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Pecado original

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Por R. Dri / LA IGLESIA-PODER Y LA PERIFERIA / La Iglesia católica puede estar más o menos volcada a apoyar a los más vulnerables y a los movimientos populares, pero esto no implica un quiebre con los poderes fácticos. Hoy se asienta en la periferia latinoamericana para reconstruir el poder que perdió al aliarse con las mafias y los líderes del neoliberalismo.

LA IGLESIA-PODER Y LA PERIFERIA / Convertida desde los siglos IV y V en uno de los pilares dominantes de Occidente, la Iglesia católica puede estar más o menos volcada a apoyar a los más vulnerables y a los movimientos populares, pero esto no implica un quiebre con los poderes fácticos. Es en la periferia latinoamericana donde hoy se asienta para reconstruir el poder que perdió al aliarse con las mafias y los líderes del neoliberalismo.

Por Rubén Dri
Teólogo y filósofo.

Fotos: Sebastián Miquel

En 1989 caía el muro de Berlín y con él, el desfonde definitivo de la experiencia que dio en denominarse “socialismo real”, dejando la senda libre para el despliegue a tambor batiente del capitalismo como nunca lo había logrado hacer en su triunfante carrera, sin contrincante a la vista. Comenzaba la era neoliberal.

Desde las usinas del poder concentrado, Francis Fukuyama, apoyándose en un Hegel interpretado por Alexandre Kojève, proclamaba el “fin de la historia”, dado que con la caída del monstruo comunista el capital lograba su hegemonía absoluta. La humanidad ya no tenía delante de sí algún objetivo todavía no logrado, alguna utopía no alcanzada. El capitalismo neoliberal había logrado el triunfo definitivo.

Desde el amplio abanico que el poder concentrado desplegaba en su entorno, los filósofos de la posmodernidad le hacían coro al filósofo del fin de la historia, proclamando la muerte del sujeto, de las ideologías, de las utopías; en una palabra, de los “relatos”. Sólo quedaban los hechos brutos, la realidad desnuda, el capitalismo en su máxima expresión.

Al frente de la jerarquía eclesiástica de la Iglesia católica se encontraba en ese momento el polaco Karol Wojtyla, quien había accedido al trono pontificio luego de que la plana mayor de la jerarquía vaticana hubiera hecho efectiva la eliminación del estorbo que significaba para la Iglesia en esa etapa el recién elegido papa Juan Pablo I.

Karol Wojtyla, ya como Juan Pablo II, teje alianza con la élite económica que impulsaba esa nueva etapa del capitalismo, cuyos principios habían sido elaborados por sus “intelectuales orgánicos” después de la Segunda Guerra Mundial. El proyecto implicaba una transferencia nunca vista ni sospechada de bienes y recursos de los sectores empobrecidos a los sectores más ricos del planeta.

El papa Wojtyla se constituye junto con Ronald Reagan y Margaret Thatcher en uno de los ejes fundamentales de esa etapa del capitalismo. Contribuyó desde la teoría con sus numerosas intervenciones en los foros mundiales y con sus encíclicas, especialmente la Centesimus annus, en la que propone la “economía de mercado o economía libre” como solución a los problemas económicos del Tercer Mundo y alerta contra cualquier tentación utópica, que no tenga en cuenta “la herida del pecado original”.

La alianza del papa con los líderes del neoliberalismo implicaba una alianza también con la mafia que como sombra siempre acompañó dicho proyecto. La estructura económica del Vaticano fue puesta en manos de la mafia que manejaba enormes sumas de dinero, provenientes del narcotráfico. Michele Sindona, capo mafia, estuvo al frente del Banco Vaticano.

Entre los que aportaron para la campaña a favor del neoliberalismo figura la mexicana Legión de Cristo Rey, fundada y dirigida entonces por Marcial Maciel, un sacerdote corruptor de menores y actor de turbios manejos que, después de la muerte del papa Wojtyla, fue finalmente sancionado por la autoridad eclesiástica. A su muerte, el papa polaco no sólo no fue olvidado por la Iglesia, sino que fue llevado a los altares, propuesto, en consecuencia, como cristiano ejemplar.

¿Cómo se explica que un papa como Francisco, que despliega una pastoral en las antípodas del neoliberalismo, eleve a los altares al papa que lo propició? ¿Es ello una contradicción inédita en la Iglesia, o pertenece a su comportamiento normal? Para hacer un poco de luz sobre el problema, tenemos que echar un vistazo sobre la constitución de la Iglesia y en ella la función que cumple el papa.

La Iglesia católica que conocemos nace en el ámbito del Imperio romano, en el período comprendido entre los siglos IV y V, en un proceso de diálogo, debate y negociación con el poder del Imperio. Con el Edicto de Tesalónica (380) quedan constituidos los dos poderes, el político y el religioso, con sus respectivas estructuras que, de ahí en más, dominarán la historia de Occidente.

Esa construcción se resume en la teología de Eusebio de Cesarea, el teólogo del Concilio de Nicea (325), el primer concilio ecuménico: Un Dios, una Iglesia, un Imperio. El poder supremo reside naturalmente en Dios, que lo reparte entre la Iglesia y el Estado. Dos poderes que, a partir del papa Gelasio I (492-496), se expresarán como auctoritas y potestas. El poder religioso, la auctoritas, es quien debe orientar a la potestas, el poder del Estado.

Es fundamental entender que esta Iglesia, que no es la de las asambleas cristianas de los siglos anteriores, nace como poder supremo que negocia con los poderes fácticos, con el Imperio al principio, y con las diversas estructuras que asumirá a lo largo de la historia la potestas, el poder político. Durante los largos siglos medievales, el poder religioso, el de la Iglesia, siempre pretendió ser el poder supremo y muchas veces lo logró. La máxima expresión de ese poder quedó graficada en el célebre dictatus de Gregorio VII (1073-1085), que establecía que todos los príncipes que fuesen a visitarlo debían besar sus pies, resucitando la proskýnesis que debían hacer los visitantes del emperador romano.

Precisamente ese tipo de poder absoluto, autoritario, había sido condenado taxativamente en la primera iglesia de las asambleas cristianas, al presentarlo como una tentación del demonio, figura bajo la cual se aludía al poder imperial romano (Mt 4, 8-10).

Con Juan XXIII (1959-1962) parece producirse, en la manera de ejercer el poder en la Iglesia, una especie de quiebre que se recupera con Juan Pablo II, según hemos visto. En realidad, no hubo ni pudo haber tal quiebre, porque eso hubiese significado que la Iglesia dejaba de ser en el mundo occidental uno de los pilares del poder, lo que significaría ni más ni menos que el resquebrajamiento de toda su estructura.

La Iglesia puede estar más o menos inclinada a apoyar a los sectores desprotegidos y, en esta etapa del neoliberalismo más agresivo de la historia, a los movimientos sociales y movimientos populares. Ello, por otro lado, forma parte de su propia legitimación, de su propio sentido. Los pobres son de la Iglesia. Nadie lo tiene más claro que el papa Francisco.

Pero ello no significa, de ninguna manera, un quiebre con los poderes hegemónicos. Con ellos, como es natural, tendrá contradicciones, y a veces fuertes contradicciones, como está sucediendo ahora, pero siempre manteniéndose en el polo dominante.

Lo que sucedió en el lapso que va de 1960 a 1980, con los pontificados del citado Juan XXIII y Paulo VI, el Concilio Vaticano II y la reunión del Celam en Medellín, fue un reacomodamiento, denominado aggiornamento, de las estructuras de la Iglesia a una nueva situación político-económica mundial.

Era la etapa de la guerra fría en la que el polo de poder del capitalismo enfrentado al denominado “socialismo real” se encontraba desafiado internamente por fuertes y masivos movimientos populares en Asia, África y especialmente en América Latina, el único continente en el que la Iglesia puede sentirse realmente “viva”.

Es fundamental entender que esta Iglesia nace como poder supremo que negocia con los poderes fácticos, con el Imperio al principio, y con las diversas estructuras que asumirá a lo largo de la historia
el poder político.

La Iglesia no podía, pues, no estar presente en los reclamos que surgían desde el seno de los pueblos latinoamericanos, presentándose como partícipe y guía de sus preocupaciones. Aquí, menester es hacer una clara diferencia entre amplios sectores de la Iglesia pertenecientes al laicado, a muchas congregaciones religiosas, a numerosos sacerdotes e incluso a obispos que, con toda honestidad, se pusieron claramente del lado de los oprimidos sectores populares, y la jerarquía hegemónica de todas las Iglesias, que no dejaron de estar aliadas al poder dominante.

Se desnuda, de esa manera, la contradicción fundamental que atraviesa a toda la estructura eclesiástica y que no admite superación –Aufhebung– presentando la realidad de una dialéctica trabada como la que produce el fenómeno de la “conciencia desgraciada” que expone Hegel en la Fenomenología del espíritu.

Es la contradicción entre la iglesia-asamblea del primer siglo, conformada por los sectores oprimidos en proceso de liberación, por una parte, y la Iglesia-poder, que se conforma en los siglos IV y V, por otra. Si esa contradicción se resolviese por vía de superación –Auhebung–, sería toda la estructura de la Iglesia-poder la que se resquebrajaría.

El triunfo sobre el “socialismo real” le permitió al capitalismo desplegarse sin obstáculos, creyendo, de esa manera, en el triunfo definitivo. El capital productivo fue fagocitado por el capital especulativo como un cáncer que carcomió todo el cuerpo. Ello no podía no repercutir en la Iglesia que, a la muerte de Juan Pablo II, presentaba a su cabeza, el Vaticano, como una cueva en la que anidaba la mafia.

Benedicto XVI procuró sacar a la Iglesia de ese berenjenal sin cambiar aspectos fundamentales de la alianza con el poder dominante. Más aún, su mirada fue típicamente europea y su alianza con el poder imperial, expresado ahora por George W. Bush, no varió de la mantenida por su antecesor. Necesariamente debía fracasar. Se dio cuenta de ello y dio un paso al costado, abriendo la puerta para que entrase alguien que venía de la periferia del poder.

Alguien que venía de la periferia del poder, pero que sabía cómo reconstruir el poder que la Iglesia en gran parte había perdido por formular mal las alianzas. La Iglesia podía reconstruir el poder que en gran parte había perdido sólo si se apoyaba en los sectores en los cuales se mantenía como una fuerza viva y creadora. Y eso sólo sucedía en la periferia latinoamericana, que había sufrido el flagelo del neoliberalismo.


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