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Contra el libertinaje

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Tres mujeres jóvenes se abrazan

Por Araceli Bellotta / EVA PERÓN, DESDE LAS ANTÍPODAS DEL LIBERALISMO / Es una farsa si no está ligada a la defensa de los derechos humanos. Su existencia es directamente proporcional a la distribución de la riqueza. Tiene como condición la intervención del Estado para que los más débiles no sean tristemente libres de morirse de hambre y desolación en tanto otros lo son de apropiarse del esfuerzo ajeno. Fundándolo en estos tres pilares, Evita define el sentido de la libertad para su fuerza política al...
EVA PERÓN, DESDE LAS ANTÍPODAS DEL LIBERALISMO / Es una farsa si no está ligada a la defensa de los derechos humanos. Su existencia es directamente proporcional a la distribución de la riqueza. Tiene como condición la intervención del Estado para que los más débiles no sean tristemente libres de morirse de hambre y desolación en tanto otros lo son de apropiarse del esfuerzo ajeno. Fundándolo en estos tres pilares, Evita define el sentido de la libertad para su fuerza política al inaugurar, en 1949, el Movimiento Peronista Femenino. Fragmentos esenciales de un discurso que resuena con la misma potencia que hace setenta años, mientras quienes enarbolan el supuesto derecho de cada cual a hacer lo que le plazca vuelven a apostar a un Estado ajeno a los males del desequilibrio para saciar su voracidad de lucro.

Por Araceli Bellotta
Periodista, escritora e historiadora.
Autora de los libros Eva Perón, abanderada de los humildes, Las mujeres de Perón y Eva y Cristina, la razón de sus vidas, entre otros.

Fotos: Sebastián Miquel

El 26 de julio de 1949 se realiza el acto inaugural de la Primera Asamblea Nacional del Movimiento Peronista Femenino, al que asisten cuatro mil delegadas de todo el país. En el Teatro Nacional Cervantes de la ciudad de Buenos Aires, Eva Perón define en qué consiste la libertad que el peronismo viene a ofrecer a todo el pueblo argentino y en particular a las mujeres, y la coloca en las antípodas de la que ofrece el liberalismo, que levanta esta virtud como esencial para la existencia de la democracia y la república.

“Los grandes males que amenazan al hombre actual coinciden en sus orígenes con el nacimiento del liberalismo, que a pesar de las bondades que tantos pensadores de bien le reconocen, mantiene vicios de sistema que no están de acuerdo con los derechos de la sociedad, que no puede resultar, a pretexto de libertad, encadenada al libertinaje y a los privilegios económicos de minorías explotadoras”, dice Eva ofreciendo una primera definición: la libertad no existe si no está estrechamente ligada con los derechos humanos.

Tras referirse a la Revolución Industrial producida en Inglaterra, señala que “creaciones mecánicas de toda índole fueron favoreciendo la lucha del hombre por la producción y los gobernantes de entonces no hallaron mejor modo que aquel de ‘dejar hacer y dejar pasar’, como contraposición a los viejos privilegios feudales, que habían sido aparentemente derrotados por la proclamación de los Derechos del Hombre. Se impuso así el libre albedrío, que si en verdad resultó revolucionario y progresista ante los viejos privilegios del feudalismo, engendró un conflicto de libertades ante la pasividad desconcertante del Estado Gendarme, ajeno a los males del desequilibrio en ciernes”.

“La prescindencia del poder rector del Estado –continúa– engendró en el hombre el error, que es el pecado mortal del liberalismo, de volcarse en los excesos del egoísmo, buscando afanosamente primero y sin ningún escrúpulo después, las más groseras acumulaciones de riquezas para saciar una enfermiza pasión de lucro que se hizo la lacra del capitalismo internacional.” Aquí presenta su segunda definición: para que la libertad no sea ficticia, el Estado debe intervenir como regulador de las desigualdades de fuerzas. Y lo explica así: “La injusticia social fue la consecuencia inmediata de ese Estado que dice apoyarse en la libertad porque cada cual es libre para apropiarse del esfuerzo ajeno y las masas tienen la triste libertad de morirse de hambre, de miseria y de desolación. El capitalismo, que se fortaleció hasta lo infinito con el concepto liberal de una libertad que cada día tenía más características de libertinaje, vivió ajeno a la distribución humana de la riqueza”. Esta es la tercera definición de Eva: la libertad sólo puede existir si la riqueza se distribuye con equidad, es decir, si no está ligada a la justicia social, la libertad es falsa.

Dos mujeres se agarran de las manos en símbolo de unidad y lucha feminista

Enseguida lo expresa con su estilo, clarito y sin vueltas: “La riqueza sólo es un bien cuando se distribuye equitativamente, para que llegue a todos en la medida necesaria. Es lo que nos ha dicho en cien ocasiones el general Perón cuando sintetizó su pensamiento distributivo anunciando ‘que los ricos deben ser menos ricos y los pobres deben ser menos pobres’”. “Ahogados así los hogares de los pobres –añade– asistieron impotentes al desenlace sordo y lento de la tragedia de nuestros tiempos: salarios insuficientes, ausencia de previsión, ninguna garantía económica o social. De los hogares de los trabajadores, en toda la extensión del mundo, había huido la sana alegría de vivir. Y esa tragedia, que es obra directa del capitalismo deshumanizado, fue posible por el libertinaje del liberalismo, al que se intenta pasar de contrabando disfrazándolo de libertad.”

Recién en este punto de su discurso introduce la cuestión de género, enmarcándola dentro del contexto político y económico de las naciones, lo que hizo posible que en Argentina la lucha por la liberación de las mujeres dejara de ser una preocupación de pequeños círculos de la élite femenina que venía militando desde principios del siglo XX, para transformarse en un reclamo popular. Con el peronismo, ya no fueron las mujeres solas clamando por sus derechos en forma aislada, sino que se incorporaron al resto de los postergados: los trabajadores, los ancianos y los niños, quienes a su vez también las sumaron en sus luchas.

Eva primero se refiere a la doble jornada laboral, que todavía rige en nuestros días: “La mujer fue doblemente víctima de todas las injusticias. En el hogar sufría más que los suyos, porque toda la miseria, toda la desolación, todos los sacrificios los monopolizaba ella para evitárselos a sus hijos. Llevada a la fábrica sufrió toda la prepotencia patronal. Atormentada por el sufrimiento, abatida por las necesidades, aturdida por las jornadas agotadoras y rendida en las escasas horas destinadas al reposo por los quehaceres del hogar, nuestras compañeras de entonces –que son nuestras compañeras de hoy, aunque avergüence recordarlo, en infinidad de países del mundo– no encontraron otra puerta en su vida que la resignación frente al ‘acumular cada día más’ de los insensibles y bastardos expoliadores del capitalismo”.

En segundo término alude a la vieja consigna “igual salario por igual trabajo”, también vigente en la actualidad: “Y como si fuera poco, el destino le deparaba un sufrimiento más. Descubierta por el industrial como fuerza de trabajo que se puede pagar menos, transforma a la mujer laboriosa en la competidora de su propio hermano trabajador, realizando por imposición de las circunstancias y las necesidades de llevar el sustento al hogar, los mismos trabajos pero con salario menor”.

Después convoca a las mujeres a continuar el camino emprendido por el peronismo con estas palabras: “Reclamamos un puesto en la lucha y consideramos ese derecho como un honor y como un deber. Si nuestros compañeros se sintieron proletarios porque les fue negado el acceso a la propiedad y a una existencia mejor y no gozaron más que de una ficticia libertad política, regulada por la reacción y negada por el fraude, nosotras las mujeres fuimos menos libres y más explotadas. Si los trabajadores conocen la repugnancia que hay en comercializar el trabajo a bajo precio considerándolo, no como el esfuerzo a través del cual el hombre se realiza, sino como una mercancía más en el mercado de consumo capitalista, esa repugnancia ha sido doble en la mujer. Y si al hombre se le impidió el goce total de la vida ciudadana, a la mujer laboriosa como él, más negada que él y más escarnecida que los hombres se le negó también y en mayor proporción el derecho a rebelarse, a asociarse y a defenderse”.

Eva concluye su discurso citando a Perón, cuyas palabras resumen muy bien todo lo que ha expuesto y, a la vez, instan a reformular el concepto de libertad individualista levantado por el capitalismo: “Los conceptos de libertad y de democracia están evolucionando con rapidez. La libertad será cada vez menos el derecho de cada cual de hacer lo que le plazca, para ser cada vez más la obligación de hacer lo que convenga a la colectividad. En este sentido la intervención del Estado aumentará día a día, lo que no es incompatible con el más profundo respeto a los principios esenciales de una democracia auténtica y de una república representativa. Desgraciados los pueblos que por no querer ver la evolución de los ideales políticos se empeñen en establecer una incompatibilidad entre las fuerzas del Estado y las ideas de libertad lo mismo que en materia económica. Subsistirá en el futuro el régimen capitalista individual, pero sobre la base de transigencias y concesiones [...] Ni la libertad económica puede tener en un futuro próximo –no lo tiene ya– el mismo sentido que el liberalismo manchesteriano, ni la libertad política puede quedarse en la revolución francesa”.

De esta manera Eva Perón inaugura el Movimiento Peronista Femenino y establece con claridad la doctrina que va a guiarlo. Para el peronismo la libertad es una farsa si no está ligada a la defensa de los derechos humanos y a una justa distribución de la riqueza, y, para lograrla, el Estado debe participar a fin de proteger a los más débiles. Porque cuando se abstiene, como sucedió a partir de 1853, con el interregno de los gobiernos de Hipólito Yrigoyen, se hace cómplice de los más fuertes, que son los dueños del capital.

Evita pronunció este discurso hace casi setenta años, y hoy su fuerza política bien podría tomarlo como base para la unidad que está discutiendo.

Referencias

Perón, Eva (2004). Discursos completos, 1949-1952. Tomo II. Buenos Aires: Artes Gráficas Piscis SRL.

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