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La restauración destructora

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Por G. De Santis / EL BLOQUE DOMINANTE CONTRA EL DESARROLLO / Los últimos doce años implicaron la reposición de las condiciones y herramientas necesarias para construir un país en serio, con los ladrillos imprescindibles de nuestro desarrollo: desde YPF hasta las políticas de inclusión. Sus detractores son los mismos que desde 1976 se dedican a voltear la pared.

EL BLOQUE DOMINANTE CONTRA EL DESARROLLO / Los últimos doce años significaron mucho más que la reversión de los indicadores que señalaban la inmensidad de la crisis socioeconómica que estalló en 2001: implicaron la reposición de las condiciones y herramientas necesarias para construir un país en serio, con los ladrillos imprescindibles de nuestro desarrollo, desde YPF hasta las políticas de inclusión. ¿Sus detractores? Los mismos que desde 1976 se dedican, sistemáticamente, a voltear la pared.

Por Gerardo De Santis
Economista. Director del Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación, FPyCS-UNLP.

Fotos: Sebastián Miquel

En 2002, Argentina atravesó la más profunda crisis económica y social de su historia. En mayo de ese año, la pobreza alcanzaba al 53% de su población, la desocupación al 21,5% y la informalidad laboral al 45%. Los datos son contundentes.

Es llamativo que varios sectores relativicen los logros en los indicadores sociales alcanzados para 2015 porque, sostienen, se está comparando con el peor momento de la historia. Pues la mejora va mucho más allá de la comparación estricta de los números, y es necesario realizar un análisis más profundo para evaluar esta última etapa.

Argentina fue, desde la unificación nacional (1862), un país agroexportador. Para esos tiempos tenía un rol en la división internacional del trabajo, en la que Inglaterra era el país industrial proveedor mundial y se abastecía de materias primas del resto del mundo.

Con el desarrollo de la Primera Guerra Mundial se da un primer impulso a la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI), dado que la industria de los países centrales estaba abocada a producir para el conflicto y, por lo tanto, el mercado interno de Argentina quedó desabastecido. Esto se profundizó con la crisis internacional de 1930 y con las políticas económicas aplicadas internamente desde 1946.

Por esos años, Argentina decide la creación de YPF, una empresa energética productora de insumos clave para cualquier país que intente un proceso de industrialización. Así, desde 1922, todos los argentinos ahorramos para financiar la inversión de Yacimientos Petrolíferos Fiscales durante setenta años. YPF se convirtió en la empresa más grande del país, integrada verticalmente, desde el yacimiento hasta el surtidor, con desarrollo tecnológico propio en sus laboratorios de investigación y con trabajadores calificados que fue formando a lo largo del tiempo.

Una empresa que provea gas a la industria y gasoil al sector agropecuario a precios accesibles es imprescindible para un país que intenta un proceso de desarrollo.

Al mismo tiempo, Argentina había avanzado en la construcción de su sistema educativo. Su inicio se remonta al período del modelo agroexportador y llevó la impronta sarmientina. Sarmiento trajo maestras de Estados Unidos para formar a las maestras argentinas. Soñaba con fundar cien Chivilcoy, esto es, ciudades con colonos propietarios (y no arrendatarios de grandes latifundistas), industriales y educación. Su modelo era Norteamérica, pero al bloque dominante de Argentina esto no le interesaba. Dicho sistema educativo fue adaptado con el peronismo y proliferaron las escuelas técnicas.

Un sistema educativo y la generación de mano de obra calificada es imprescindible para un país que pretende desarrollarse.



Al mismo tiempo, Argentina fue forjando un conjunto de organismos de ciencia y tecnología. Con la creación de las Universidades nacionales, durante el modelo agroexportador, y luego con la creación de Agua y Energía (AyE, 1947), la Comisión Nacional de Energía Atómica (CONEA, fundada en 1950), el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (CONITYC, 1951, refundado como CONICET en 1958), el Instituto Balseiro (1955) y los Institutos Nacionales de Tecnología Agropecuaria e Industrial (INTA, 1956, INTI, 1957). Institutos que sentaron las bases del período de mayores avances en el campo científico y tecnológico, como lo fue la década de los sesenta hasta que la Noche de los Bastones Largos originó un largo proceso de fuga de cerebros.

Un sistema científico y tecnológico nacional es imprescindible para un país que busca avanzar en el camino del desarrollo.

Al mismo tiempo, la sustitución de importaciones fue generando (en forma incompleta y con un alto grado de dependencia tecnológica) un entramado productivo donde surgían y se consolidaban empresas y se iban adquiriendo capacidades ingenieriles para el desarrollo de los procesos productivos. Si bien este entramado no logró desarrollar una industria de bienes de capital, la industria metalmecánica se fue complejizando, diversificando y avanzó sobre la estructura económica del país, logrando aumentar la exportación de bienes industriales a principios de 1970.

El resultado de la interacción de lo comentado anteriormente había provocado el surgimiento, la consolidación y la masificación de trabajadores calificados.

Un entramado productivo con aprendizajes resultantes de la ingeniería de reversa, que produce bienes manufactureros, es imprescindible para un país que apunta a un proceso de desarrollo autocentrado.

Al mismo tiempo, Argentina fue perfilando su sistema previsional, público, solidario y de reparto. Un sistema que garantizaba la cobertura universal, que todos los mayores de 65 años tuvieran su haber jubilatorio. Un instrumento que, acompañado con otras medidas, implicaba la inclusión social de prácticamente la totalidad de la población.

Políticas de inclusión son imprescindibles para un país que procura desarrollarse.

Argentina llegó a ser en los años setenta el país de América Latina más integrado productiva y socialmente, no sin desconocer los límites de una industrialización en la que el gran capital multinacional y local seguían conformando el bloque dominante. El país todavía era visto como una alternativa concreta de radicación para ciudadanos europeos y, claro está, latinoamericanos.

Frente a la conformación de una de las clases obreras más combativas y con conciencia de clase de la región, con capacidades para disputar el comando del proceso de desarrollo superando la dependencia a través de una vía de desarrollo que concilie diversificación productiva con patrones de consumo basado en bienes colectivos, en el año 1976 se abre un largo período de desmantelamiento de la clase obrera y de las capacidades acumuladas. De 1976 a 2001, la economía y la sociedad argentinas sufren un proceso de transformación tan profundo como regresivo que (lejos de traducirse en un proceso de destrucción creadora schumpeteriano) desmantelaría las capacidades adquiridas durante el período sustitutivo.

De 1976 a 2001, la economía y la sociedad argentinas sufren un proceso de transformación tan profundo como regresivo que desmantelaría las capacidades adquiridas durante el período sustitutivo.

La principal empresa del país en términos de capacidades productivas y tecnológicas, que era propiedad del Estado, fue endeudada durante la dictadura militar para financiar la tablita de Martínez de Hoz y luego, durante la década de los noventa, malvendida a un holding financiero con capacidades de refinación menores, de un país que hasta los años setenta fue tecnológicamente más retrasado que Argentina.

El sistema educativo fue desfinanciado (transferencia a las provincias) y “primarizado” con la reforma de los noventa y la creación de la EGB. Argentina copiaba el sistema educativo del mismo país que adquirió nuestra empresa petrolera (que había sido más atrasado durante todo el siglo XX como consecuencia de una dictadura infame), quizás adaptándolo a conveniencia de las editoriales de la “madre patria” para que pudieran duplicar sus clientes.

El sistema científico y tecnológico también se desfinanció y fue desmembrado, y el mensaje hacia los científicos, inequívoco: “que vayan a lavar los platos”. Se profundizaba así la diáspora de científicos hacia el mundo, seis años después de que un argentino obtuviera el premio Nobel por un desarrollo que sentaría las bases de la revolución biotecnológica de los años 2000 en el sector salud.

El entramado industrial fue destruido y se profundizó la concentración y extranjerización. Argentina subsidiaba (vía dólar barato financiado con endeudamiento) la industria del resto del mundo. Así se perdieron los saberes adquiridos por dos generaciones de ingenieros y trabajadores.

Respecto al sistema previsional, la “solución” fue privatizarlo con el objetivo declamado de generar un mercado de financiamiento de largo plazo. Los aportes de los trabajadores fueron desviados a las AFJP y los patronales reducidos, y el costo fiscal quedó exclusivamente para el Estado (quien tenía que seguir pagando las jubilaciones) y la sociedad en su conjunto. Generaron diez empresas que se quedaban con el 35% de los aportes de los trabajadores y con la diferencia, entre otras cosas, financiaban multinacionales. El resto se lo prestaban al Estado. Dicho de otra manera, el Estado tenía que pedir prestado el dinero que había sido de su propiedad, pagando cada vez más altas tasas de interés.

Por último, hay que marcar que este cambio estructural regresivo se logró aceitadamente, con el “lubricante” del endeudamiento. La deuda pública (interna y externa) pasó del 28,7% del PBI en 1976 al 149,4% en 2002.

En los últimos doce años (2003-2015) se ha tratado de revertir ese proceso y se ha avanzado en su recuperación, con marchas y contramarchas, aciertos y errores propios de un perfil de inserción internacional aún sesgado por los límites de la dependencia tecnológica y el carácter subordinado de los empresarios locales, pero en el sentido de crear las condiciones de base para un país que pretende desarrollarse.

Todos sabemos que levantar una pared lleva más tiempo que voltearla; pero, si además te sacaron la cuchara, el balde, la plomada, el fratacho, los andamios, el saber del empresario constructor y del oficial albañil...

Ante la “Restauración conservadora”, son tiempos de redoblar los esfuerzos para evitar una nueva destrucción y tener que volver a construir.


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