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ISSN: 2314-1131


Editorial - Número 5

| revistamaíz.com.ar
Por Florencia Saintout /
Directora /

Los procesos de transformación en América
Latina son atacados hoy con las maquinarias más
sofisticadas de producción cultural: los medios de
comunicación.
Durante las dictaduras primero y luego durante el
neoliberalismo, los medios fueron consolidando su
lugar como productores de subjetividad y ordenadores
sociales. Así, cuando llegaron presidentes del sur,
presidentes mestizos e indios, presidentas mujeres,
que respondieron a sus pueblos, aquellos ya estaban
dispuestos y armados para enfrentar la voluntad popular.

La estructura actual de los grandes medios se fundó
en nuestro país al calor del terrorismo de Estado, el
cual le dio un orden legal (el Decreto reglamentario de
la Ley de Radiodifusión 22.285 firmado, entre otros, por
Videla, Harguindeguy y Martínez de Hoz) asumiendo
como plataforma la Doctrina de la Seguridad Nacional.
Pero además se sustentó sobre un orden cultural que
aceptaba no sólo la posibilidad de censura y ocultamiento
de información, sino también la mentira y la rapiña.
En los noventa, ese sistema legal se perfeccionó
habilitando la hiperconcentración a través de la
modificación del artículo 45º de la Ley de Radiodifusión.
Los medios entonces se abocaron a la construcción y
consolidación de unos públicos (pues no se construyen
medios ni discursos sin construir a la vez públicos
que puedan escuchar, ver, sentir como verdadero lo
que allí circula) y una cultura, un sentido común que
comprendió, al menos, las siguientes pedagogías:
- La pedagogía del vacío social. La idea de que lo único
que existe son los medios. Nada es cierto por fuera de lo
presentado desde sus pantallas y portadas como una
única, transparente e inmutable realidad. Nada que no
sean las pretendidas verdades (in)formadas desde allí. La
cultura del vacío social sostiene, además, la afirmación
sobre la demonización de todo aquello que esboce
ocuparlo: la política, los políticos, los movimientos sociales.
- La pedagogía del castigo ante los excesos. Esa
enseñanza (condición a la vez que consecuencia del
ajuste) por medio de la cual el sueño de otro mundo, de
otros órdenes sociales más inclusivos e igualitarios,
pasa a aprehenderse como un exceso que siempre se
paga caro, y según la cual los números sólo pueden
cerrar con los otros (aquellos cuyas vidas no valen la
pena de ser lloradas) afuera.
- La pedagogía de la crueldad. A través de los medios se
codificaron los procesos de estigmatización del otro, de
aquel a quien se presenta como un residuo susceptible
de volverse objeto de una mirada rapiñadora (desde el
delincuente, el villero, los menores o los jóvenes, pasando
por los bolitas o los paraguas y los que no trabajan porque
no quieren, hasta las prostitutas, los travas y las mujeres
que algo habrán hecho para ser asesinadas o violadas),
como incitador de la violencia, mientras se la legitima a
través de la espectacularización de la noticia anulando la
posibilidad de empatía.
- La pedagogía de la vergüenza. Nos enseñaron a
tener vergüenza de ser todo lo que éramos. Vergüenza
de ser más gordos o más flacos, de ser negros, de
saberse A desalambrar o la marcha, de ser sudaca
y latinoamericano, de acostarse tarde o demasiado
temprano. De estar desordenado con respecto a un
orden biopolítico de mercado.
- La pedagogía del miedo. Usaron la gestión del temor y
la esperanza como armas de disciplinamiento y control
social. La producción y el uso, por ejemplo, del temor a
la muerte (a la inseguridad) o al caos y la inestabilidad
(a la hiperinflación), y el trabajo sobre la esperanza
de seguridad, orden y justicia, como herramientas
para intentar construir consensos en torno a políticas
represivas y excluyentes.

Otro tiempo

En su última visita a La Plata, Evo Morales contó su
primer encuentro con Fidel Castro.
Dijo Evo: “Pasaban las horas y Fidel hablaba de política,
de relaciones entre países, de la vida. Pasaban las horas
y Fidel no decía nada de cómo tomar las armas y hacer la
revolución en Bolivia. Hasta que me puse impaciente y le
pregunté: ¿dónde hay que adquirir las armas para hacer
la revolución? Y Fidel, entonces, respondió: Evo, ahora
las revoluciones son sin armas, son como en Venezuela,
con democracia, con el voto del pueblo”.
Es eso lo que hemos venido haciendo en nuestra
región en los últimos años: revoluciones con gobiernos
populares, elegidos democráticamente. Con las reglas
de las democracias liberales occidentales hemos
construido nuestros propios modelos de democracias,
con justicia social, independencia económica, soberanía
política, memoria y verdad. Democracias en las que
las diferencias se fundan sobre la igualdad. Porque
sin igualdad no hay reales diferencias. Sin igualdad, no
hay democracia. Pero igualdad sin libertades no es una
opción para América Latina.
Por eso los golpes.
Las primeras victorias populares electorales tomaron
por sorpresa a las derechas en toda la región. Pocas
veces en la historia los gobiernos fueron atacados tan
sistemáticamente como en estos años: macaco mal
parido por las llamas; hay que matar al presidente;
yegua; la batalla final será en Miraflores.
Sin embargo, estas derechas advirtieron con
rapidez que tenían a mano los medios de comunicación
amasados durante años para enfrentar los nuevos
procesos populares.
Entonces los usaron y los usan para dar golpes a
un rumbo a través del cual, con el voto universal, las
mayorías gobiernan para las mayorías. La derecha
no está dispuesta a regalar la democracia, y después
de algunos años por primera vez empieza a llegar al
gobierno a través de elecciones. Por supuesto que
la única razón de que esto suceda no son los medios.
Pero hay que entender que los medios son y han sido su
mejor herramienta para manipular los pasajes entre
las experiencias pueblo/público/masa/consumidor.
Pasajes que nunca son lineales, pero que hablan de
las mayores o menores capacidades de los medios de
construir sentido común y subjetividad.
Por esta razón, para ampliar las posibilidades de las
democracias, no sólo es imprescindible hacer efectiva
una redistribución de la propiedad de los medios
impidiendo la hiperconcentración (que, según la propia
Corte Suprema de Justicia argentina, es la que atenta
contra la libertad de expresión), sino que además son
necesarios los ejercicios de crítica y denuncia de lo
que los medios dicen/hacen, de su poder simbólico,
como también la habilitación de otros lenguajes y otros
contenidos para la comunicación.
En otras palabras (o en nuestros propios términos):
parte importantísima de las posibilidades de
emancipación de nuestros pueblos se sigue jugando en
la capacidad que tengamos de construir otras culturas,
otros sentidos comunes y otros públicos.
En este número de maíz, con el foco puesto sobre los
medios concentrados en tanto instituciones desde las
cuales se ha golpeado y se golpea la voluntad popular
emancipatoria, intentamos seguir denunciando
mientras vamos construyendo.

 

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Maiz es una publicación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.


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