Cada perspectiva teórica hará hincapié en algunas cuestiones que considera centrales, en un intento por comprender mejor la modalidad. Por ejemplo, algunos intentan caracterizarla destacando sus diferencias y similitudes con la Universidad tradicional. Esto lo podemos observar en la bibliografía, en los marcos regulatorios, etcétera. También se suele enfatizar o definir desde la organización institucional, desde los procesos didácticos o la comunicación. Entonces, nos encontramos con distintas formas de abordar lo digital.

Pero en la tarea de definir qué entendemos por Universidad digital resulta útil hablar y conocer sus características centrales y sus ventajas. Sobre ello existe, como dijimos, un consenso relativo. Fundamentalmente:

• Contribuye a un mayor acceso al aprendizaje y fomenta el aprendizaje permanente.

• Permite mayores posibilidades de compensación en términos de saberes y potencial de promoción de nuevos tipos de conocimiento.

• Favorece la capacidad de hacer el trabajo en equipo en grupos interactivos, a la vez que el acceso a las herramientas digitales les permite a los estudiantes y docentes gozar de cierta autonomía y personalizar su espacio de aprendizaje y enseñanza.

• Potencia el acceso a un volumen enorme de datos en línea.

• Alienta un mayor grado de interdisciplinariedad, ya que permite realizar diversos tipos de tratamiento de la información.

Desde el punto de vista institucional, resulta necesario que la Universidad tenga la capacidad de generar una comunicación bidireccional o multidireccional entre los actores del proceso de enseñanza y aprendizaje, y que esta comunicación sea pertinente y accesible a todos.

La elaboración de dispositivos materiales especiales para el desarrollo de la modalidad es crucial y no basta con tener la última tecnología si el universo al que nos dirigimos no la tiene a su alcance. La existencia de los dispositivos de apoyo al estudiante resulta imprescindible para que haya un acompañamiento permanente para facilitar su trabajo en la modalidad digital.

El aprendizaje

Este tema es, quizá, sobre el que más se ha trabajado y debatido. En general se puede plantear que los principales desafíos se encuentran en los siguientes aspectos.

La enseñanza bajo la modalidad digital se orienta a desarrollar procesos de construcción colectiva. Así, el conocimiento se construye socialmente a través de la interacción profesor-alumno, alumno-profesor y alumnos entre sí. La mediación principal se produce a través de tecnologías digitales y en general involucra recursos asociados.

A este aprendizaje colaborativo muy tempranamente –en los años noventa– se le reconocen ciertas ventajas, marcadas por sus exponentes principales tanto en Estados Unidos como en Europa. En lo que refiere al aprendizaje mediado por las tecnologías digitales, los aspectos reconocidamente más ventajosos son, según Frances (2009):

• Genera espacios de comunicación idóneos para el desarrollo de competencias tales como el pensamiento crítico, la capacidad de aprendizaje autónomo, la iniciativa, el trabajo en grupo y la responsabilidad individual.

• Promueve una nueva clase de alfabetización tecnológica del tipo crítica, colaborativa y creativa.

• Valora la contribución individual y es auspicioso en la capacidad de intervenir en la realidad a través de la emisión de juicios fundados, la de aplicar el conocimiento en la práctica, la de argumentación y comunicación de ideas.

• Pone de manifiesto la importancia de las interdependencias a través de la capacidad de comunicar y hacerse entender, la de colaborar y trabajar en equipo, y facilita al estudiante la regulación de su propio proceso de aprendizaje.

• Fomenta la autoevaluación.

En este sentido, incorporar a nuestras prácticas de enseñanza o pedagógicas las nuevas tecnologías digitales ofrece un reto y una oportunidad. El reto requiere inventar nuevos modos de mediación de las tecnologías en el aula que logren alterar las relaciones que se han constituido habitualmente, donde el docente expone, el estudiante escucha o atiende y el aula es el lugar o envoltorio que contiene el conocimiento. La oportunidad recae en potenciar su utilización en beneficio del aprendizaje, la búsqueda de conocimiento, el análisis de información y el acceso a nuevas formas de organizar el pensamiento.

Ese potencial pedagógico de la modalidad no reside en la tecnología; radica casi exclusivamente en las características de la propuesta educativa que la enmarca y la funda. La hipótesis que tenemos hasta aquí es que la eficacia de la propuesta no se halla en la tecnología digital, sino en la calidad de los entornos de enseñanza donde interviene.

De esta manera, se reemplazan los procesos basados en la transmisión lineal de información discreta y fragmentada en torno a una temática por otro que se orienta a generar capacidades para buscar, encontrar, seleccionar, analizar y procesar esa información, generalmente disponible en Internet así como en bibliotecas físicas y virtuales, para de esta forma generar un proceso de conocimiento propio y pertinente. Se trata, entonces, de desarrollar la capacidad de aprender a pensar de un modo metódico, crítico y creativo para encontrarse en condiciones de comprender y afrontar las nuevas situaciones que va generando un mundo en permanente transformación.

Asistimos también a un cambio tanto en los requerimientos de las nuevas formas del trabajo como en las expectativas, experiencias y predisposiciones del alumnado. Así, la formación de un capital intelectual en la sociedad del conocimiento exige pasar de la mera lectura de apuntes colgados en la red –e-reading– a un complejo entrenamiento digital –e-training– (Laviña Orueta y Mengual Pavón, 2008). Las aulas se han convertido en una emulación de los aspectos más ritualizados de la enseñanza tradicional, en meros repositorios de documentos. El cambio propuesto lleva a pensar en las palabras de Lugo (2015), quien afirma que “si se puede imprimir no es digital” (p. 48), y por tanto a pasar de las meras prácticas de lectura y escritura en línea a prácticas de aprendizaje y enseñanza centradas en el aprendizaje virtual –e-learning–.

Enunciado desde esta perspectiva, el proceso de enseñanza y aprendizaje virtual se encuentra orientado a la adquisición de una serie de competencias y destrezas por parte del estudiante, caracterizado por el uso de las tecnologías basadas en web, la secuenciación de unos contenidos estructurados según estrategias preestablecidas a la vez que flexibles, la interacción con la red de estudiantes y tutores y unos mecanismos adecuados de evaluación, tanto del aprendizaje resultante como de la intervención formativa en su conjunto, en un ambiente de trabajo colaborativo de presencialidad diferida en espacio y tiempo, y enriquecido por un conjunto de servicios de valor añadido que la tecnología puede aportar para lograr la máxima interacción, garantizando así la más alta calidad en el proceso de enseñanza-aprendizaje. (García y Peñalvo, 2008, p.39)

Este tipo de procesos demanda dispositivos de entrenamiento digital que se basan en “sumergir al estudiante en un entorno virtual, lo más semejante posible a la realidad, donde pueda practicar y aprender de la experiencia –obtener el conocimiento necesario– para poder llevar a cabo su trabajo en la vida real” (Laviña Orueta y Mengual Pavón, 2008, p. 27).

Otro elemento que la sociedad digital coloca en el centro de los procesos educativos es la necesidad de mantenerlos a lo largo de toda la vida, por lo cual es necesario pensar en estrategias que permitan ofrecer un proceso de formación continua a los egresados. Estos desafíos están lejos de circunscribirse a la educación virtual, a distancia o por Internet. Vienen a plantear la necesidad de revisar los procesos educativos en todas las modalidades y niveles de la educación superior.

Investigación

Para la investigación y la difusión del conocimiento, las herramientas digitales e Internet permiten una amplia democratización del acceso al conocimiento. Se han vencido los prejuicios sobre las publicaciones en la web y hoy todas las revistas científicas cuentan con una versión en línea. Sin embargo, resulta pertinente señalar que los procesos de legitimidad y reconocimiento académico siguen los criterios cientificistas y elitistas que los han caracterizado.(4)

En este punto se presentan dos tipos de problemas para las universidades latinoamericanas. Si, como se dijo, el conocimiento pasa a ser el centro del valor en la sociedad capitalista, es pertinente preguntarnos por el sentido que tiene para el desarrollo de nuestros países continuar con un esquema que lo entrega a publicaciones internacionales y en muchas ocasiones lo devuelve en forma de productos protegidos por patentes para ser comercializados en el continente. Las políticas de código abierto, de acceso libre, de publicación abierta y de adquisición libre a partir de repositorios y bibliotecas digitales ofrecen alternativas novedosas y más democráticas, aunque no resuelven el problema de la utilización del conocimiento para desarrollos tecnológicos de los países centrales. Se trata de encontrar un equilibrio entre la democratización del conocimiento y el desarrollo tecnológico de los países periféricos, lo que demanda una revisión de los criterios de legitimidad y reconocimiento científico.

Por otro lado, en las ciencias humanas, sociales y económicas –como partes de estas últimas–, así como en el arte, el carácter distribuido del conocimiento genera, como se dijo, un rico proceso de democratización, pero a la vez pone en tela de juicio tanto los criterios de verdad como el rol de los sujetos autorizados y reconocidos como productores de conocimiento (Dussel, 2010). En este aspecto, recordando el concentrado manejo de los procesos de información y comunicación en pocas y grandes corporaciones, creemos que la Universidad deberá tener un rol que permita legitimar frente al internauta incauto la solidez de ciertos conocimientos.(5)

Institucional, organizacional y político

Actualmente la tecnología digital forma parte indispensable de nuestra vida cotidiana, en nuestro tiempo de ocio y tiempo libre, los sistemas financieros, los circuitos comerciales, el mundo empresarial, los servicios administrativos y la gestión de los gobiernos, las industrias culturales y los canales de información, etcétera. Las universidades no escapan a este fenómeno que tiende a modificar los modelos institucionales, organizativos y políticos. Como toda organización, no funcionan de manera aislada o cerrada a la generación del conocimiento que ellas mismas producen para su propio consumo. Muy por el contrario, internamente producen un gran cúmulo de información, pero también flujos hacia las organizaciones de su entorno mediato y no tan mediato, pensando en un mundo globalizado.

La “tecnologización” de cada vez más y variados asuntos permite a la Universidad coordinar procesos de producción complejos, como son aquellos que intervienen en la generación de conocimiento. En este sentido, señalamos algunas cuestiones que Laviña Orueta y Mengual Pavón (2008) plantean para poner en marcha la incorporación de los dispositivos y procesos digitales en la gestión:

• Disponer de aplicaciones informáticas para los procesos de gestión universitaria.

• Agilizar y modernizar la atención a los usuarios con tecnologías propias de la administración electrónica.

• Disponer de la información institucional en soporte electrónico para facilitar su recogida, organización, almacenamiento y difusión.

• Realizar la gestión del conocimiento institucional basado en estadísticas, indicadores, cuadros de mando y análisis de datos.

• Disponer de políticas de comunicación y publicación de la información de modo de transparentar los procesos.

• Hacer de los medios digitales la principal vía de comunicación de la Universidad.

• Facilitar el acceso a herramientas de software libre y código abierto.

• Presentar una mayor transparencia y convertirse en una administración abierta y en línea.

En este sentido, podemos señalar el portal de transparencia de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) (6), que busca garantizar el efectivo ejercicio del derecho de acceso a la información pública promoviendo la participación de la ciudadanía y la transparencia como principios rectores para el gobierno universitario. En este sitio se presentan tanto datos requeridos por el Derecho de Acceso a la Información Pública (Ley 27.275 y su Decreto Reglamentario 203/17) como información sobre los recursos con los que cuenta la universidad y los principales resultados de sus acciones en términos de docencia, investigación, transferencia y extensión. Esto no solo facilita realizar un primer diagnóstico de situación de la UNQ, sino que permite el seguimiento y la evaluación de los resultados.

Otro aspecto importante a tener en cuenta es el uso de la información en la gestión del conocimiento por parte de los gestores de las universidades. Para ello, los macrodatos –big data– almacenados en los depósitos de datos –data warehouse–, así como los sistemas de ayuda a la toma de decisiones, resultarán imprescindibles (Laviña Orueta y Mengual Pavón, 2008).

Pero la incorporación de la tecnología en las universidades, que supone el ingreso en el mundo digital, es condición necesaria pero no suficiente, dado que por sí misma no resulta disruptiva de procesos y rutinas anclados en prácticas ritualizadas. En efecto, aunque gran cantidad de universidades tienen ya cierta presencia digital, empiezan a lanzar algunos contenidos en abierto o se declaran partidarias del software libre, la mayor parte de estas iniciativas son consideradas instrumentales. El verdadero desafío es poner en marcha un proceso de real transformación organizativa que vaya de la mano de otra gran transformación de índole cultural.

Uno de los principales desafíos es estimular el trabajo colaborativo, ya que favorece la búsqueda de soluciones a los problemas comunes y genera producción de conocimientos que tienden a reconfigurar estructuras, roles y funciones para adaptarse y trabajar en redes con actores internos o externos al sistema. A estos nuevos esquemas de organización les sigue una serie de valores que muchas veces se yuxtaponen a los tradicionales valores de la Universidad moderna, a saber: la transparencia, la apertura y el liderazgo (Freire y Schuch Brunet, 2010).

De esta manera, es central señalar que en los cambios sobre la cultura radica el mayor de los retos para enfrentar una verdadera inclusión digital y cerrar la brecha creciente que se manifiesta entre profesores y estudiantes y entre la institución universitaria y la sociedad.

Comunicación en la era digital: ¿cómo llegar a los estudiantes?

Internet, las plataformas digitales y las redes sociales merecen una consideración especial como instancias de comunicación e intercambio que favorecen la interacción y la participación de los interlocutores como receptores y emisores de los intercambios, sean estos virtuales o presenciales.

La comunicación digital tiene grandes ventajas y estas están relacionadas con las características de las mismas, pero también con el uso cultural que se les pueda dar a las herramientas digitales, impulsadas por la incorporación de instrumentos informáticos cada vez más sofisticados. Una de las herramientas clave son los sitios web o portales web. Para que la comunicación digital sea más asertiva, Pérez Gómez (2012) propone atender a algunas de las siguientes cuestiones:

La exigencia de los usuarios: será condición fundamental la capacidad de respuesta de los usuarios de Internet en relación tanto con las posibilidades de generar contenidos como con el alcance de sus mensajes. En efecto, los procesos de producción, difusión, recepción e intercambio de mensajes en estos contextos se convierten en interactivos, es decir, la comunicación digital tiende a reemplazar la comunicación cara a cara, por lo tanto, será muy importante atender al rol que desempeñan los usuarios en cuanto que receptores y emisores al mismo tiempo.

La calidad de la información: los usuarios tienen cada vez mayores habilidades para evaluar la información y los contenidos que consumen, por lo cual los procesos de selección de información, la manera de leer y la forma de comunicarse se han modificado. Esto implica pensar espacios de comunicación institucional donde tenga un lugar la escucha de las necesidades de los usuarios, debido a su creciente y cada vez mayor dinámica de participación en Internet.

La interactividad de los contenidos: atado a lo anterior, la comunicación digital posee un potencial aspecto democratizador debido a la posibilidad que tiene el usuario de conectarse con la información difundida pero también de exponer sus propias ideas. Esta cultura, caracterizada por lo abierto de la construcción de los mensajes y del acceso, requiere pensar procesos activos, que pueden ser generados a través de plataformas de uso de código abierto como el software libre.

La vigilancia y actualización permanente: la comunicación digital debe responder a la adaptación y ser un permanente centro de atracción para el usuario. Son perjudiciales tanto el exceso de información y contenidos como lo redundante y lo innecesario. Por ello, resulta ineludible que las universidades tengan un sitio web de interés para el usuario, y esto obliga a perfeccionar la agenda de contenidos pero también a realizar un producto muy estudiado basado en los intereses, búsquedas e indagaciones o consultas de aquel.

La inclusión digital

Se trata de uno de los principales desafíos para las universidades latinoamericanas. En efecto, reducir las desigualdades en el continente más desigual es una tarea amplia y que excede la función y capacidades de las universidades. Pero, dentro de sus posibilidades, deben orientarse en ese sentido.

Se puede afirmar que, generalmente, la mayoría de los jóvenes que asisten a la Universidad poseen un alto grado de alfabetización digital y acceso a la tecnología, particularmente a los celulares. Frente a este reto se pueden plantear algunos de los principales desafíos.

La expansión de las herramientas: la inclusión contempla las brechas entre las personas. Pese a la proliferación de la tecnología y los recursos digitales, el acceso sigue siendo desigual. Existen todavía grupos de estudiantes con estatus socioeconómico, cultura, etnia y género con desiguales condiciones materiales y simbólicas de acceso. Se trata de garantizar que todos puedan tener acceso a las herramientas con las que se opera en la sociedad digital.

La externalización de los usos: se trata de la generalización en todos los aspectos de nuestra vida de lo que se usa en el aprendizaje digital, ofreciendo experiencias de aprendizaje más auténticas, profundas y activas y una formación basada en el desarrollo de habilidades para desempeñarse en los distintos aspectos que ofrece la realidad de cada territorio.

La internalización o apropiación de las herramientas: tiene que ver con la cuestión de la calidad del uso de las herramientas. El concepto de apropiación tecnológica alude “a los procesos de interpretación y dotación de sentido implicados en las prácticas y representaciones que distintos actores construyen en torno a las Tecnologías de Información y Comunicación” (Larghi et al., 2011, p. 16). Las tecnologías digitales ya se usan en la vida cotidiana; ahora se exige un cambio cultural ubicándolas en el centro de los procesos de enseñanza y aprendizaje con fines didácticos.

La Universidad digital y el territorio

Lejos de pensar que la Universidad digital se elevará como un plato volador para incorporarse a la red de Internet y entonces se desligará de su entorno territorial, se trata de pensar un proceso en el que interpele, dialogue y se incorpore al entramado de actores locales en el desarrollo de la transformación que los propios territorios sufren. Lograr el empoderamiento endógeno y la inserción de un territorio en el mundo global demanda del trabajo conjunto de todos los actores, y hacerlo con inclusión y equidad es el desafío.

Las universidades deberán contribuir con el desarrollo económico y social a partir de su entrada en la era digital. Están llamadas a ser un actor dinamizador de la sociedad local promoviendo la incorporación de las herramientas digitales tanto en los distintos niveles del Estado como entre empresarios pymes y en las organizaciones sociales que actúan en el territorio. Se trata de una tarea modernizante desde lo tecnológico y transformadora de las prácticas culturales que se requieren para incorporarse a la sociedad digital.

La Universidad digital, además de ser un proyecto que brinda oportunidades a los estudiantes y la comunidad académica, se debe convertir en un actor dinamizador que contribuya a través de la producción de conocimientos –como siempre– y de los recursos de alta tecnología y alta calidad fundada en contenidos digitales a encontrar soluciones a los problemas que el Estado, el desarrollo económico y la sociedad en su conjunto le plantean. Para ello deberá incluir en el diseño de sus planeamientos estratégicos a distintos sectores económicos, sociales y culturales, a la vez que consolidar su presencia institucional en zonas clave para el desarrollo. Esta es la forma efectiva en que podrá aportar a las transformaciones necesarias en las diferentes áreas que requieren de la aplicación del conocimiento que produce.

Esto también le exige incentivar la transformación digital de su entorno, lo cual implica un cambio de paradigma, el abandono de viejas tecnologías, la adopción de nuevas perspectivas culturales y, finalmente, la incorporación, externalización y apropiación de las nuevas tecnologías.

***

El ingreso a la sociedad digital es un cambio estructural que, con mayor o menor velocidad y profundidad, afecta y modifica todos los aspectos de la vida social. América Latina se encuentra claramente involucrada en ello, y sus universidades están llamadas a un proceso de transformación que impacta sobre todas sus dimensiones. En efecto, desde las funciones sustantivas, como la enseñanza, la investigación y la extensión, a sus aspectos más institucionales, como el gobierno y su gestión, deben asumir el reto e incorporarse a la sociedad digital desde sus propias identidades y características.

Este proceso de cambio universitario tiene dos características centrales. Una de tipo tecnológico, por la cual es cada vez más necesaria la incorporación de las nuevas tecnologías en todos los aspectos de la vida universitaria. Es una cuestión que demanda orientar la inversión a la adquisición de hardware y el desarrollo de software a la vez que se requiere una mayor y más capacitada incorporación de personal en las áreas de desarrollo y soporte. La otra característica es de índole cultural. Como todo cambio cultural, llevará mayor tiempo, en el cual se irán abandonando las tareas simples y repetitivas y se valorizará más la capacidad de detectar y resolver problemas, la utilización de la innovación y la imaginación y el trabajo colaborativo y en red. Esto impactará tanto en la forma de gobierno y administración como en las funciones sustantivas antes señaladas. Aquellas universidades que más rápidamente se incorporen a este proceso serán las que mejor lo aprovechen.

Referencias

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Castells, M. (2000). La era de la información (vol. 3). Madrid, España: Alianza.

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Freire, J. y K. Schuch Brunet (2010). “Políticas y prácticas para la construcción de una universidad digital”. En: La Cuestión Universitaria, N° 6. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3840956.

Dussel, I. (2010). “Aprender y enseñar en la era digital”. En: I. Dussel y L. A. Quevedo (coords.), Actas del VI Foro Latinoamericano de Educación; Educación y nuevas tecnologías: los desafíos pedagógicos ante el mundo digital. Buenos Aires, Argentina: Santillana.

Laviña Orueta, J. y L. Mengual Pavón (coords.) (2008). Libro Blanco de la Universidad Digital 2010. Barcelona, España: Fundación Telefónica.

Lugo, M. T. (2015). Avances en la integración de las TIC en los sistemas educativos latinoamericanos. Recuperado de http://archivo.siteal.iipe.unesco.org/sites/default/files/siteal_dialogo_lugo.pdf.

Mena, M. (2014). “La Educación a Distancia: prejuicios y desafíos de la modalidad”. En: Virtualidad, Educación y Ciencia, 5(8). Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4905749.

Pérez Gómez, A. I. (2012). Educarse en la era digital. Madrid, España: Morata.

Salinas Ibáñez, J. y V. I. Marín (2018). “Las diferentes concepciones de la universidad digital en Iberoamérica”. En: RIED. Revista Iberoamericana de Educación a Distancia, 21(2). Recuperado de http://dx.doi.org/10.5944/ried.21.2.20653.

Notas

[1] La información es la base sobre la que se sustenta el conocimiento, pero en la literatura especializada se suele utilizar indistintamente.

[2] El desarrollo de la informática se puede plantear como un ejemplo de este proceso, ya que encontramos una gran cantidad de “idóneos” al frente de importantes proyectos mientras que los jóvenes que estudian estas carreras son rápidamente tentados por empresas para su incorporación.

[3] Nadie en su sano juicio pondría su salud, libertad y bienes en manos de quien no acredite los saberes necesarios.

[4] Siguiendo el modelo de las ciencias exactas y naturales, las principales revistas con referato a nivel internacional continúan siendo controladas por élites anónimas que demarcan el derrotero de la ciencia en publicaciones que suelen ser caras para los investigadores latinoamericanos, a lo que se suma que en ocasiones estos deben pagar para publicar.

[5] La llamada posverdad y las noticias falsas utilizadas con propósitos electorales deben ser tomadas como una advertencia de este proceso.

[6] http://gestioninformacion.unq.ed

 

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