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Nota alrededor de palabra y delito

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ENSAYO (A. Kaufman) / En un momento de derrota que alimenta la lucha emancipatoria, palabra y delito se presentan como dimensiones ineludibles a considerar. Reflexiones sobre dos categorías que remiten a los modos en que el poder se constituye y a la vez ofrece la manera de oponérsele.

ENSAYO / En un momento de derrota que alimenta la lucha emancipatoria, palabra y delito se presentan como dimensiones ineludibles a considerar para susurrar otros significados y sustraerse a la proscripción punitiva. Reflexiones sobre dos categorías que remiten a los modos en que el poder se constituye y a la vez ofrece la manera de oponérsele, con una esperanza indeclinable en la traducción a otras lenguas de las fuerzas que nos agobian y se forjan en el núcleo del capital.

Por Alejandro Kaufman
Docente.

Fotos: Sebastián Miquel

Va más allá tanto del pragmatismo político inmediato como de las elaboraciones teóricas identificar el punto arquimédico sobre el cual incidir estratégicamente. La inteligibilidad de lo político reside en una localización indeterminada entre la acción y el pensamiento. Abreva en ambos, sin preferencias. Se pregunta por el antagonismo, y comienza por identificar el modo en que el oponente determina las propias condiciones existenciales del conflicto. El oponente ofrece un rostro en el que está inscripta la gramática del poder. Si son esas las reglas a las que se limita la interacción, entonces la derrota viene anunciada en cada gesto. La interacción antagonista no puede pasar por alto las reglas impuestas por el poder porque las debe atravesar como se cruza un río, pero no sin explorar el trayecto, de modo de hallar o crear desvíos, superaciones, alternativas, formas de la acción y el pensamiento que no compitan por la identificación que impone el adversario. Hay dos líneas concomitantes que necesitan ser distinguidas: la gramática impuesta por el poder es el poder mismo, que no sólo establece ciertos caminos, sino también las reglas del antagonismo, fundando una competencia por aquello que identifica al poder como tal. Es decir, define, intenta definir, el campo de la batalla sabiendo que la ventaja obtenida de ese modo a la larga supone un destino funesto para la lucha emancipatoria.

El dilema de todo movimiento emancipatorio radica en que no puede saber adónde va porque viene de ir adonde el poder fijaba el rumbo, y consiste en hacer saltar las líneas marcadas por otras diferentes que de antemano no puede saberse cuáles son. El riesgo es mayúsculo y asimétrico. El opresor está asentado sobre su fundamento, el oprimido, subordinado, restringido en su potencia, cruza un umbral hacia lo indeterminado.

El modo en que estas caracterizaciones más bien abstractas se desenvuelven en el terreno remite, en lo que nos interesa aquí, a dos problemas que quisiéramos señalar, en tanto han sido reconocidos como decisivos. Ambos están vinculados y suelen ser formulados en la lengua del opresor, o de modos que están habitados por la lengua del opresor. Todo ello es ineludible y la lucha por el desvío no es un error o una falencia del emprendimiento emancipatorio, sino que lo constituye. Del mismo modo, la derrota constituye a las luchas emancipatorias. Las derrotas alimentan la caldera libertaria forjando nuevas inspiraciones. Sin concesiones que limiten el rigor crítico, la derrota no se habrá de organizar alrededor de la pena, ni del resentimiento, ni de la culpa, aunque no debe prescindir tampoco de la memoria ni del duelo, pero siempre cultivando el estoicismo que el dolor de la injusticia alienta en cada momento.

Palabra y delito, formulaciones públicas, narrativas y medios por un lado, y ciencia económica –es decir, régimen de la propiedad– por el otro, son dos dimensiones a considerar en la búsqueda de un léxico oponente, desviado, comprometido con el móvil emancipatorio y en tensión con las matrices opresoras. Son dos palabras que remiten a modos esenciales en que el poder se constituye, a la vez que ofrece, como veníamos diciendo, el modo de oponérsele para que, al estar definidas asimétricamente las reglas de la confrontación, el resultado venga definido desde el inicio.

En la derrota se encuentran las claves mejor que en ningún otro momento porque no hay trance gubernamental que resguardar. Desde abajo a veces se ve mejor lo que se levanta ante nosotros como obstáculo.

A diferencia de épocas pasadas, no es sólo con el imperio de la fuerza y la legitimación de la moral que se nos determina. En nuestros tiempos prevalecen otras modalidades, que aquí hemos llamado palabra y delito, ambas interrelacionadas en una malla sutil que nos constituye y, por lo tanto, se nos impone como la sangre que fluye por nuestras arterias sin que nos sea dada la posibilidad de una mirada distanciada, desde afuera. Necesitamos procurar una mirada así, alejada de lo que nos resulte más obvio, en discusión con lo que se nos naturaliza.



No habremos de competir con el poder existente por hacernos oír en sus propios términos ni tampoco aceptaremos la distribución de la riqueza en sus propios términos de producción y consumo.

Ambas instancias están vinculadas porque la palabra, en las condiciones dominantes, es mercancía y viene manufacturada en la línea de la producción junto con todo lo que define las demandas socioeconómicas.

Para hacernos oír no necesitamos hablar más fuerte, sino susurrar otros significados que, entonces, no sean sepultados bajo el fragor de la corriente, sino que la atraviesen imperceptiblemente.

Para sustraernos a la proscripción punitiva necesitamos que nuestras palabras formulen una recategorización de los acontecimientos, de modo que la experiencia emancipatoria se sustraiga a las normas invocadas para aplastarla.

Hay una distinción procedente de la historia cultural que suele clausurarse en los círculos de lo que suele llamarse “cultura”, “arte”, y que es la condición existencial emancipatoria susceptible de descripción bajo la noción del gasto. La fiesta, el flujo vital de los días, los afectos diseminados circulan como lava candente bajo la corteza fría de la opresión, cuya categoría oponente es la inversión y el crecimiento. En el orden del Capital sólo es computable a la acumulación, sometida a la violencia rival por sacrificar el gasto en procura del vector ascendente que regula nuestras existencias. El gasto, en la forma que sea, necesita ser invocado en el capitalismo bajo la forma del consumo. El asalariado no se limita en el capitalismo avanzado a sujetarse a la prestación laboriosa a cambio de su subsistencia, sino que se le devuelve un símil del gasto que proceda como articulación de la vida activa, con montos de represión descendentes y conformismos hedónicos fugaces.

Cierto que en la periferia nos toca una combinación más heterogénea que en los países centrales: conviven en nuestros territorios formas más anacrónicas de austeridad que es impuesta por el dictado de las condiciones técnicas de la existencia, y a la vez participamos de las incitaciones del consumo a través de discursos globales.

Necesitamos una lengua pública que nos permita avanzar en una conversación sobre cómo se produce la creación social de la riqueza. En el capitalismo, el núcleo organizador de la vida colectiva es la acumulación y el crecimiento sucesivo que definen al gasto como delito en tanto su calidad y magnitud superen un grado cuya distinción, por inestable que sea, no deja de ser decisiva.

Menos perceptible es en nuestros días el carácter sacrificial de la acumulación del capital, en tanto la adscripción adaptativa y limitada del gasto configura un tejido que, al estar hablado por los discursos técnicos de las ciencias sociales y económicas, no deja emerger aquello que el movimiento emancipatorio necesita como el aire que respiramos: narrativas libertarias, críticas, no meramente oponentes en forma simétrica a las que determina el poder. De tal imperceptibilidad es condición que el delito no se define en forma explícita y directa, sino como metonimia, es decir, como contigüidad inculpatoria que traduce gasto a despilfarro y robo.

Para avanzar en este itinerario disponemos de las creaciones colectivas que en cada momento histórico político se producen, aunque en forma indistinta con las determinaciones que nos limitan desde adentro de los acontecimientos, y que son las que en parte nos conducen cada vez a la derrota. Momento este en que nuevamente se ponen en marcha las energías disconformistas de los movimientos sociales y se vuelven a crear significados.

Tenemos que recordar que es en el núcleo del capital donde se forjan las fuerzas que nos agobian, que necesitamos traducirlas en otras lenguas que nos afilien a las lógicas emancipatorias, que no nos hagan hablar la ventriloquía dominante.

Nuestros interrogantes no refieren a los parámetros que definen supuestas inexorabilidades “económicas” ni “gramaticales”. El vector emancipatorio remite a la fundación de nuevos mundos, aun cuando el modo en que se pensaban estos problemas hace cien o cincuenta años deba reconocerse como sujeto a una profunda transformación. Atravesamos, de hecho, este mundo sociopolítico tal como se nos presenta y exploramos en él figuras emancipatorias discretas, no al modo de la suplantación de un sistema por otro superador de modo abstracto.

En la actualidad, aunque no del modo suficiente entre nosotros, y sí en otros lugares, ha surgido una formulación no exenta de complejidades y capturas reductoras por parte de los opresores. Necesitamos iniciar un debate al respecto: estamos en condiciones de saber que las formas contemporáneas del capitalismo ya no admiten como compatibles el supuesto de una convivencia democrática con la contingencia de las relaciones laborales.

Hoy en día no discutimos conceptualmente sobre la legitimidad de la esclavitud o la tortura. Si constatamos tales prácticas no tenemos dificultad para señalarlas como tales, aun cuando permanezca pendiente en múltiples situaciones garantizar su erradicación.

No habremos de competir con el poder existente por hacernos oír en sus propios términos ni tampoco aceptaremos la distribución de la riqueza en sus propios términos de producción y consumo.

En cambio, no compartimos en forma pública y masiva la inadmisibilidad incondicional de las consecuencias del desempleo. Hay que decir: las consecuencias del desempleo, consistentes en la puesta en cuestión inapelable de las condiciones de la existencia. En el mundo actual las condiciones de la existencia ya no pueden ser contingentes, ni la supervivencia ser considerada como gasto. Atravesamos la época en que el gasto habrá de ser supernumerario, no elemental. Si esta es una instancia que se discute en otras sociedades desde hace décadas, entre nosotros adquiere un relieve decisivo, tanto en nuestro país como en toda América Latina, porque compartimos territorios prolíficos en medios de subsistencia denegados a grandes partes de las poblaciones en favor de la acumulación inapelable de la renta, extraída de nosotros en forma exhaustiva. Nuestros países no disponen de proyecciones coloniales o subalternas. Las fracciones dominantes en nuestras sociedades deben agotar sus exacciones en nuestros propios territorios.

La cuestión de la renta básica universal no es un problema económico, sino de moral política. La actual determinación epocal requiere un deslindamiento entre las condiciones de la existencia y categorías económicas como el “empleo”. La asociación entre “economía” y empleo, que la subsistencia dependa en forma heterónoma y sacrificial de los avatares de la acumulación rentista, es hoy un escándalo que vuelve inviable cualquier convivencia consistente. Donde esto se debate en forma pública se aducen justificaciones precisamente “económicas” sobre la imposibilidad de llevar a cabo tal realización, pero esa discusión supone, entonces, un avance emancipatorio porque se ha logrado forjar una palabra pública que admite la intangibilidad de las condiciones de la existencia como fundamento de la convivencia. Los enunciados justifican la abstención respecto de implementar la renta universal básica, pero no la ponen en tela de juicio en sus fundamentos. Necesitamos imperiosamente avanzar en este sentido.

No pretende esta nota otra cosa que dejar apuntado un señalamiento. Bibliotecas enteras tratan estos temas. Aquí, sólo se pretende plantar un estandarte del modo amargo en que se atraviesa la derrota, con la esperanza indeclinable en las fuerzas libertarias que no pueden sino reanimarse una y otra vez.



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