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Por la calle Libertad

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la calle Libertad al 800 en Ciudad Autónoma de Buenos Aires
EN PRIMERA PERSONA (Por Carlos Ulanovsky) / En tiempos en los que se habla más de la felicidad que de la libertad, el periodista y escritor Carlos Ulanovsky recupera momentos clave de su vida que, en el cruce con la historia política y de la prensa en Argentina, le hicieron saber pronto que ese bien que alguna vez consideró natural no está dado para siempre ni tiene tan sólo dos caras. Desde los rastrillajes y allanamientos previos a la dictadura hasta la posibilidad actual...
EN PRIMERA PERSONA / En tiempos en los que se habla más de la felicidad que de la libertad, el periodista y escritor Carlos Ulanovsky recupera momentos clave de su vida que, en el cruce con la historia política y de la prensa en Argentina, le hicieron saber pronto que ese bien que alguna vez consideró natural no está dado para siempre ni tiene tan sólo dos caras. Desde los rastrillajes y allanamientos previos a la dictadura hasta la posibilidad actual de ir preso por asistir a una manifestación, y de los cucos de la infancia a los que hoy encarnan potenciales despidos e impagables facturas de gas, un recorrido que conduce a las encrucijadas del negocio de la verdad y a los interrogantes sobre una presunta libertad de expresión, que oculta más de lo que revela y simula más de lo que sincera.

Por Carlos Ulanovsky
Periodista y escritor.

Fotos: Sebastián Miquel

Seré sincero: soy uno de aquellos argentinos que siempre consideró natural tener libertad. Algo así como tener brazos o disponer de piernas para caminar. Claro, hasta que la libertad se empeñó en avisarme que lo suyo no se trataba de un bien eterno ni tan cómodo de disponer. Y esa carencia se hizo sentir de diversos modos.

Ubico algunos momentos. En 1972 (todavía creía que los de mi generación y yo éramos inmortales) trabajaba en la redacción del matutino La Opinión, y allí escuché por primera vez la palabra “rastrillaje”. Pregunté de qué se trataba y alguien me puso al tanto: “Buscando datos, los milicos van casa por casa, pasan el rastrillo, ¿entendés?, y siempre algo encuentran”. Esa misma noche, de vuelta en mi departamento, revisé de punta a punta, y los libros que me parecieron rastrillables (vaya medida de seguridad) los trasladé al baúl de mi Fiat 600, así como una reproducción de la foto más famosa del Che Guevara a la que cambié por una que, en una nota, me habían sacado con Alberto Olmedo. Finalmente, por mi departamento nunca pasaron. Mejor. En 1974, luego de pensarlo demasiado, mis viejos se decidieron a mostrarme un panfleto que desde hacía un mes tenían encanutado casi como objeto de terror. Una noche, de paseo por el centro, pasaron por la puerta del Teatro San Martín. Alguien repartía un impreso en blanco y negro, mi mamá lo tomó y sin reparar en su contenido lo guardó en la cartera. Unos días después se quedó helada cuando descubrió que en la tapa había una foto mía, enorme, con un título único, estremecedor: “Drogas”. Durante varias semanas, ellos y mi hermano, y quién sabe si alguno más, debatieron acerca de si ponerme al tanto de la existencia de ese libelo. Cuando me lo dieron tragué saliva, sonreí, los tranquilicé con el elemental razonamiento de que “No pasa nada. ¿No ven que ni siquiera tiene una firma responsable? Y lo de la droga, ustedes saben que yo ni siquiera fumo. No tienen que tomarlo de manera tan literal”. También en 1974, en plena actividad de la Triple A, sufrí un allanamiento policial en mi departamento del barrio de Once. Cuando, después de la impresión, les pude preguntar a esos tres desconocidos que portaban ametralladoras el motivo de su presencia, me dijeron, con mucha seguridad: “Es por una denuncia anónima por tenencia de armas, pero quédese tranquilo, porque el procedimiento tuvo resultados negativos”. Ah, ¿así que era esto el rastrillaje? En las tres ocasiones lo que sentí fue miedo, aunque, extrañamente, no tuve sensación de libertad amenazada. Eso era, sin embargo, lo que estaba ocurriendo. Aun admitiendo que uno no es, nunca, “libre como un pájaro” o “como el viento”, que esas son únicamente frases de canciones, me negaba a reconocer que, de a poco, me fueron limitando mi pedazo de libertad. No por nada a fines de octubre de 1974 decidí salir de Argentina por primera vez.

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Aun admitiendo que uno no es, nunca, “libre como un pájaro” o “como el viento”, que esas son únicamente frases de canciones, me negaba a reconocer que, de a poco, me fueron limitando mi pedazo de libertad. No por nada a fines de octubre de 1974 decidí salir de Argentina por primera vez.

Nací en 1943 y veintitrés años de mi vida los atravesé con gobiernos que no reconocían entre sus valores trascendentes el de la libertad. Era demasiado chico cuando las transiciones dudosas, ambiguas, encabezadas por Castillo, Ramírez y Farrel. Pero después me acuerdo de cuando Guido reemplazó a Frondizi, o Lastiri y Luder se sentaron en el trono reemplazando a Perón e Isabel. Viví dictablandas y parte de la dictadura del 76, así como también las escandalosas sucesiones presidenciales posteriores a la dimisión de De la Rúa. Soy un ciudadano argentino que, como dice el lugar común, “nunca estuve privado de mi libertad” (en realidad, sí, una vez por un rato, pero por una infracción callejera y no viene al caso contarla); integro una generación a caballo entre dos siglos y por eso escuché montones de veces, y también me burlé de ellas, frases moldeacabezas como “Una cosa es la libertad y otra el libertinaje” y “La libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro”. Hace unos años, al escribir una columna sobre todas las veces que voté (he aquí un gran ejercicio de libertad, no siempre demasiado valorado), descubrí que en una de las páginas de la hoy en desuso libreta de enrolamiento estaba la letra completa de nuestro canto mayor, el Himno Nacional. En el proceso de escritura de este texto volví a consultar ese documento que es memoria y comprobé que en sus nueve octetos y nueve coros el himno contiene cinco veces la palabra “libertad”, dos en versos que nunca se cantan y tres en la parte que se repite: “Libertad, Libertad, Libertad”. También figura una vez “libres” (“Y los libres del mundo responden”). El largo poema de Vicente López y Planes contiene palabras bastante poco liberadoras, como “tumbas”, “venganza”, “guerra”, “sangriento”, “sangre”, “cruel”, “tirano”, y el final no es precisamente una flamígera apelación a la libertad, sino la inquietante propuesta, para colmo repetida tres veces, “O juremos con gloria morir”.

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Tal vez por haber aprobado varias materias de la vida (ninguna previa, lo juro), suelo adentrarme en los significados de la libertad en los tiempos que corren. Llegué a una conclusión: uno es más libre cuanto menos deudas (materiales, simbólicas, vocacionales, morales, intelectuales y, desde luego, afectivas) tenga. Claro, nunca nada definitivo, todo provisorio, sencillamente porque vivo en Argentina, un país en el que se habla bastante más de la felicidad que de la libertad. Atravesamos una época de achicamientos, recortes y ajustes, que nos limitan en numerosos aspectos y en especial en la capacidad y posibilidad de elegir. Esto nos resta libertad. Cuando era un chico nos corrían con los cucos (soy de esa época, y a mucha honra) si no tomábamos en hora el jarabe de la tos o postergábamos demasiado nuestras obligaciones escolares. Hoy, los nuevos cucos pueden ser la posibilidad de pasar mañana mismo a ser un nuevo despedido, o recibir una factura de luz o gas de tan alto valor que no podamos hacerle frente, o que nos encanen sólo porque asistimos pacíficamente a una movilización, o que nos invaliden socialmente porque tenemos miradas críticas a las políticas del neoliberalismo. Todo eso nos vuelve débiles y manejables, y por lo tanto menos libres.

la calle Libertad al 800 en Ciudad Autónoma de Buenos Aires

En mis más de cincuenta años de trabajo en los medios, una de las frases más escuchadas acerca de la inevitable tensión entre el poder empresario y el periodista es “Una cosa es la libertad de prensa y otra la libertad de empresa”. Expresión multifuncional, puede estar en boca del dueño de un medio o en la de un trabajador, y como a esta altura es un lugar común, puede decirlo alguien que no sea ni una cosa ni la otra. Acaso quien la repita no haya advertido que en los últimos veinte años esa libertad de la que habla el dicho se inclinó casi por completo para el lado de las empresas. Y eso generó caída de proyectos, quita de derechos laborales, cierre de medios, crecimiento de los sectores financieros por sobre los periodísticos y redaccionales, y una brutal precarización que no cesa.

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¿Cómo es este presunto “hablarlo todo”? ¿Nos permitió crecer en educación, en ciudadanía, en libertad interior? Mi respuesta es: no. Esos márgenes de libertad que tanto entusiasman a un extranjero son, en rigor, sólo formales y aparentes.

Esto que cuento tuve necesidad de aclararlo varias veces en años recientes. Visitantes extranjeros, en especial latinoamericanos o centroamericanos, luego de comparar los estándares de libertad de expresión de algunos medios locales con los de sus países, llegaban a la conclusión de que nuestro promedio era “muy superior, porque aquí ustedes los periodistas pueden decir cualquier cosa”. ¿Cómo es este presunto “hablarlo todo”? ¿Nos permitió crecer en educación, en ciudadanía, en libertad interior? Mi respuesta es: no. Esos márgenes de libertad que tanto entusiasman a un extranjero son, en rigor, sólo formales y aparentes. Salvo excepciones, los medios en Argentina hacen poco para transformarse en vehículos para mostrar las inequidades, para convertirse en canales para legitimar las demandas de las minorías, para funcionar como expositores permanentes de valores como memoria, verdad, justicia y derechos humanos. El mostrarlo todo de los medios oculta más de lo que revela, simula más de lo que sincera. Esto originó una crisis de credibilidad, al punto que hasta las autopsias de los famosos son puestas en duda y discusión (ocurrió hace justamente treinta años con la de la pareja de Carlos Monzón, y acaba de volver a ocurrir con la de Débora Pérez Volpin). La libertad de expresión –un cociente dañado por múltiples réditos empresarios– es algo que se declama por conveniencia y se oculta por interés. Otros factores empequeñecen los niveles de libertad e independencia periodísticos. En los medios cada vez tienen mayor peso e influencia lo comercial, lo publicitario, lo propagandístico, lo promocional. ¿Cuánto de lo que vemos, escuchamos y leemos es genuina inspiración y realización de las redacciones y cuánto es producto de las agencias de relaciones públicas?

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Desde hace más de veinticinco o treinta años, la idea de Bernardo Neustadt a partir de su eslógan “Estas empresas a las que les interesa el país anuncian en Tiempo Nuevo” se transformó en imbatible. Desde entonces, el concepto neustadtiano fue adoptado por centenares de periodistas y también de empresas, primero por supervivencia y finalmente por pura conveniencia. Ambos cambiaron fuentes por clientes. Las empresas lotean sus espacios; los periodistas deben procurarse auspiciantes para pagar el valor de esos espacios. Acosadas por compromisos inevitables, las dos partes hicieron poco para levantar el nivel de los contenidos y proteger la libertad expresiva. Los periodistas y conductores llegaron más lejos. No mostraron el menor fastidio por tener que hacer lo que antes quedaba a cargo de los locutores que estudiaron una carrera para eso: los PNT (Publicidad no tradicional), modalidad degradante que llegó incluso a las ficciones. En este momento, especialmente en el cable y la radio, hay periodistas con un poderoso rol de auspiciantes, y, paradójicamente, señales televisivas y emisoras precarizadas al máximo, en proceso de liquidación o directamente en concurso de acreedores o quiebra.

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En 1993, en la hoy inexistente revista Somos, Luis Majul y Alfredo Leuco publicaron una muy apreciable investigación sobre el periodismo de aquel momento titulada “El negocio de la verdad”. Tengo la impresión de que los dos pensaban distinto de como piensan y actúan en los últimos años, tanto sobre el negocio como sobre la verdad. En aquel texto no omitieron mencionar ciertos manejos turbios de los medios, como el de los periodistas que recibían auspicios publicitarios así como aportes extras y secretos por ese oscuro procedimiento denominado compra, o venta, de silencio. Gente que intercambiaba sobres por favores no para ser mencionada, sino para todo lo contrario.

Esas metodologías de pura subsistencia no sólo atacan la libertad personal (ideológica) y profesional. Inevitablemente, el periodista se verá ante una encrucijada: ¿a quién debe serle fiel?, ¿a su lector o a su exfuente y ahora cliente?

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Como dice Crónica TV: ampliaremos.

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