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Del futuro se olvidaron hace rato

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Por Cynthia Ottaviano / SOBRE LA URGENCIA DE UN NOMIC EN UN NUEVO MUNDO DE PRIVILEGIOS Y EXCLUSIONES / Ante el perfeccionamiento de las técnicas de control y vigilancia posibilitado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las libertades se resienten y las democracias se vacían. Reflexiones sobre las últimas medidas tomadas en Estados Unidos, China y Argentina que atentan contra el derecho humano...
SOBRE LA URGENCIA DE UN NOMIC EN UN NUEVO MUNDO DE PRIVILEGIOS Y EXCLUSIONES / Ante el perfeccionamiento de las técnicas de control y vigilancia posibilitado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las libertades se resienten y las democracias se vacían. Reflexiones sobre las últimas medidas tomadas en Estados Unidos, China y Argentina que atentan contra el derecho humano a la comunicación, y sobre las responsabilidades de esa minoría dueña de todas las cosas, que está cada vez más lejos de actuar en el presente como si el futuro ya hubiera llegado.

Por Cynthia Ottaviano
Egresada del Doctorado en Comunicación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Periodista, docente y defensora del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual (MC).

Fotos: Sebastián Miquel

Vivir el presente como si fuera el futuro. Reconocer la responsabilidad de los vivos por lo que ocurre después de la muerte. Al final de sus días, el historiador británico Tony Judt reconoció que la “única conversación filosófica seria” que tuvo en “toda su vida” fue sobre ese tema.1

A Judt no le preocupaban la vida o la muerte en sí, sino reflexionar sobre la necesidad de “actuar ahora como si fuéramos a seguir viviendo, como si fuéramos a estar ahí para asumir la responsabilidad por nuestras palabras y nuestros hechos, por la vida en el futuro, aunque no sea nuestro propio futuro” (Judt, 2010).

Si se tratara de vivir el presente como si el futuro ya hubiera llegado, si cada una de las personas que habitan este mundo pensara que las consecuencias de sus acciones, aunque ocurran cuando ya no estén, le son propias, muchos de los cambios bruscos e intempestivos que se vienen imponiendo en el campo comunicacional a tiro de firma presidencial o de mayorías automáticas gubernamentales, en distintos rincones del planeta, no se deberían haber tomado.

Se ha demostrado que lleva décadas llegar a consensos en defensa del derecho humano a la comunicación o cuanto menos de la libertad de información y expresión (tiempo que corre de manera directamente proporcional a la presión de los poderes fácticos: mucha presión logra dilatar las decisiones) y un minuto modificarlo por decreto o por mayorías gubernamentales en los organismos de control (inversamente proporcional a la presión empresaria: a mucha presión le corresponde poco tiempo). Casi nunca o nunca, claro está, para bien de los pueblos.

Así como en los medios de comunicación tradicionales en nombre de cierta libertad de expresión se concentra y promoviendo cierta pluralidad se censura, en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación puede reconocerse que en nombre de cierta igualdad se profundizan las exclusiones y en nombre de cierta libertad se promueven nuevas “servidumbres voluntarias” (De La Boétie, 1548).

Por lo menos tres ejemplos recientes de decisiones globales tomadas en el campo comunicacional, aunque en geografías distantes, lo corroboran.


Caso I: Estados Unidos

En los Estados Unidos, el 14 de diciembre pasado, la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) dejó de garantizar la “neutralidad de la Red”, dándole la espalda a la decisión tomada durante la Administración de Barack Obama que había considerado Internet como un “servicio público” de las telecomunicaciones.

Hasta el 14 de diciembre, se suponía (aunque no fuera real) que los proveedores de servicios de Internet no podían manipular el flujo de la información. De hecho, tenían prohibido bloquear un contenido legal, modificar la velocidad de acceso en beneficio de unos y perjuicio de otros y favorecer un contenido por sobre otro.

Desde fines de 2017, la mayoría republicana que responde a Donald Trump, por tres votos contra dos, volvió la Internet el Far West de los privados sin regulación o casi: sólo tienen que transparentar las formas de gestión de la Red, de manera que ya no importa cómo la gestionen ni por qué.

Se trata de un negocio más entre privados, por eso la FCC (la Enacom de los Estados Unidos) dejó de ser la autoridad de referencia y pasó sus atributos a la Comisión de Comercio, para que “regule” fusiones, compras, posiciones dominantes, oligopolios o monopolios.

“Business are Business”: ahora, unos pocos proveedores o directamente un solo proveedor pueden o puede decidir qué contenido privilegiar y qué otro censurar, como mínimo. Un nuevo mundo de exclusiones y privilegios para unos pocos.

¿Hay verdadera libertad para las mayorías si el acceso a la información está controlado por unos pocos? ¿Cuáles son las consecuencias de la mercantilización de un derecho humano, después de cimentar durante décadas la pedagogía de la libertad y la democratización en la Red de Redes, en realidad, un medio absolutamente digitado y controlado?

Caso II: China

En China ya hay 176 millones de cámaras de monitoreo y la identificación biométrica de rostros forma parte de la vida cotidiana. Las últimas novedades dan cuentan de algunas acciones en apariencia inofensivas y otras no tanto: basta con sonreír frente a una cámara de un restaurante para pagar la cuenta (es decir, ya no hay manera de comer sin pagar y menos con cara de traste), mirar fijo a la entrada del edificio para que la puerta se abra sola (es decir, se sabe con certeza quién está y quién no, desde qué hora, y con quién o quiénes), cruzar mal la calle para que monitores viales enormes delaten la identidad de quien cometió la falta y le hagan llegar la multa a su casa (es decir, escrachar infractores, incluso distraídos y ocasionales, mancillándolos con el escarnio público). Y, a partir de un último acuerdo entre el gobierno y los privados, realizar seguimiento de manifestantes, con reconocimiento de su identidad, militancia y perfil (es decir, toda la información disponible, tanto pública como privada, que haya podido ser cruzada a partir de los yacimientos de datos que brindan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación al alcance del poder, al instante y sin la más mínima autorización de la víctima, por lo menos voluntaria, para ese fin).

¿Puede llamarse libre la persona que al caminar por un espacio público está siendo señalada, identificada, reconocida, controlada y puesta a merced no sólo de las autoridades gubernamentales sino de los poderes fácticos económicos globalizados?

Caso III: Argentina

En la Argentina, por primera vez en la historia del país, a partir de decretos de “necesidad y urgencia” del presidente Mauricio Macri y de resoluciones de los organismos de (des)“control” ultragubernamentalizados, un solo grupo económico se erige como todopoderoso: ahora puede brindar la información y comunicación que produce (en detrimento de otros), en todos los formatos y soportes existentes (en detrimento de otros), consolidando su posición dominante en todo el país, e incluso monopólica, al absorber, por ejemplo, todas las empresas proveedoras de servicios de Internet en algunas ciudades (en detrimento de las audiencias) y controlando el flujo de esa información (en detrimento de la democracia).

Mientras tanto, se debilita el sistema público de medios, también gubernamentalizado, se incumple la ley discontinuando políticas de promoción de medios comunitarios, alternativos y populares, y se perfeccionan mecanismos de vigilancia en las redes sociales e Internet, así como con las cámaras de seguridad de los espacios públicos se idean planes sistemáticos de persecución ideológica, se promueven detenciones políticas y arbitrarias y se cometen hechos de violencia institucional en el marco de represiones de la protesta social, hechos silenciados o tergiversados en los medios de comunicación concentrada, aliados del gobierno.


¿Cuál es el poder real de un gobierno frente a un gigante de la comunicación que no es regulado en favor de las audiencias y lectores y lectoras, sino de sus propios intereses? Si la democracia no es posible en escenarios de concentración comunicacional, ¿qué libertad cierta tienen quienes viven sin Estado de derecho?

Más que “una pistola en la cabeza de la democracia” (D’Elia, 2010), desde 2015 parece haber una ametralladora que apunta al corazón de la esmirriada democracia.

Clasificación social para la vigilancia

La “sociedad del control” que plateó Gilles Deleuze agudiza a cada instante sus herramientas de seguimiento, rastreo, observación 24/24 y clasificación de la información. Segundo a segundo, miles de millones de personas entregan de manera voluntaria y “gratuita” a las redes sociales y proveedores de Internet información sobre lo que hicieron, cómo lo hicieron, si les gustó o no, cómo se sienten, con quiénes lo hicieron o les gustaría haberlo hecho, cuál es su gráfico de contactos, cuáles son sus hábitos de consumo, sus preferencias políticas, sus fortalezas y debilidades, por qué zonas se mueven. Información que comparten, producen y reproducen sin pensar en esa “vigilancia líquida”, en esa “voluntad de servidumbre” (ya que nadie es obligado a dar esa información), sin pensar en el control al que están sometidas, cuestión en la que radica uno de sus éxitos. La etapa del pospanóptico permite que los “inspectores” puedan “desaparecer” o incluso “instalarse en reinos inalcanzables” e inaccesibles (Bauman, 2013: 12).

Ya nadie corre riesgos en la persecución o el seguimiento. Ya no hay “cuerpo a cuerpo”: hay cámaras, drones y analistas del “Big Data” que monitorean desde cómodas oficinas con aire acondicionado, disolviendo así la propia responsabilidad, en términos de Hannah Arendt.

Tan precisa es la información, que permite delinear de manera predictiva cómo va a ser el próximo comportamiento, habilitando la inducción como camino de acción. Para el surcoreano Byung-Chul Han, la exploración de esos datos “hace visibles modelos colectivos de comportamiento, de los que ni siquiera somos conscientes como individuos. Y de este modo abre el inconsciente colectivo”. Desde su perspectiva, el psicopoder es más efectivo que el biopoder, porque vigila, controla y mueve a los hombres y mujeres ya no desde “fuera”, sino desde “dentro”. Así, acuñó el concepto “psicopolítica digital”: en la sociedad de la alardeada transparencia, nunca se vivió tanta opacidad para la mayoría, ya que, con la ayuda de la vigilancia digital, la psicopolítica está en condiciones de leer pensamientos e incluso de controlarlos.

“El mercado de vigilancia en el Estado democrático se acerca peligrosamente –concluye Han– al estado de vigilancia digital. La sociedad de la vigilancia digital, que tiene acceso al inconsciente colectivo, al futuro comportamiento social de las masas, desarrolla rasgos totalitarios. Nos entrega a la programación y al control de los psicopolíticos”.

Además de predecible, el inconsciente colectivo ¿es moldeable?, ¿puede encausarse? Sabemos que puede digitalizarse, pero ¿puede digitarse?, ¿hay resistencias posibles cuando ni siquiera se reconoce aún la dominación?, ¿o es que no hay una verdadera dominación, sino una puja permanente como en todo campo comunicacional?, ¿y cómo es entonces esa correlación de fuerzas?2

Opacidad para las mayorías, transparencia para el poder

En la era de las tecnologías de la información y la comunicación se invirtió la realidad habitual de los medios de comunicación tradicionales en los que muchas personas observaban a unas pocas en la radio, la televisión, el cine o los diarios. Ahora, por el contrario, muchas personas son observadas por unas pocas, capaces de excavar y explorar las capas geológicas de información y venderlas al mejor postor (Mathiesen, 1997).

A la vez que desde el activismo aún se rescata el potencial para la organización política y la solidaridad planetaria que permiten las redes sociales, se produce una “adiaforización”, en la que los sistemas y los procesos “se alejan de cualquier consideración moral”. La distancia entre la toma de decisión y la acción separa a “las personas de las consecuencias de sus acciones”, pero, sobre todo, los datos biométricos de las personas, los que produce cada una de ellas, con una contraseña, el uso de una tarjeta de crédito o una simple búsqueda en Internet, son “integrados en bases de datos para ser procesados, analizados y relacionados con otros datos” (Bauman, 2013: 16).

Consideraciones positivas (la democratización que permite la Red de Redes) enmascaran la falta de libertad que implica esa entrega y vigilancia y sus consecuencias. La mirada tecnodeterminista que, como toda observación, señala esta realidad como un efecto del progreso, en el que la tecnología se expande cada vez a mayores ámbitos de nuestra vida, intenta sepultar su implicancia desde el punto de vista “social, cultural y político”, dejando en el olvido la pregunta esencial: si la vigilancia no se debe sólo al “creciente protagonismo de las nuevas tecnologías”, ¿se deberá también “a la manera en que está repartido el poder”? (Lyon, 2013: 17, 19).

Así es como las personas son reducidas a información evaluada y juzgada, sin que puedan hacer lo mismo con sus jueces y clasificadores. La transparencia aumenta para quienes detentan el poder, mientras se diluye para las mayorías. Incluso, la trampa lleva hasta a pensar que se hace de manera “gratuita”, cuando en verdad el costo es tan alto como la libertad o la misma democracia.

Como en un efecto dominó, la separación del poder y la política comienza a ensancharse: el poder real “existe en el espacio global y extraterritorial”, mientras que la política busca unir “los intereses públicos y privados” en el plano local, “incapaz de actuar a nivel planetario” (Bauman, 2013).

La pérdida de privacidad aparece entonces primera en la lista de saldos, pero ¿qué pasa con la libertad de decir, de hacer? ¿Y los derechos humanos? ¿Qué grado de conciencia existe de que cuando una persona sube fotos de sus vacaciones o la fiesta en la que estuvo anoche se transforma en el acto en un bien vendible para empresas de turismo, ropa, valijas y diversión, sólo por citar algunos rubros?, ¿o –lo que puede ser peor– de que por subir fotos de una manifestación puede terminar en listas negras? ¿Se asume con libertad que al exhibir la propia historia se despersonaliza, se transforma una persona en un objeto, porque el producto pasa a ser ella misma? Siempre alguien paga por lo que se disfraza de gratuidad. Y nadie tiene más dinero que el poder económico concentrado.

Paradojas contemporáneas. A mayor búsqueda de “seguridad”, multiplicando cámaras y sistemas de vigilancia, menor libertad. A mayor “libertad” para buscar información, mayor “prisión” de quienes controlan esa información, invisibles, inaccesibles, pero existentes. A mayor orden, mayor exclusión.

No hay forma de saber cuándo las categorías de “riesgo” pueden incluirnos “accidentalmente” o “más probablemente excluirnos de la participación”, dejarnos o no entrar a un lugar físico, incluso a un país (Lyon, 2013: 108).

Así, estas “culturas de la seguridad”, junto con sus “infraestructuras de vigilancia”, terminan por producir inseguridades y “agravan las desigualdades sociales”, dado que la amenaza que “une es el miedo al Otro” (Monahan, 2010: 150). Miedo que a su vez buscará un “orden”, para brindar “seguridad”. Así como en una casa las cosas del baño son mantenidas en el baño y las de la cocina en la cocina, lo contrario a esa “normalidad”, a ese “orden”, será etiquetado, encasillado, clasificado y encajado en esa “seguridad del orden”. Así, “todos necesitamos designar a los enemigos de la seguridad para evitar ser considerados parte de ellos […] Necesitamos acusar para ser absueltos, excluir para evitar la exclusión” (Bauman, 2013: 110).

En esa operación de “seguridad” aparecerá una nueva trampa: la necesidad de confiar en el sistema, por más abusivo que sea, porque, al hacerlo, las personas decentes “que somos” estaremos a salvo, reafirmando así la decencia y “lo adecuado de nuestro comportamiento” (Bauman, 2013: 111).

Estas medidas de injerencia global parecen escabullirse de la necesaria problematización para dimensionar sus verdaderas consecuencias, ya que todos los “desarrollos” tecnológicos implican relaciones más culturales, sociales y políticas que técnicas. Sin embargo, no hay poder total, totalizador ni totalizante sin grietas ni resquicios para comenzar la transformación.

Urge inventar un nuevo mundo con un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación, en la búsqueda de consensos ineludiblemente internacionales, hechos por Estados que se entramen, que potencien su poder en la suma de los poderes locales, debilitados frente al poder trasnacionalizado. Impulsar medidas colectivas, globales, regulatorias, que logren frenar o cuanto menos horadar el curso devastador que hasta aquí se proponen los dueños históricos de todas las cosas. De cada vez más cosas, incluidas la libertad y las democracias.

Sólo con Estados emancipados de esos poderes económicos, financieros y comunicacionales, y con sujetos políticos conscientes de las batallas por librar, ese nuevo mundo puede ser posible.

Notas

1 Entrevista realizada por Stephen Foley, el 24 de marzo de 2010, en The Independent. “Tony Judt: ‘I am not pessimistic in the very long run’”. Recuperado en línea de http://www.independent.co.uk.

2 Publicado por la autora en Revista Contraeditorial del 24 de octubre de 2017.

Referencias

Bauman, Zygmunt y David Lyon (2013). Vigilancia líquida. Buenos Aires: Paidós.
De La Boétie, Etienne (1548). “Sobre la servidumbre voluntaria”. Disponible en: http://www.noviolencia.org/publicaciones/contrauno.pdf.
Han, Byung-Chul (2017). En el enjambre. Buenos Aires: Herder.
Mathiesen, Thomas (1997). “The viewer society: Michel Foucault’s panopticon revisited”. En: Theoretical Criminology, Vol. 1, N° 2.
Monahan, Torin (2010). Surveillance in the Time of Insecurity. New Brunswick: Rutgers University Press.

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