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¿A qué te podés acostumbrar?

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Por Daniela Godoy / VIOLENCIA Y RESPONSABILIDAD MEDIÁTICA / Los medios de comunicación son productores privilegiados de representaciones colectivas, y, en tanto tales, tienen una responsabilidad ineludible en la construcción de las condiciones de posibilidad de un orden social en el que cada dieciocho horas un hijo sano del patriarcado mata lo que considera su propiedad: esos sentidos definen lo que resulta tolerable...
VIOLENCIA Y RESPONSABILIDAD MEDIÁTICA / Los medios de comunicación son productores privilegiados de representaciones colectivas, y, en tanto tales, tienen una responsabilidad ineludible en la construcción de las condiciones de posibilidad de un orden social en el que cada dieciocho horas un hijo sano del patriarcado mata lo que considera su propiedad: esos sentidos definen lo que resulta tolerable, y se materializan en cada manifestación de violencia y en las prácticas de quienes tienen la obligación de prevenirla y erradicarla. Entre los crímenes de Micaela y Araceli y la celebración de los “piropos” del actual mandatario argentino, que sostiene que “no” quiere decir “sí”, la conformación de la trama invisible que sustenta la trama visible de cada nuevo feminicidio.

Por Daniela Godoy
Periodista. Docente e investigadora del Instituto de Filosofía, FFyL-UBA. Militante feminista. Coordinadora de Capacitación del Programa Contra la Violencia de Género de la UNSAM.

Fotos: Sebastián Miquel

Que no nos acostumbremos, por favor, a esto. Que la mezcla de ira, dolor y tristeza nos mueva para reaccionar, para actuar, para responder. Que no haya quien se resigne, jamás, a que seamos víctimas. Que podamos parar esta violencia, prevenirla, verla venir en todas sus manifestaciones, como las del zócalo de la pantalla de la tele o el perverso juicio del escriba sobre los gustos o la vestimenta de la joven de la que se ocupan cuando ya no está, o cuando la buscan angustiosamente los familiares, los vecinos y vecinas del barrio mientras la policía mira para otro lado, como lo hizo con Araceli Fulles y con tantas otras que no pueden reducirse a estadísticas o al show carroñero de los medios. Que resulte intolerable de una vez y para siempre que seamos convertidas por obra y gracia de la más impiadosa violencia mediática en mercancía de consumo aun después de haber sido asesinadas.

“Apareció muerta”, dicen, en lugar de “fue asesinada”. Aparecer como si de un fantasma se tratara, para que sea posible ocultar con el efectismo la vía libre sociocultural con la que actúan los feminicidas, habilitados para golpear, violar, descuartizar, quemar y enterrar cuerpos que todavía para muchos no alcanzan el reconocimiento pleno de ser humano. Hasta esas profundidades se hunden las causas de esta violencia con la que se lucra aun en los momentos más sensibles de la conmoción y con la que se violenta al ritmo del rating televisivo el duelo de quienes la querían y la lloran, y de quienes sin tal vez haberla abrazado nunca anduvieron con su foto preguntando ¿la viste?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿con quién?, en las calles, en las marchas, en un muro de Facebook o en un tweet. Vértigo que también nos confunde y nos arrasa a quienes intentamos seguir pensando desde el dolor que nos provoca que esto se haya vuelto una costumbre nefasta.

Un canal de noticias hasta se animó a meter un dron en el lugar donde hacían la autopsia de la joven a la que nunca le dieron lugar en la pantalla. “La Negra”, como la llamaban a Araceli sus seres queridos, probablemente no les servía para sacar partido de una militancia política a la que se busca demonizar, como lo intentaron con Micaela García. O tal vez era, simplemente, una cuestión de lisa y brutal discriminación. Porque para los buitres mediáticos Araceli era una piba del conurbano bonaerense, de esas que no son visibles vivas y perdidas, sino cuando se convierten en cadáver. Porque es el cadáver el que es valioso para esa lógica, y no la historia trunca, los sueños pendientes, las experiencias penosas, las ilusiones y los proyectos. El cadáver “mide”, y sabemos cuánto. Por eso los drones de los medios lo invaden todo sin pudor. Son el aporte tecnológico al servicio del circo que arman, la base en que se sostiene la distancia entre el periodista que se encuentra en el piso del canal y una escena que, de lo contrario, quizás lo superaría. Luego esos medios hacen hasta un juego de coincidencias entre los casos de quienes, dicen, así, textual, “tuvieron la misma desdicha de ser víctimas de feminicidio”.

Eso, que continúen llamando “desdicha” a lo que no lo es, a lo que sabemos que no es ninguna desgracia, ni un producto del azar ni un acontecimiento inesperado, debe ser denunciado sin pausa. Porque lo que las coberturas mediáticas ocultan y reproducen sin cesar cuando niegan las causales complejas, aunque no misteriosas, de las diferentes violencias que se ejercen contra las mujeres (no sólo del feminicidio) son ni más ni menos que sus condiciones de posibilidad. El hecho de que la violencia extrema que le cuesta la vida a quienes constantemente son objeto de desvalorización y reducidas a cosas, a quienes son sistemáticamente desoídas cuando denuncian amenazas o golpes en comisarías u oficinas estatales, a quienes son blanco permanente de ataques verbales y maltratos desde en esos mismos medios hasta en los hospitales, a quienes, como Belén en Tucumán, presa durante trescientos días, son condenadas y denunciadas por delitos inexistentes antes que atendidas, protegidas o defendidas, es una consecuencia de múltiples causas, perversamente cotidianas y naturalizadas, y, como tales, poco cuestionadas.



Belén había sufrido un aborto espontáneo en un hospital y no sabía que estaba embarazada. Con una causa armada y sin más pruebas que la profunda misoginia y voluntad de disciplinamiento para las mujeres pobres, profesionales de la salud, del derecho y policías la victimizaron, armados de una concepción ideológica que castiga al tiempo que avala el incumplimiento de la educación sexual integral, vulnera el derecho a la salud, incumple la ley de salud sexual y procreación responsable y la de protección integral contra la violencia, y desoye lo dictaminado por la Corte acerca de los abortos no punibles, en vigencia. Claro que hay, además, una cadena de victimizaciones previas, y por eso, ante un aborto espontáneo, la sed sacrificial de mujeres vulnerables no puede detenerse y falsifica un aborto inducido para condenarla. Condenarla a la privación de sus derechos. Belén, medio para la intimidación de otras miles, seguiría tras las rejas de no haber contado con la asistencia legal de una feminista y el apoyo del movimiento de mujeres. ¿Cuántas Belén habrán dejado de concurrir desde entonces al hospital y habrán muerto sin quedar siquiera registradas en una estadística?

Daniela Rutherford había denunciado por amenazas a su pareja, Alan Viale –hijo de un ex agente de la Side muerto en un episodio poco claro–, quien acaba de ser condenado por las amenazas de muerte que ella denunció oportunamente, pero no por haberlas concretado. Todavía no se ha hecho justicia tras el crimen, como no se hizo justicia ni se escuchó a Daniela meses antes de que Viale la degollara. Cuando recurrió al Estado para pedir ayuda porque él le avisó que la mataría, ¿quién estuvo ahí para oírla? ¿Adónde fueron a parar esos registros y quiénes son responsables de ese abandono?

Tal vez deberíamos preguntarnos cuál es la percepción que una sociedad macha, blanca y heterosexual tiene de las mujeres. Porque pensar en cómo se las construye, cómo se las considera, a través de qué marcos y valorizaciones incrustadas en el imaginario cultural, es clave para comprender cómo se las trata. Vivas, y también… muertas.

Adentrándonos en el dispositivo mediático, tenemos la sensación nauseabunda de constatar cómo se puede ser explotada al máximo, sin dejar siquiera respiro para el duelo. Cacho de carne como mercancía, ya sea vendiendo un auto o como estrella de la cobertura de tu propio feminicidio. De esa redoblada victimización son responsables los medios.
Las movilizaciones contra la violencia de género son visualizadas por algunos “expertos” como ¡un motivo! para los feminicidios, por su propio carácter de… ¡feministas! El artículo de Noticias –la revista de las tapas misóginas contra la entonces Presidenta de la Nación que apelaron a la sexualidad para atacarla políticamente– titula con un interrogante: “¿El #NiUnaMenos provoca el efecto contagio no deseado?”. Psiquiatras forenses analizan entonces el “efecto dominó” de las conductas de feminicidas. Hugo Marietan afirma que “lo que convierte en contraproducente al reclamo de #NiUnaMenos es la postura feminista en un medio que aún no está preparado para ese tipo de cambio. El postulado ultraradical es antimasculino y eso hace que las mujeres se hagan más rebeldes”. Las encendidas respuestas a este mismo “experto” cuando llamó “víctimas propiciatorias” a Marina Menegazzo y María José Coni, asesinadas durante sus vacaciones en Ecuador, visibilizaron ese machismo al cuadrado que endilga la culpa a las víctimas de la violencia. El presupuesto de que no podemos, con autonomía, salir en compañía de una amiga, ni solas (léase: sin un hombre), porque entonces nos ponemos voluntariamente a merced de los impulsos asesinos de cualquier tipo, es una feroz aceptación de la negación de nuestra libertad por ser mujeres.

En la misma nota de Noticias, Enrique De Rosa parece matizar la postura sexista: “Las marchas hacen que las víctimas se sientan protegidas, bajan la guardia y enfrentan al victimario. Eso estaría bien si tuvieran la contención del Estado”. Ahora, suponiendo que fuera así, ante la ausencia de contención del Estado, ¿la salida es disciplinarnos en el silencio?
Resulta curioso (o no) que la crítica a las prácticas de todos aquellos que, desde su lugar en las instituciones y en los medios de comunicación, tienen alguna responsabilidad en esa contención brille por su ausencia. Lo fundamental es sustituido por la opinión de la autoridad desde el “saber” para descalificar las movilizaciones que denuncian que los violentos son hijos sanos del patriarcado y no loquitos aislados. Un abordaje de las conductas punibles tipificadas en el Código Penal es sólo una parte de la problemática que debe tenerse en cuenta para juzgar el estado de indefensión de las mujeres cuando no alcanzan el estatus de sujeto frente a médicos, jueces, policías, periodistas, etcétera, y, claro, también frente a esos novios o parejas que un día sufren una “emoción violenta” y matan lo que consideran su propiedad. Si ahora ellos son aludidos, es el resultado de la larga marcha feminista. Pero entonces, nuevamente, son señalados mediática y socialmente como “chacales”, “bestias”, “animales” o “enfermos mentales”. Lo que provee un marco que atiende a las relaciones desiguales de poder entre los géneros permite inscribir un accionar individual en la serie de atropellos tolerados y permitidos, porque no son considerados como tales. Esos atropellos naturalizados nos acompañan desde la socialización diferencial respecto de los varones, aparecen como “lo normal”. Desde la salita del jardín, con los rinconcitos separados para nenas y nenes. Así se sostienen exclusiones diversas, imposiciones de roles y de trabajos forzados, y también una situación en la cual las cosas pueden terminar de la peor manera: con el feminicidio. Final de un recorrido. ¿A quién le importa lo que sucedió antes?



A Araceli Fulles, denunció su familia, no se la buscó con la ayuda de la Procuraduría Especializada en Trata de Personas, y la fiscal interviniente no cambió la carátula de “averiguación de paradero”: la presuposición de que Araceli podría haberse fugado, que podría estar “de gira”, engrosa el estereotipo victimizante de las pibas del conurbano, donde la complicidad institucional con la trata y el narcotráfico son realidades. Pero los conductores de la televisión y los “especialistas”, los indignados “termocefálicos” –mote con el que el ex candidato a ocupar un cargo en la Corte Suprema de Justicia, Roberto Carlés, bautizó al conductor Eduardo Feinmann–, salen a pedir que actúen las mismas fuerzas inoperantes y cómplices y que se endurezcan las penas y limite o prohíba la concesión de libertades anticipadas a violadores y feminicidas, ninguneando un reclamo que demanda políticas integrales de prevención y respuesta ante la violencia, y evitando un análisis crítico de las condiciones por las que esta se perpetúa, lo que incluye el accionar de los medios.

Al principal sospechoso del crimen de Araceli, sin embargo, lo descubrieron estando prófugo unas mujeres en el barrio de Flores, y esa huida tuvo la ayuda de los policías de San Martín que no la buscaron. Las mujeres que identificaron a Badaracco tuvieron que insistir a la Gendarmería para que les creyeran. Lo acorralaron ellas mismas. ¿Siempre poniendo el cuerpo?

Una nota publicada en la revista Anfibia a propósito de este hecho, titulada precisamente “No la buscaron”, recuerda que a Melina Romero, que estuvo desaparecida un mes, la encontró un grupo de cartoneras en José León Suárez. Y avanza sobre lo que las coberturas de la víspera omitieron: “El letargo policial no permitió encontrar los rastros en su cuerpo que daban cuenta de la violencia sexual que vivió antes de que la mataran. Borró huellas y alisó zonas del cuerpo que empezaron a pudrirse. Hubo estudios de ADN e hisopados que no pudieron hacerse. La autopsia ni siquiera llegó a definir cómo murió. El titular de la Departamental de San Martín, el comisario mayor José Luis Santiso, de quien dependían todas las comisarías de esa zona, algunas encargadas de la búsqueda y los rastrillajes, está preso acusado de corrupción policial y de encubrir a narcotraficantes. En el expediente judicial que lo investiga hay grabaciones de conversaciones que mantuvo Santiso tres días después del hallazgo del cadáver de Melina con la líder de una banda narco. Ahí, el comisario explica a su interlocutora que estaba ocupado ‘porque tiraron a Melina’. ‘Tuve un quilombo bárbaro la semana pasada porque me dejaron a la piba esta muerta, ¿viste?’, dice en el mismo audio. ¿Quién investiga estas responsabilidades institucionales?”.

Poco después del crimen de Micaela García, su mamá y su papá salieron al cruce del intento de utilizar la muerte de su hija con reducciones punitivistas en la mesa de Mirtha Legrand, alegando que “el problema es más profundo: es el sistema machista”. Recuerdo a las profesoras y profesores de Melina Romero respondiendo a “la nota miserable” que salió en Clarín y que construía la justificación velada de lo que le ocurrió, por tratarse de una joven “fanática de los boliches que abandonó la secundaria”. Melina, victimizada por el feminicida y por un sistema patriarcal asesino que sigue buscando imponer la idea de que somos merecedoras de la violencia en lugar de evitarla. La carta, publicada por la Agencia Paco Urondo, ponía en evidencia, además, el enroque de la discriminación de género con la estigmatización social, al señalar que la relevancia del caso se hallaba en que Melina era condenada por ser mujer y, encima, de una familia humilde, y denunciaba que así, como jóvenes a las que les gusta la joda, que ni estudian ni trabajan, consideran a las chicas como ella los medios que suelen rasgarse las vestiduras diciéndose objetivos y afectos a la ley, mientras el silencio para nada condenatorio de otros deja que ese “sentido común” crezca, coadyuvando a que se vea como algo normal que las mujeres desaparezcan o las maten, sobre todo si se trata de mujeres humildes, y que se perpetúe un sistema en el que debemos limitarnos a ser “educadas”, “sumisas” y “recatadas”, ocuparnos de la familia y las tareas de la casa, y si no, “por algo será” que nos pasa lo que nos pasa.

Una mirada con perspectiva crítica que contemple los derechos humanos de las mujeres impediría que una cobertura obviara olímpicamente la falta de respuesta del Estado, no sólo cuando hay que encontrar a una mujer que está en peligro, ha desaparecido o fue vista cuando “la levantó” una camioneta sospechosa y no se supo más. Dejaría de hacer preguntas retóricas que omiten las causas injustas de esa sensación de peligro que nos invade nada más por salir a la calle. No se regodearía en describir los riesgos que corre una niña, adolescente o joven, sino que cuestionaría concepciones y prácticas aparentemente inocentes, como el acoso callejero, en vez de banalizar las declaraciones “cancheras” y “distendidas” de un primer mandatario en ejercicio que piensa que cuando decimos que no es sí porque, aunque lo negamos, a todas nos gusta que nos digan “piropos” como “qué lindo culo que tenés”, por más que estén acompañados de “una grosería”, o que califica a la esposa del gobernador salteño, Isabel Macedo, como un adorno incorporado al inventario de “atracciones” de la provincia.

Esa violencia celebrada por los mismos que luego fruncen el ceño desde la pantalla ante el feminicidio del momento es parte constitutiva de la que le cuesta la vida a millones de mujeres. Un rasgo “positivo”, un “valor” exclusivo y profundamente excluyente atribuido a ciertos cánones de belleza impuestos por el mercado, la publicidad y los cortadores seriales de polleras que, por otra parte, influyen en trastornos alimentarios de muchas desde que son niñas. La autoestima calibrada por las dietas y gimnasias pivoteando alrededor del cuerpo imposible. No pocas conductoras de televisión lo padecen, y tampoco son pocas las que son presentadas como decorados parlantes de los “periodistas serios”. Un filtro que a ellos no se aplica, porque en su caso lo que prima para tener espacio en los medios no es la apariencia física, sino las supuestas competencias.

También desde las propagandas igualmente celebratorias de la maternidad y el trabajo no remunerado, donde se nos representa con unos intereses que se agotan en sacar las manchas o fumigar con desinfectantes el hogar, las ropas y cabezas de nuestra prole, se sostienen y perpetúan las diversas desigualdades e injusticias que atenazan la existencia de tantísimas mujeres. De aquellas que caminan con el piberío a cuestas a ver si consiguen una escucha atenta de las violencias de manos de un marido, de las que se organizan en los barrios donde el acceso a la justicia está aun más vedado, de las que suelen trabajar el triple y sin embargo son menospreciadas por el abusador que les machaca, como con los golpes, que “no sirven para nada”. Muchas de ellas llegan a alguna instancia de denuncia y desisten porque no pueden sostener solas, sin lazo social ni apoyo de políticas específicas, lo que implica salir de esa situación. Y, entonces, otra vez se las culpa por mantenerse dentro del círculo de violencia.

No se puede, si se cuestiona de verdad el tratamiento mediático de estos temas, no detectar el sendero que constantemente construye a las mujeres como presas del agente activo violento, del macho golpeador, abusador o feminicida.

Uno de los objetivos de esas masivas marchas para visibilizar el problema de las violencias hacia las mujeres que cristalizaron en la consigna #NiUnaMenos el trabajo de décadas de sectores feministas en la sociedad argentina fue colarse como contenido en los medios de comunicación masivos. Porque la cobertura mediática ciega al género o a la consideración por los derechos humanos de las mujeres es tan violenta como la mano asesina, como la indiferencia de ciertos agentes estatales y un Gobierno que vacía áreas clave para políticas de género. No es siquiera meramente cómplice: es responsable, productora y multiplicadora de la violencia.

En tanto, aunque los de Araceli y Micaela fueron los casos más “resonantes” para los medios, tan sólo en el mes de abril otras veintiséis mujeres fueron asesinadas, violadas, quemadas, encontradas en una bolsa, o desfiguradas por cal y cemento y enterradas en el patio del criminal. Casi una por día.

Ser mujer se deviene, no se nace, dijo Simone de Beauvoir. Ser víctima por mujer, también. No es un destino inexorable, por más irrevocable que parezca ser el tremendo cuadro de las infinitas vidas truncadas. No somos esencialmente objetos destinatarios de maltrato, ni nos resignamos a estos duelos constantes, ni a la impotencia, y mucho menos a ser víctimas. Ni después de muertas.


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