Dirección Diagonal 113 y 63, Nº 291. La Plata, Pcia. de Bs. As.

Teléfonos 0221- 4223770 / 4250133 (interno 161)

Correo maiz@perio.unlp.edu.ar

ISSN: 2314-1131


Editorial - Número 8

| revistamaíz.com.ar
Por Florencia Saintout

Por Florencia Saintout
Directora revista Maiz.

En este tiempo en el que el enemigo acecha, las mujeres nos encontramos una vez más en la primera línea de batalla.

Sabemos que la reacción de la derecha racista, misógina y clasista que hoy gobierna en varios países de nuestra América Latina es una respuesta a lo que hemos sido capaces de hacer. En los casos de Argentina y Brasil les resulta aún más incómodo, pues les parece imperdonable que una mujer haya conducido esos procesos.

Justamente, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo mención a la violencia que vivió, en una intervención reciente ante el Parlamento Europeo: “Yo nunca vi que […] se tratara a un presidente como se trató a esta presidenta en la República Argentina. Si me decís que pienso que es únicamente por nuestra tarea en los derechos humanos, creo que no. Si me decís que creo que es únicamente por nuestra avanzada en recuperar instrumentos como la energía, como Aerolíneas Argentinas o como el agua, tampoco. Creo que parte de la inmensa violencia que se ejerció sobre mi persona cuando era magistrada y que aún hoy se sigue ejerciendo es por mi carácter de mujer […] No se perdona que una mujer haya hecho lo que hizo”.

Del mismo modo, en la conferencia que brindó en su última visita a nuestro país, Dilma Rousseff habló del golpe a su gobierno como un movimiento que tuvo por objetivo principal frenar un proceso de transformación e inclusión social y cambiar el rumbo de la economía, pero que también se funda en otro motivo: “Es obvio que el golpe tiene una gramática misógina, machista […] Las mujeres que llegan al poder saben de eso. Esa gramática se caracteriza por el uso de un lenguaje: la mujer es dura, el hombre es fuerte; la mujer es frágil emocionalmente, el hombre es sensible; la mujer es una trabajadora compulsiva, excesiva, el hombre no: es un trabajador emprendedor y creativo. Además del uso de palabras de baja calaña para expresar todo el preconcepto sexual que existe en nuestras sociedades”.

Cristina y Dilma. Dos mujeres que alcanzaron el máximo cargo del poder político, a las que no se les perdona que, además de haber accedido a ese espacio que se pretende una propiedad más de los hombres, hayan sido reelectas, una con el 54% de los votos, la otra con los votos de más de 54 millones de brasileras y brasileros. Pero, sobre todo, que siendo mujeres hayan concretado proyectos democráticos, nacionales, populares y latinoamericanistas, fundados en la equidad y la justicia social, lo que incluye –claro está– haber tenido la osadía y el coraje de enfrentarse a poderes económicos, mediáticos y judiciales infernales.

Esos proyectos basados en una política inclusiva, igualitaria y soberana, abrazaron a los más vulnerables y como parte insoslayable de ellos, por supuesto, a las mujeres. En Argentina, políticas que fueron desde la ley de trabajadoras de casas particulares, pasando por las distintas asignaciones (por hijo, por embarazo, familiares), hasta la jubilación para “amas de casa”, transformaron la realidad efectiva de miles y redujeron de forma notoria la brecha de desigualdad entre varones y mujeres. A su vez, en Brasil, programas tales como el “Bolsa Família”, el “Minha Casa, Minha Vida” y el PRONATEC, o modificaciones normativas como la que implicó el reconocimiento de los derechos laborales de las empleadas domésticas, constituyeron una dimensión fundamental de un proyecto que, en un país en el que los pobres son principalmente la población negra y la femenina, sacó a 40 millones de la pobreza. En ambos países, además, no fueron pocas las que, de la mano del aumento de la participación de las mujeres en la política, pasaron a ocupar cargos clave, y no casualmente fue entonces que se produjeron avances sustanciales en materia de género y derechos humanos: desde el programa “Mulher viver sem violência” en Brasil, hasta las leyes de identidad de género y de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en Argentina.

Al igual que Evita, tanto Cristina como Dilma estuvieron siempre del lado de los humildes. Y por eso fueron, y son, objeto de una violencia inusitada jamás dirigida hacia un hombre. Porque los patriarcas no toleran a una mujer cuyos intereses no se limitan a peinarse, vestirse y maquillarse. O mejor: no toleran que haya mujeres que tengan convicciones en vez de intereses (esos tan propios del capital), y que se atrevan a tomar decisiones que favorezcan y garanticen los derechos de las mayorías. De allí la condena, la pretensión de castigo, cristalizada en los insultos, el hostigamiento y cada una de las expresiones sexistas dirigidas hacia ellas, que presentan, además, a quienes no se disciplinan, a quienes les resultan incontrolables, como mujeres descontroladas (que no es lo mismo).
Todo ello no es otra cosa que el reflejo en el espejo de la vergüenza que significan estos hombres blancos, ricos y violentos que hoy gobiernan. Hombres que sólo pueden ser dueños de todas las cosas (incluidas las mujeres, así concebidas), porque temen al pueblo, porque les da asco la política, y entonces sólo les queda buscar restablecer un “orden” que los coloca en el lugar de patrones de los que pretenden sus subordinados, por los medios que fuere. Por eso, el gobernador Morales no duda en mantener encarcelada, arbitraria e ilegalmente, a una luchadora popular como Milagro Sala. Por eso es capaz de decir: “No voy a liberar a esa mujer”. Como el Coronel que dice “es mía”, simplemente, “esa mujer es mía”, el que la enterró “parada como Facundo, porque era un macho”, el que está acostumbrado a ver mujeres desnudas y hombres muertos en un país cubierto de basura, en el que “uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos hasta el cogote”, el mismo que, a pesar de esa costumbre, sin embargo teme ante esa mujer desnuda que, aun muerta, estaba “igualita”, tanto que, incluso, hasta “parecía que iba a hablar…”.

Todos hombres muertos de espanto ante mujeres que en el poder o fuera de él siguen estando igualitas, como Evita. Porque los que sólo pueden erigirse en patrones gracias al poder del dinero no comprenden que quienes desde su encuentro con el sufrimiento del otro lo acompañan a concretar sus sueños, construyen una experiencia colectiva irreversible: un pueblo que sale de la miseria, al que se le reconocen sus derechos y sus dolores, es también un pueblo que puede empezar a contar su historia, a construir una experiencia que entonces ya no se pierde, a cantar sus verdades y transformar sus sufrimientos y sus derrotas en victorias. A tener heroínas y a continuar una lucha que ya no se percibe como separada de las anteriores.

Heroínas como nuestras Madres y Abuelas. Mujeres que hace cuarenta años que no se callan, y que, por eso también, desde hace diecinueve meses son objeto de persecución y de amenazas por parte de estos sujetos que han venido a abrir las heridas del odio y la desmemoria, a instalar tiempos de oprobio, de ignominia y de profundo dolor. Mujeres con las que caminamos los senderos infatigables de la verdad y la justicia y que a lo largo de cuatro décadas nos han permitido mantener viva la esperanza de la emancipación, porque nos enseñaron que la suya no es otra que una lucha contra toda opresión y que la peor violación a los derechos humanos, el peor de los crímenes, es el de la miseria planificada.

Ese crimen, el de la política económica que hoy vuelve a castigar a millones, es inseparable del que cada dieciocho horas se comete contra una mujer en la Argentina. No es casual que ni aquí ni en el resto de Latinoamérica la llegada al poder, por los votos o sin ellos, de los gobiernos de la timba financiera y el desprecio de las mayorías haya implicado una mayor violencia y degradación para las mujeres. Ocurre que el patriarcado es la columna vertebral de sus políticas neoliberales y que la instalación de éstas no supone sólo los ataques a mujeres como Cristina y Dilma, como Milagro y como nuestras Madres y Abuelas, ni tampoco la mera exaltación de un modelo de mujer como las primeras damas argentina y brasilera. Significa la imposición de un modelo económico excluyente y dependiente que, como siempre, afecta a los más desprotegidos, y en especial a las mujeres, quienes nuevamente ven crecer la brecha de desigualdad con los varones, vuelven a ser trabajadoras informales y presas de la falta de autonomía económica y de las tareas de cuidado gratuitas, entre otras tantas cosas.
Aunque así nos lo quieran hacer creer, no hay posibilidad de feminismo neutral: la igualdad de género sólo es posible en el marco de un proyecto que apunte a la justicia social y la garantía de los derechos humanos fundamentales.

Por eso, una vez más, acá estamos las mujeres levantando las banderas de la igualdad y la libertad, oponiéndonos con fiereza a lo que se nos marca como destino inapelable: ser esclavas, vivir al servicio del otro, perder la posibilidad de enunciar la palabra, confinarnos al mundo privado y no ser dueñas ni de nuestras propias vidas.

Acá estamos, como también estuvieron Juana Azurduy, Manuela Sanz, Bartolina Sisa, Berta Cáceres y tantas otras, para entregarlo todo (no lo que nos sobra o los restos, sino todo) en la tarea de la multiplicación y la organización de un feminismo popular y plural, que, como este número de maíz, apueste a transformar la bronca y el dolor en acción política revolucionaria. Porque las mujeres no sólo nos queremos vivas. Sin duda, no queremos ni una mujer más asesinada. Pero, además, nos queremos con trabajo, con acceso a la salud, a la educación, a una justicia no misógina, y con pleno derecho a ejercer cada una de nuestras libertades.

Artículo Leer en pantalla / Descargar

 

| revistamaiz.com.ar |
Maiz es una publicación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.