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Por una pedagogía del amor

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Cartel con la frase "educar es liberar, nunca someter, yo soy educación pública"
Por Alberto Sileoni / LA MERITOCRACIA MACRISTA CONTRA EL DERECHO A LA EDUCACIÓN / Mientras los movimientos nacionales, populares y democráticos la comprendieron siempre amarrada a la igualdad, el neoliberalismo la convirtió en uno de sus significantes predilectos para cercenar derechos, reprimir ciudadanos e implementar políticas regresivas. En el plano educativo, esto se traduce, en la actualidad, en el intento de imposición...
LA MERITOCRACIA MACRISTA CONTRA EL DERECHO A LA EDUCACIÓN / Mientras los movimientos nacionales, populares y democráticos la comprendieron siempre amarrada a la igualdad, el neoliberalismo la convirtió en uno de sus significantes predilectos para cercenar derechos, reprimir ciudadanos e implementar políticas regresivas. En el plano educativo, esto se traduce, en la actualidad, en el intento de imposición de un orden meritocrático y en las sistemáticas agresiones del gobierno a la educación pública, cuyo fin es la producción de un país profundamente desigual. Aquí, un análisis que habla del poder de hacer cosas con palabras y de una lucha que debe ser también por el significado de la libertad.

Por Alberto Sileoni
Comenzó en la educación de adultos en la histórica Dirección Nacional de Educación del Adulto (DINEA), en los años setenta. Ocupó diversos cargos en C.A.B.A. y la provincia de Buenos Aires. Fue ministro de Educación de la Nación (2009-2015). En la actualidad es docente en la Universidad Nacional de Hurlingham.

Fotos: Sebastián Miquel

En la película Revolución, producida por canal Encuentro (en otros tiempos), hay una escena conmovedora en la que el general San Martín pregunta a un sargento si conoce el motivo por el que peleaban contra los españoles: “Luchamos por la libertad, mi general”, fue su respuesta orgullosa. San Martín asiente, pero le advierte que la libertad puede ser sólo una palabra, que tiene que haber algo más, “un profundísimo anhelo que los humanos tenemos en algún lugar”. Parece decirle que hay que explicar: libertad para qué, para quiénes, con qué medios, con cuáles objetivos.

La palabra libertad está vacía, es necesario adjetivarla, precisarla, hacer un esfuerzo por definirla con mayor justeza, porque la usaron y usan impunemente personas y regímenes que la avasallan. Recordemos, como ejemplo de su malversación, que Augusto Pinochet y sus secuaces eligieron la canción “Libre”, de Nino Bravo, como emblema del golpe contra Salvador Allende.

Los asesinos, antes y ahora, hablan continuamente de libertad: los dueños del capital concentrado solicitan libertad de mercado, los patrones de los monopolios comunicacionales simulan respetar la libertad de expresión, y durante la dictadura los militares cantaban a viva voz nuestro himno, “libertad, libertad, libertad”, al tiempo que desaparecían compatriotas.

El neoliberalismo la usurpa convirtiéndola en uno de los tantos “significantes vacíos”, mientras cercena derechos, reprime ciudadanos e implementa políticas regresivas que nos llevan a sociedades profundamente desiguales. Y en este punto llegamos al cruce de dos conceptos, libertad e igualdad, que deben pensarse juntos.

Sí, luchamos por la libertad, diría don José, pero no por cualquier libertad. Nos impulsa la que es hermana de la justicia, la que protege a los más débiles, la que incluye bajo su protección a todos, aquella que tiene como condición ineludible la búsqueda de la mayor igualdad posible entre los ciudadanos. Ya renunciamos a la utopía de la igualdad uniforme, pero seguimos convencidos de que puede ser posible un mundo donde todos y todas sean tratados como iguales.

Si coincidimos en que es imprescindible que libertad e igualdad vayan de la mano, entonces abandonemos la idea de una libertad edulcorada, declamada, la de póster, la que se independiza de las mínimas condiciones de igualdad. Lo decimos más claro: la libertad en sociedades de extrema desigualdad es un embuste.

Y no somos originales en este razonamiento, ya que es muy conocido el discurso pronunciado por el sacerdote Henri Dominique Lacordaire en 1848 en la catedral de Notre-Dame de París, que con los años pasó a ser una de las referencias más esclarecedoras en torno a esa relación conflictiva. Él decía que, en una situación de evidente desigualdad, la libertad puede ser una trampa, puede convertirse en una injusticia irresponsable: “entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, entre el amo y el siervo, es la libertad la que oprime y la ley la que redime”.

Los movimientos nacionales, populares y democráticos de nuestra patria nunca lo olvidaron. La Proclama de Tiahuanaco, firmada por Castelli y Monteagudo el 25 de mayo de 1811, publicada en castellano, quechua y aymara, reconoce la igualdad absoluta de las poblaciones originarias e intima a las autoridades a que organicen en un plazo perentorio escuelas en esas lenguas; y José Artigas prematuramente nos advertía que no había alternativas, que sólo puede haber “Patria para todos, o para nadie”, valores que compartían Belgrano, Moreno, los caudillos federales y muchos más hasta el presente.

Asimismo, la palabra libertad fue enarbolada por aquellos que confrontaron esos movimientos populares: la Corte Suprema de Justicia en 1930 avaló el primer golpe de Estado, entre otros fundamentos, “para proteger la libertad”; y la canción de los golpistas de 1955, grabada en los sótanos de la iglesia Nuestra Señora del Socorro, se llamaba, por supuesto, “Marcha de la Libertad”.

Si de educación hablamos, nos oponemos al orden meritocrático que surge de una fingida “igualdad de oportunidades”, porque es falso y supone una paridad teórica nunca confirmada en la vida real, donde cuna y origen social aún definen el destino de millones de nuestros jóvenes estudiantes. “La libertad, cuando no hay oportunidades, es un regalo envenenado”, refuerza Noam Chomsky.

Por esa razón, cuando fuimos gobierno implementamos políticas para mejorar los aprendizajes e incluir a todos los niños, niñas, jóvenes y adultos que estaban fuera del sistema educativo, desde el nivel inicial hasta la Universidad. Lo hicimos con la convicción de ser herederos de una tradición pedagógica americana que siempre enlazó libertad, igualdad y justicia. Desde temprano, Simón Rodríguez, José Martí, José Carlos Mariátegui, Carlos Vergara, Saúl Alejandro Taborda y, más cerca, Paulo Freire y otros, nos trasmitieron la pedagogía del amor, de la inclusión y de un destino de igualdad para todos y todas.

En otras latitudes, pero con sensibilidades coincidentes, el pensador francés Jacques Rancière sostiene que la ética del educador lo obliga a elegir siempre la igualdad extrema: “no hay que ir hacia la disminución de la desigualdad; hay que partir de la idea de igualdad”, desde el inicio de la relación con nuestros estudiantes.

La decisión política de construir jardines y escuelas en los lugares con mayores carencias permitió incorporar niños y jóvenes que estaban fuera de la escuela, del mismo modo que la creación de universidades en municipios de alta densidad demográfica hizo que decenas de miles de estudiantes, que son primera generación de universitarios en sus familias, accedieran a un derecho siempre reservado a minorías. Esas decisiones construyeron una sociedad más justa e igualitaria, y, por ende, más libre.

Las reiteradas agresiones de las máximas autoridades nacionales y provinciales a la educación pública (destacan su “estado terminal”, se apiadan de las familias que “caen” en ella, cierran establecimientos educativos, Plan FinES, bachilleratos de adultos, escuelas rurales y de islas, suprimen la Paritaria Nacional Docente, etcétera) no tienen otro propósito que atacar el valor de la igualdad y convencernos de que en las sociedades hay jerarquías y lugares fijos reservados sólo para algunos, destinos que nunca debieran modificarse. ¿Para qué tantas universidades en todos lados?, se interrogan, ante la pasividad (infelizmente alta) de miles de compatriotas.

Sí a la libertad, con toda nuestra fuerza. Pero no a cualquier libertad. Si no es para todos, si no es con justicia social, si no es a favor de los sencillos, de los “nadies”, si no se incluyen los desposeídos, si no es con toda la igualdad que nos permita nuestro corazón y nuestra inteligencia, no queremos esa libertad.

Libertad e igualdad soldadas a fuego, juntas, para siempre.

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