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Triple o nada: ni republicana, ni liberal ni democrática

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Primer plano de un hombre triste fumando bajo la lluvia
Por Eduardo Rinesi / LOS PELIGROS DEL REPUBLICANISMO LIBERAL-CONSERVADOR EN ARGENTINA / Ningún individuo puede ser libre en una sociedad esclava. Aquella cuyo sujeto no es solamente el ciudadano, sino también, y como condición de posibilidad, el pueblo, es el tipo de libertad que una interesante tradición...
LOS PELIGROS DEL REPUBLICANISMO LIBERAL-CONSERVADOR EN ARGENTINA / Ningún individuo puede ser libre en una sociedad esclava. Aquella cuyo sujeto no es solamente el ciudadano, sino también, y como condición de posibilidad, el pueblo, es el tipo de libertad que una interesante tradición de pensamiento en el campo de la historia de las ideas ha llamado “republicana”. Es decir, la libertad como cosa que es de todos. Hoy asistimos a la rifa de la soberanía y, con esta, a la puesta en peligro de las libertades de los ciudadanos tanto frente al Estado como para participar en la vida pública. Todo ello, en el país del primer presidente que no nos pide que creamos en él, sino que nos informa que es él quien cree en nuestra capacidad para cambiar, incluso el gran legado emancipatorio de las luchas de los pueblos por las nuevas formas de esclavitud que se nos proponen.

Por Eduardo Rinesi
Politólogo y filósofo. UNGS.

Fotos: Sebastián Miquel

La palabra “libertad” designa uno de los valores más apreciados en la historia de las ideas sobre la vida de los hombres en común, aunque a lo largo de los siglos se ha pensado de modos muy distintos. Uno es el que conviene a la gran tradición liberal, que nos invita a pensarla como un valioso tesoro de los ciudadanos que se debe preservar de las injerencias o acechanzas que le vienen desde fuera: desde el mundo de las instituciones religiosas, de las corporaciones económicas y, sobre todo, del Estado. En efecto, el liberalismo, que es esencialmente un pensamiento antijacobino (es decir, un pensamiento forjado después de la Revolución francesa y contra las amenazas encarnadas en la figura del Estado terrorista que le es inseparable), nos invita a pensar contra la prepotencia o el carácter invasivo de la actividad del Estado sobre nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestra correspondencia, nuestros domicilios y nuestros negocios. Cuanto menos Estado, más libertad.

Esa idea sobre la libertad es la que presidió muchas experiencias históricas en nuestro país, sobre todo las que se organizaron por oposición a –o después de– regímenes caracterizados por el impulso del Estado a intervenir de modo excesivamente avasallante en la vida de los ciudadanos. Desde ya, la última y más tremenda experiencia de este tipo fue la dictadura de 1976 a 1983, tras la cual, muy verosímilmente, tendió a prevalecer entre nosotros un pensamiento sobre la libertad signado por un fuerte tono antiestatalista. Para decirlo rápido, la idea sobre la libertad que dominó la vida política argentina de los años de la “transición a la democracia” fue la que dominaba la película del cine nacional más vista en aquellos años: Camila, de María Luisa Bemberg, un filme sobre la dictadura de Rosas que todos vimos (como observó en su momento Tulio Halperín Donghi) como si tratara acerca de la dictadura de Videla.

Primer plano de una mujer seria y preocupada

A esa idea que aquí llamamos “liberal” se opone desde hace mucho tiempo otro modo posible de pensar la libertad. En rigor, uno mucho más añejo, toda vez que se origina en el mundo clásico de las antiguas Grecia y Roma. Se trata de un modo que voy a llamar “democrático”, y que está asociado, más que al principio “negativo” de la obligación del Estado de abstenerse de intervenir en ciertas zonas de la vida privada de los ciudadanos, al principio “positivo” de la posibilidad de esos ciudadanos de realizarse como sujetos plenos en el espacio público de la ciudad. Por supuesto, a la gran tradición liberal esta idea no le hizo nunca la más mínima gracia. A comienzos del siglo XIX, Benjamin Constant se empeñaba, a través del expediente de designarla “libertad de los antiguos”, en dejarla anclada en aquel mundo pretérito del que provenía. A mediados del XX, Isaiah Berlin la asociaba al principio mismo de los totalitarismos en general, y del estalinismo en particular.

En los años de la “transición” democrática argentina que recordábamos recién, esta idea fue retomada, más amablemente, para destacar el valor de la participación popular en la vida pública por oposición a la mera representación de unos ciudadanos por otros, que “deliberan y gobiernan en su nombre”. Cierto es que esa participación popular, tímidamente cortejada al inicio del ciclo alfonsinista, fue pronto abandonada como Norte del tipo de democracia que acabaría por afirmarse entre nosotros en los años que vendrían, y sólo volvió a presentarse después, de modo más bien silvestre, en la interesante pero acotada experiencia de democracia “asamblearia” de 2001 y 2002.

Después, el kirchnerismo buscó alentarla a través de normas como la que promovía la sanción participativa de leyes, pero sin lograr superar la tensión entre esa vocación por ampliar la libertad para participar en los asuntos públicos y un estilo muy centralizado –muy “jacobino”– de gobierno, que no era el que mejor se conciliaba con dicha vocación.

Las dos formas de libertad que acabo de presentar (la negativa o liberal y la positiva o democrática) son formas de la libertad de los individuos, de los ciudadanos. Pero hay una tercera que corresponde señalar ahora, y que es la que parte de entender que ningún individuo puede ser libre en una sociedad que no lo es. En un país que es esclavo, verbigracia, de las exigencias de una metrópoli colonial, de un ejército invasor o de un organismo financiero internacional. Esta forma de libertad, cuyo sujeto, entonces, no es solamente el ciudadano, sino que es también, y como condición de posibilidad para que esos ciudadanos sean libres, el pueblo, es el tipo de libertad que una interesante tradición de pensamiento en el campo de la historia de las ideas ha llamado (y a mí me gustaría recuperar aquí esta denominación) “republicana”. Es decir, la libertad como res publica, como cosa pública, como cosa que es de todos, que interesa a todos.

Primer plano de un hombre serio y preocupado

Cuando Néstor Kirchner terminó de pagar el último dólar que Argentina le debía al Fondo Monetario Internacional, dijo que a partir de ese día los argentinos éramos “un poco más libres”, y cuando Cristina Fernández, años después, se dirigió nuevamente a los ciudadanos para comentar la puesta en órbita del satélite de construcción nacional ARSAT I, repitió exactamente la misma frase. Los argentinos, en plural (no cada argentino individualmente, sino todos, como colectivo, como pueblo), éramos, a partir de sendas decisiones tomadas desde la cima del aparato del Estado, un poco más libres que antes, porque éramos más autónomos (otro nombre para la libertad) frente a los grandes poderes financieros, tecnológicos y comunicacionales del planeta. Conocemos bien la importancia de este valor que acá estoy proponiendo llamar libertad republicana: en nuestro lenguaje político corriente lo solemos llamar “soberanía”.

Ahora bien: esta libertad republicana o soberanía, como lo revelan los dos ejemplos que acabo de indicar, y a diferencia de lo que pasaba con la libertad negativa o liberal, no se conquista a expensas del Estado ni contra él, sino gracias al Estado y por medio de las decisiones que, mirando al bien común del pueblo, toman sus gobiernos. En efecto, en la gran tradición republicana sólo se es libre dentro del Estado y a través de él. Claro que ese Estado debe estar democráticamente gobernado, y de ahí la importancia de articular, en nuestros modos de pensar estos problemas, la preocupación republicana por la cosa pública con la preocupación democrática por el gobierno del pueblo. Lo que es otro modo de decir que el republicanismo que nos interesa hoy en Argentina no es el liberal-conservador que mira al interés de las élites, sino el popular que mira al interés de las mayorías.

Tres formas de la libertad, entonces: la liberal, que es la de los ciudadanos frente al Estado; la democrática, que es la de los ciudadanos para participar en la vida pública; y la republicana, que es la del pueblo ante los poderes que limitan su autonomía. Hoy esas tres formas de la libertad corren peligro. La liberal es ultrajada por la infamia de la existencia en el país de presos políticos, por la intimidación policial y judicial a la militancia y por la decisión de tratar los reclamos ciudadanos a los bastonazos. La democrática es arrasada cada vez que los mecanismos participativos que la legislación había previsto para el gobierno de distintas dimensiones de la cosa pública (un solo ejemplo: la comunicación audiovisual) son desmontados en favor de formas mucho menos conversadas de gestión (¿hay que plantear, por lo demás, la obvia comparación entre el modo en que se discutió la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y el sigilo que rodea a la redacción del texto que se prepara para suplirla?). La republicana es insultada cuando se cede a las presiones de los fondos buitre, se descuida el patrimonio común de los argentinos, se abandonan los planes de soberanía nuclear y satelital o se endeuda el país por cuatro generaciones.

Contra estas ideas sobre la libertad, que son un precioso legado de las grandes luchas de los pueblos, la publicística oficial insiste en ofender nuestra sensibilidad, nuestra inteligencia y nuestra historia proponiéndonos la pavota idea de la libertad de unos individuos-emprendedores que han podido superar sus miedos o sus taras, que han logrado cambiar, que se han quedado sin trabajo, tal vez, pero han entendido que eso era lo mejor para ellos porque ahora sí pueden ser libres para decidir el rumbo de sus vidas. Que se han mostrado a la altura de la confianza que nos tiene el presidente (Julia Smola ha observado agudamente que Macri es el primer presidente que no nos pide que creamos en él, sino que nos informa que cree, él, en nosotros, es decir, en nuestra capacidad para cambiar), y entonces se han puesto un lavadero de autos o un criadero de chanchos y tienen unas caras de contentos que dan gusto.

No puede ser esa la idea de libertad que venga a coronar una historia de luchas demasiado trágicas y de discusiones demasiado ricas como para que aceptemos mansamente que se trataba todo de un lamentable error. No: no hay error en afirmar que los ciudadanos tienen que ser libres de la prepotencia de los poderes que los amenazan; no hay error en sostener que los ciudadanos tienen que ser libres para participar junto con otros en el diseño de su propia vida; no hay error en proclamar que ninguna de esas libertades puede realizarse en un país que vuelve a subordinar el destino de su pueblo a los designios de los poderes políticos, financieros y comunicacionales que buscan someterlo. Tenemos que recuperar el gran legado emancipatorio de las mejores tradiciones políticas e intelectuales del pasado para enfrentar con esas herramientas las nuevas formas de la esclavitud que hoy se nos proponen.

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