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Algunas consideraciones extrauterinas sobre el aborto

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Una joven levanta un pañuelo verde a favor de la ley del aborto legal, seguro y gratuito
ENSAYO (Por Alejandro Kaufman) / Abdicando de la masculinidad como privilegio señorial y orientando la palabra de modo que no sea sustitutiva de la voz de la otredad sino interrogante sobre la propia relación con el tema, Alejandro Kaufman reflexiona sobre las prácticas abortivas en cuanto trinchera estratégica del régimen falocrático para continuar manteniendo...
ENSAYO / Abdicando de la masculinidad como privilegio señorial y orientando la palabra de modo que no sea sustitutiva de la voz de la otredad sino interrogante sobre la propia relación con el tema, Alejandro Kaufman reflexiona sobre las prácticas abortivas en cuanto trinchera estratégica del régimen falocrático para continuar manteniendo a las mujeres como rehenes de la desigualdad de género y sobre un debate al respecto en el que la simetría de los parámetros establecidos con posiciones profundamente reaccionarias contribuye a aherrojar el útero. Una enunciación disidente que no deja de atender a lo más penoso que allí se margina y convoca a poner en discusión deseante las condiciones emancipatorias de la existencia.

Por Alejandro Kaufman
Docente.

Fotos: Sebastián Miquel

Ironía sobre la condición careciente de útero, determinante biológico de la gestación… ¿Cómo discutir el problema social, político, jurídico de las prácticas abortivas? Qué decir y cómo desde afuera del útero. Manifestar tal exterioridad en estas líneas deviene de postular la disidencia o abdicación de la masculinidad como privilegio señorial. Intervenir o adoptar perspectivas de género supone radicalizar conceptualmente todo el campo cognitivo cuando se trate de acompañar efectivamente el deslumbrante movimiento de mujeres tal como se manifiesta en la actualidad. Tarea de orientar la propia palabra de modo que no sea sustitutiva de la voz de la otredad sino interrogante sobre la propia relación con el tema. Así, no es pertinente qué derechos se tengan sobre la gestación cuando se ha participado de la concepción, sino qué relaciones de poder y libertad entable el masculino con la gestante. Todo ello sin perjuicio de la ampliación identitaria concerniente a la gestación, la cual disloca, deslinda la determinación genérica sobre la gestación. Más allá de la relevancia cuantitativa que implique tal renovación lexical, un móvil crucial es la demolición del esencialismo como estigma de la gestación, con todo lo que ello implica.

La revolución de género es mutación decisiva de la historia evolutiva y cultural; su genealogía en términos de resistencias, desvíos, silencios y represiones transitó milenios, pero su historia reciente no más de dos siglos. Cualquier aspecto que consideremos habrá de situarse en una transición entre lo conocido y la emancipación. Cada avance estará atravesado por huellas del pasado y de los esfuerzos conservadores o regresivos del paradigma señorial falocrático. Las prácticas abortivas son una trinchera considerada por ellos como estratégica. No importa si la modernidad deja fuera de duda la inanidad de reprimir esas prácticas. (Hablemos en lo posible de prácticas, a fin de declinar el sustantivo y su condición metafísica. Prácticas también por la multiplicidad de acontecimientos, entre los precarios de las desposeídas, las adecuaciones tecnológicas del bienestar o los avances continuos de las tecnologías). Inanidad, no por el mero hecho de que “de todos modos lo hacen”, “de todos modos abortan”, lo cual es replicado falazmente mediante la comparación con otros hechos establecidos como delictivos o inmorales. El aborto sólo podría o debería ser comparable con cualquier práctica de autolesión, autodaño, otras acciones riesgosas, o aun la disposición de la propia vida. Cualesquiera de estas prácticas, por discutibles que sean, no son reprimidas en contextos de modernidad por la misma razón por la que impedir la disposición del propio cuerpo o la propia vida es sinónimo de privación de la libertad: cautiverio. Por eso cuando se ingresa en el sistema penitenciario se es privado de los medios para autoinfligirse lesiones. Casi podría definirse la privación de la libertad por esa confiscación sobre el autodominio. No hay segunda ni tercera existencia frente a la práctica abortiva porque la gestante está sola –corporalmente– consigo misma y no puede ser impedida de la acción sobre sí a costa de someterla. Que es lo que se pretende bajo el pretexto con el cual se traslada la frontera del nacimiento y sus semanas precedentes a un momento primordial en que sólo la imaginación febril del régimen señorial encuentra ingenieros, tal como las sátiras populares se inspiraron en estos días para comunicar de modo directo y franco aquello que en los salones elevados se rodea de tantos velos eufemísticos.

Trinchera estratégica entonces, colina a defender con todos los recursos disponibles porque es donde queda aprisionado el cuerpo, la cuerpa, el útero como albergue excluyente, todavía, de la gestación. Albergue cada vez más asediado en sus extremos, en el inicio y en el final, por las nuevas tecnologías, pero aún huésped ineludible de la reproducción de la especie. La condición estratégica de la persecución penal de las prácticas abortivas preserva una situación pretendidamente sustentable para mantener a las mujeres como rehenes de la desigualdad de género. No es otra cosa la que está en debate. Es sólo y nada más el pretexto eficaz, aun si relativamente, para mantener las prácticas abortivas en la clandestinidad, en la sordidez de lo inconfesable, ya sea del modo confortable pudiente como del precario. Se trata de mantener la condición de rehén, a cada una la suya pero todas por fuera de la legitimidad, la legalidad y la visibilidad.

Igualdad de género en la época en que se ha renunciado a imponer el llamado a filas como obligación sobre los cuerpos viriles. Porque eran ellos, los sacrificados en las guerras, quienes sostenían el otro platillo de la balanza que subordinaba a las mujeres a ser rehenes de la gestación.

La presunción del debate también merece ser objeto de discusión crítica. No obstante todo lo que se diga en favor de la supuesta oportunidad concedida para un eventual avance en la consecución de derechos, la simetría que los parámetros del debate establecen con posiciones profundamente reaccionarias, indiferentes casi por lo general a toda intervención social coherente con la defensa alegada de la vida, contribuye a aherrojar el útero. Es decir, la condición corporal de la gestante reducida a un recipiente inerme y sólo funcional, que nada más favorece a una cronología retardataria, porque condiciona y restringe enfoques avanzados que desplieguen la condición problemática de las prácticas abortivas en toda su magnitud. Simetría que se esmeran en destacar “a favor” y “en contra”, acentuando una distinción binaria que no se compadece tampoco con las tramas reales de las bibliotecas disponibles para reflexionar sobre el asunto, de maneras mucho más problemáticas y heterogéneas. Más allá de la salud, de la moral y del derecho. Se instalan así por defecto los paradigmas médico legales biopolíticos, con lo cual, en caso de cesión de la trinchera estratégica por derrota, ya estará dispuesta una retaguardia más aceptable que las incertidumbres trágicas y libertarias a que daría lugar una conversación radical tal como tiene lugar en los márgenes, lamiendo a veces las playas hegemónicas, pero sin hacerles mella, a distancia. Dicho todo esto sin menosprecio alguno de los logros relativos que significaría una victoria anclada en estados de conciencia que con tanta dificultad se alcancen eventualmente, como parece el caso.

Y, sin embargo, aún hay algo más penoso que se margina en el debate, sin pretender tanto. O quizás sí. Incertidumbre propia de toda reflexión conceptual o intelectual comprometida, entre la convicción y la responsabilidad, claro. Señalemos aquí sólo dos notas, dos comentarios estratégicos para la perspectiva de género entendida radicalmente, y siempre desde la presente enunciación disidente.

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En primer lugar, optar por el deseo de gestar, proyectar un embarazo, es desde el principio y hasta el final prerrogativa decisiva de la mujer (no debería ser necesario aclarar si se trata de una mujer como identidad o de quien dispone de la capacidad de gestar, ya que sólo se trata de esto último; pero es necesario por el estado de las cosas, por la condición transicional, aunque tampoco nos avengamos sólo a repetir rótulos y fórmulas. Aun sin renunciar a ello, aun sin mezquindad hacia las determinaciones políticas, perseveremos con formulaciones que problematicen). Prerrogativa decisiva de la mujer respecto de la que poco tiene que hacer o decir el “hombre”. Esto es ya demasiado evidente aunque se escuchen una y otra vez las mismas cantinelas señoriales, incansables, sobre los escasos, limitados y presuntos derechos masculinos atinentes al asunto que pone en vilo sólo y consecuentemente, tantas veces de modo trágico, a las mujeres: nunca un embarazo será causa de enfermedad, muerte ni discriminación para el “hombre”, quien sólo verá acrecentados sus poderes por la descendencia sin pérdida, sin sacrificio, sin los innumerables devenires que afectan a las mujeres, parturientas, madres, progenitoras. Entonces: ni siquiera disponemos del léxico que necesitaríamos para referirnos de maneras superadoras de la historia de opresión de género al compromiso que implica un embarazo. Ser como cuerpo condición de la reproducción confiere, debe conferir, debería conferir, un estatuto de potencia a la gestante existente real, a la que se opone un porvenir supuesto en su detrimento como si ella no existiera aun en nombre de una presunta equidad entre ambxs. Pero es que lo que se disipa es la cuestión definitiva sobre que la potencia gestante no habría de ser tal si se la castigara por “preferir no hacerlo”. Quien puede gestar puede por ello no gestar. Hacerlo o no hacerlo, encontrarse en las condiciones sociales de libertad que hagan posible desplegar el deseo como tal es éticamente lo consistente como acontecimiento. Suceso problemático, eventualmente indecidible, pero privativo de quien se ve concernida consigo misma y por sí en la gestación. Considerar a la propia gestante, a la que no podemos ni debemos someter a la cautividad que la toma como rehén de una eventualidad biológica traducida metafísicamente como concepción. Concepción delimitada de modo arbitrario, conveniente para desposeer de la existencia, entendida como deseo de la gestante, al castigar su negativa a seguir tal camino.

En segundo lugar, y definitivamente desde la perspectiva de género aquí seguida, es decir, la abdicación del señorío, la masculinidad disidente que pone como objeción de conciencia proseguir la historia milenaria del sometimiento. Desde esa perspectiva, la objeción de conciencia reside en la negativa a obligar, a imponer, a reprimir en lo atinente a la gestación. Igualdad de género en la época en que se ha renunciado a imponer el llamado a filas como obligación sobre los cuerpos viriles. Porque eran ellos, los sacrificados en las guerras, quienes sostenían el otro platillo de la balanza que subordinaba a las mujeres a ser rehenes de la gestación. Porque la reproducción de la especie, la sustentabilidad demográfica, el dominio soberano estaban en juego alrededor de las prácticas de género ya sea que se aceptaran en ciertas épocas y lugares las prácticas abortivas o se las prohibiera. Tan arbitrario es el asunto, que tampoco se correlacionan estrictamente. Lo constante durante milenios no ha sido la permisibilidad respecto de las prácticas abortivas sino la subordinación al rol gestante.

Demasiadas cosas han mutado y seguirán transformándose para que nos resignemos política e intelectualmente a la gravitación retardataria con que se pretende condicionar el debate.

Igualdad de género, abdicación de los privilegios señoriales supone reconocer en la libertad dispuesta para las prácticas abortivas por parte de las gestantes la parte homóloga de la exención que experimentamos los “hombres” respecto de morir en los campos de batalla, en términos de modernidad, claro. No hemos alcanzado utopías ni mucho menos. Mínima reciprocidad es acompañar con nuestra libertad de cuerpos la libertad de ellas. No se pretende en estas líneas rápidas ninguna exhaustividad en problemas de magnitud, sólo recordar, comprometernos con la dimensión cabal que implica la perspectiva de género, que no remite ni a una diversidad ligera sobre gustos, ni a presunciones de equidad sobre una matriz conservadora, sino a poner en discusión deseante las condiciones emancipatorias de la existencia. Sólo el deseo multitudinario de igualdad y emancipación nos llevará a otros tiempos y otros mundos. Los argumentos y las discusiones son necesarios pero insuficientes. Sólo el deseo movilizado decidirá, hará historia, hará justicia.

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