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Maternidad andina

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Por Sandra Russo / LO FEMENINO EN MILAGRO / Milagro Sala no construyó en Jujuy un Estado paralelo, porque para la gente para la que ella trabaja nunca hubo Estado. En todo caso, lo que creó en su intento por reparar el obsceno desequilibrio en el que nacen millones de personas y sobre el que nadie repara fue una organización profundamente maternal, a la usanza andina. Una organización que el gobernador Gerardo Morales se propuso destruir, cuya líder no es una madre buena sino la madre subterránea...
LO FEMENINO EN MILAGRO / Milagro Sala no construyó en Jujuy un Estado paralelo, porque para la gente para la que ella trabaja nunca hubo Estado. En todo caso, lo que creó en su intento por reparar el obsceno desequilibrio en el que nacen millones de personas y sobre el que nadie repara fue una organización profundamente maternal, a la usanza andina. Una organización que el gobernador Gerardo Morales se propuso destruir, cuya líder no es una madre buena sino la madre subterránea sistemáticamente violentada que reclama en su propia lengua el equilibrio.

Por Sandra Russo
Periodista y escritora. Trabaja desde 1987 en el diario Página/12. Actualmente es columnista. Trabajó en radio y televisión hasta 2015. Como escritora, sus últimos libros son Lo Femenino (2016), Fuerza Propia. La Cámpora por dentro (2013), La Presidenta. Historia de una vida (2011) y Milagro Sala. Jallalla. La Tupac Amaru, utopía en construcción (2010).

Fotos: Sebastián Miquel

Lo femenino es ese neutro de la cultura y del lenguaje que pretende definir a una mujer. A lo largo de los siglos y en todas las latitudes, ese manto semántico siempre estuvo ahí, preexistiéndonos. ¿Qué es una mujer femenina? Si no es un equivalente, y no lo es, deviene entonces en lo que debe ser. ¿Qué es una mujer que no es femenina? Ha habido muchas respuestas: una mujer fálica, una mujer marimacho, una mujer masculina, en la que, según los nuevos discursos sociobiológicos, falta oxitocina y sobra testosterona.

La primera vez que vi a Milagro en su casa de Cuyaya se produjo el primer encontronazo con todo lo que yo alguna vez había pensado al respecto. Era la líder, la de la última palabra en una organización enorme integrada por hombres y mujeres atávicamente desconfiados que, sin embargo, la auraban con sus miradas agradecidas en las recorridas por el barrio y las fábricas, y, cuando era necesario, respondían a su fuerza, y hasta a su ira, cuando los convocaba a marchar o a levantarse de madrugada para ocupar con sus cuerpos terrenos que les habían sido cedidos y estaban siendo usurpados.

La vi ese día después de algunas horas de espera, porque ella estaba presionada por mi presencia y no quería hablar conmigo para el libro, Jallalla, que yo estaba empezando en ese viaje. Había llegado hasta allí convencida de que ella estaba de acuerdo, de otro modo no habría ido. En esas horas de malentendido me encontré en una casa llena de chicos menores de edad que bajaban las escaleras corriendo, jugaban con los perros, tocaban flautas dulces, cantaban a coro. Yo no sabía, todavía, que desde que tenía veintidós años y hasta entonces, que promediaba los cuarenta, Milagro no había dejado de adoptar niños, muchos niños. No sólo conducía una organización cuyo vértice de dedicación era la infancia, sino que en su vida personal, que no estaba dividida de la vida comunitaria, siempre había elegido ser madre con una obstinación en la que nunca se detuvo a pensar. Fue algo natural y que tenía que ver con su naturaleza. Con sus inclinaciones. No parir. Ser madre adoptante de chicos en situaciones domésticas complicadas, chicos con antecedentes penales, chicos que no eran formalmente adoptados porque seguían todos viendo a sus madres y padres biológicos, si los tenían, y cuando en alguna ocasión se decidía reunir a toda la familia, esa familia ampliada incluía a esos padres biológicos también.

Digo que esa primera vez fue rara porque ella, la líder, no quería hablar y dudaba en su cuarto, mientras en la terraza un grupo de hombres se dedicaba a protegerla y a darle su tiempo, estirándome las horas con conversaciones voluntariosas que, sin embargo, iban decayendo. Finalmente bajó y la vi. Estaba vestida como casi siempre entonces, con ropa grande, deportiva, el pelo corto y despeinado, la cara limpia, esos ojos por los que jamás pasó un delineador. Imaginar a Milagro maquillada causa risa. Sus rasgos provienen de linajes que persisten en algunos lugares del mundo fuera de la cultura de masas, que es la gran difusora de conceptos como lo femenino.



Después la conocí mejor y confirmé que ella, la que insuflaba la mística del trabajo a destajo en los demás, la primera en salir a juntar la basura después de cualquiera de los festejos de la organización en San Salvador, para retirarse exhaustos, rotos y orgullosos una vez que todo había quedado en su lugar, era el volcán del que salía la lava de la persistencia, pero que, a su vez, para mantenerse encendida, necesitaba esos otros momentos aseguradores de ternura y de confianza, de espacios y testigos, muy pocos, para dejarse ver flaquear y dejar salir sus penas existenciales. Y esos momentos estaban muy vinculados a su maternidad siempre extendida, siempre descomunal, siempre comunitaria. Ella y su esposo, Raúl, con el que se produjo uno de esos cruces sincrónicos del amor que salvan vidas, eran la madre y el padre en esa casa llena de ruido, sin intimidad, plagada de juguetes por el piso, atestada de problemas para resolver todos los días –el dentista de uno, los exámenes del otro, el reto pendiente o la charla a solas con alguno–. En esa tormenta de risas y gritos en la que miles de mujeres hubieran tenido un ataque de nervios, Milagro encontraba su equilibrio.

Hasta que llegué a Jujuy para empezar a escribir ese libro, yo no había tenido ninguna experiencia andina cercana. De hecho, mis primeras participaciones en las ofrendas a la Pachamama o a Inti se produjeron allí. Una madrugada, en la inauguración de la réplica del Templo de Kalasasaya de Tiahuanaco que los maestros mayores de obra de la Tupac habían ido a estudiar y medir para reproducir frente a los parques acuáticos de Alto Comedero, los hombres estaban a un lado de las escalinatas, las mujeres del otro. Las amautas preparaban el ritual, seguido por todo el barrio, que había pasado la noche en vela tomando chicha y comiendo. Cuando el rito comenzó, iban pasando un hombre y una mujer para hacer juntos su ofrenda. No se conocían o no estaban vinculados personalmente. La ceremonia estilizaba lo femenino y lo masculino, los conceptualizaba. Lo importante eran esas dos energías, esos dos poderes complementarios.

Su pasión por el fútbol, su manera de arengar, su tono de voz grave y su hablar simple, su negritud profunda, despiertan rechazo en un país sobrecargado de sufrimiento y en el que los grandes medios declaran su fascinación por la feminidad de la primera dama, esa que declaró que “le gusta ayudar” a los pobres “con los retazos que sobran, los que no sirven para nada”.

Acostumbrada a la cultura judeocristiana de la que provengo pero a la que no me sumo, contra la paz espiritual o la quietud mental que supuse me brindarían, estos ritos andinos a mí siempre me pegaron mal. Descomposturas, insomnios, sueños vívidos y dolorosos, momentos de una angustia extraña me asaltaron cada vez. Poco a poco fui comprendiendo que estaba internándome sin preparación ni entrenamiento en rituales de una cultura muy distinta a la que yo conocía, y dándole ofrendas a una Madre que no era la madre buena y virgen del cristianismo, sino más bien un enorme cuerpo y mente animal, mineral y vegetal, cuya exigencia no era la bondad, sino el equilibrio. Esto es lo que ha perdido ahora el mundo y lo que vienen a arrasar: el equilibrio natural de una región en la que viven culturas que no se diferencian de la naturaleza, que tienen, como expresó Rodolfo Kusch, un “domicilio existencial” en el paisaje, que son ellos mismos pero al mismo tiempo son sus cerros, su agua, sus bosques y sus ríos.

Algo de esa maternidad andina reconocí después en la de Milagro, porque no la ejercía desde la mueca tierna de embobamiento con el niño, sino desde la solidez de sostenerlo, de garantizarle seguridad, alimento, formación, abrigo, delicadezas como un cachorro nuevo o un curso de guitarra clásica. Y en su obra, en su organización, en lo que desde hace dieciocho meses el gobernador Gerardo Morales se ha propuesto destruir mientras intenta destruir psíquicamente a Milagro, también encontré esa impronta. Ese pulso maternal de la organización, esa veta femenina y feminista de la organización, que desde hacía ya entonces muchos años se ocupaba de la violencia de género y la castigaba. Cuando una mujer era golpeada por su compañero, un grupo de mujeres fornidas lo interceptaba, lo insultaba y a veces lo fajaba. En casos extremos, se lo expulsaba del barrio.

Entre las críticas que recibió siempre, primero durante largos años en Jujuy, y en los últimos años en los medios concentrados que diseminan y retroalimentan el sentido común que ellos mismos generan, muchas han apuntado a la feminidad de Milagro. Su pasión por el fútbol, su manera de arengar, su tono de voz grave y su hablar simple, su negritud profunda, hundida ancestralmente en sus rasgos, despiertan rechazo en un país sobrecargado de sufrimiento y en el que los grandes medios declaran su fascinación por la feminidad de la actual primera dama, esa que declaró que “le gusta ayudar” a los pobres “con los retazos que sobran, los que no sirven para nada”.

Si Milagro fuera pobre al estilo de Margarita Barrientos, cualquiera de sus rasgos sería estilizado. Pero, como sucede siempre en el patriarcado, el sexismo no condena a las mujeres en general, sino sólo a aquellas que atentan contra el alineamiento de una feminidad disciplinada en el brushing psíquico, en la aceptación de que sus intereses deben detenerse en el cuidado de su melena. Milagro cuidó chicos desde que tenía veinte años, siendo ella misma un bebé abandonado en una caja de cartón. Cuando a los catorce se enteró de que era hija adoptiva y no aceptó la mentira, se fue a la calle, y desde esa fragilidad inició el derrotero de una maternidad ampliada hasta lo multitudinario. Todo lo que hizo desde entonces, empezando por la creación de la Tupac Amaru, fue de algún modo un intento de reparar el brutal desequilibrio en el que nacen millones de personas y sobre el que nadie repara. Milagro no creó un Estado paralelo en Jujuy, porque para la gente para la que ella trabaja nunca hubo Estado. Lo que creó fue una organización profundamente maternal, a la usanza andina. Milagro no es una madre buena, sino la madre subterránea que es sistemáticamente violentada, un desprendimiento del mundo coya que ha preservado su esencia y sus saberes, y que reclama en su propia lengua el equilibrio.

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